Las violetas son flores del deseo de Ana clavel* cap. I

La violación comienza con la mirada. Cualquiera que se haya asomado al
pozo de sus deseos, lo sabe. Como contemplar esas fotografías de muñecas
torturadas, apretadas cual carne floreciente, aprisionada y dispuesta para la
mirada del hombre que acecha desde la sombra. Quiero decir que uno
puede asomarse también hacia fuera, y atisbar, por ejemplo, en la fotografía
de un cuerpo atado y sin rostro, una señal absoluta de reconocimiento: el
señuelo que desata los deseos impensados y desanuda su fuerza de abismo
insondable. Porque abrirse al deseo es una condena: tarde o temprano
buscaremos saciar la sed —para unos momentos más tarde volver a
padecerla.
Ahora que todo ha pasado, que mi vida para mí mismo se extingue
como una habitación alguna vez plena de luminosidad que cede al paso
inexorable de las sombras —o lo que es lo mismo, a la irrupción de la luz
más enceguecedora—, me doy cuenta que todos esos filósofos y
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pensadores que han buscado ejemplos para explicar el no-sentido de
nuestra existencia, han dejado en el olvido una sombra tutelar: Tántalo, el
siempre deseante, el condenado a tocar la manzana con la punta de los
labios y, sin embargo, no poder devorarla.
Debo confesar que cuando conocí su historia, el adolescente que era
se sintió transtornado toda aquella mañana lluviosa de clases ante el relato
del profesor de historia, un hombre todavía joven y recatado que de seguro
había estudiado en algún seminario. Olvidando que en la sesión anterior
nos había prometido continuar el relato de la guerra de Troya, el profesor
Anaya narró con voz apenas audible en esa mañana diluviante, presa de
quién sabe qué delirio interior, la leyenda de un antiguo rey de Frigia,
burlador de los dioses, para quien los del Olimpo habían concebido un
castigo singular: sumergido hasta el cuello en un lago junto al que crecían
árboles cargados de frutos, Tántalo padecía el tormento de la sed y el
hambre en su límite extremo, pues en cuanto quería apurar el agua, ésta
retrocedía y se escapaba sin cesar de sus labios, y las ramas de los árboles
se elevaban toda vez que su mano estaba a punto de alcanzarlas. Y mientras
el profesor relataba la leyenda, los dedos de la mano que mantenía a
resguardo en uno de los bolsillos de la gabardina que no se había quitado,
frotaban delicada pero perceptiblemente lo que bien podían haber sido unas
imaginarias migas de pan. Y su mirada, extendida más allá de las ventanas
protegidas con una reja cuadriculada por un alambrado que simulaba
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cordones de metal, se mantenía fija, atada a un punto que a muchos les
resultaba inaccesible. En cambio, a los que nos encontrábamos junto al
muro de tabiques y cristal, nos bastaba enderezar un poco la espalda, estirar
ligeramente el cuello en la dirección indicada para descubrir el objeto de su
atención.
En el extremo opuesto de las canchas de juego, precisamente en el
corredor de columnas que unía la bodega y el área de baños, tres
muchachas, con sus uniformes guindas de tercer grado, intentaban desalojar
el agua que se iba acumulando gracias al mal funcionamiento de una de las
coladeras cercanas. La labor era ejecutada más como un pretexto para el
juego que por cumplir una tarea a todas luces impuesta como castigo. Así,
las chicas se empapaban sonrientes y probablemente tiritaban más de goce
que de frío, ante la embestida de una de ellas que con el jalador de agua
salpicaba de súbitas oleadas a las otras. Esa chica que mojaba a sus amigas
aún conserva un nombre: Susana Garmendia, y su recuerdo en aquella
mañana gris y lúbrica permanece en mi memoria unido a dos momentos
inmóviles: la mirada sin aliento del profesor de historia que observa la
escena del corredor, condenado como Tántalo a verse rodeado de agua y
comida, sin poder calmar la sed y el hambre azuzadas; y el instante en que
Susana Garmendia, antes de permitir que sus compañeras se desquitaran
mojándola cuando por fin lograron entre las dos apropiarse del jalador de
agua, se dirigió a una de las gruesas columnas del pasillo y recargándose en
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ella por el lado descubierto al cielo estrepitoso, se dejó empapar olvidada
del mundo de la escuela, sólo de cara a la arremetida de lluvia que la
golpeaba buscando traspasarla. Había distancia de por medio, pero aun así
era tangible el gesto de entrega de la muchacha, su sonrisa invisible, su
éxtasis radiante. Maniatada a la columna sin ataduras evidentes, presa de su
propio placer.
A decir verdad, creo que nunca vi de cerca a Susana Garmendia. Su
fama de adolescente problemática que la prefecta de tercer grado había
hecho correr con reportes y suspensiones, aunada al hecho de que
perteneciera a la generación de los mayores de la secundaria, rodeada
siempre por sus amigas y los varones que buscaban su cercanía y la
asediaban, apenas si dejaban espacio para que su imagen se definiera más
allá de la vaguedad: flequillo lacio color de miel sobre una piel tostada, el
suéter atado a la cintura como un torso con brazos que se aferrara al
nacimiento de su cadera, las calcetas perfectamente blancas en unas
pantorrillas que habían dejado de ser infantiles pero que conservaban su
nostalgia.
Sin duda alguna era la fruta más apetecida del huerto. Aun por
quienes, ni parados sobre las puntas de los pies, alcanzábamos a vislumbrar
más que el follaje de la rama. Aun por aquellos otros que, apartados desde
la atalaya de su autoridad escolar, podían apreciarla en toda su jugosa
morbidez. Alguien, sin embargo, pudo estirar la mano y coger la fruta. He
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olvidado su nombre porque a final de cuentas no era importante. Y no lo
era porque su labor de hortelano no hubiera sido posible sin el
consentimiento previo de Susana Garmendia. El oscuro y silencioso Sí con
que aceptó verlo en la bodega que estaba próxima al baño de mujeres
mientras sus dos eternas amigas vigilaban la entrada en distintas
posiciones: una en el comienzo del corredor de columnas, la otra bajo el
arco que daba acceso al patio de los grupos de tercero. No se supo con
precisión lo que había sucedido, si la prefecta sospechaba algo y presionó a
la amiga que estaba en el acceso de tercero para ponerla nerviosa y así
conseguir una delación equívoca e involuntaria, o si la amiga la buscó por
su propio pie para vengarse de algún desplante de Susana, el caso fue que
la prefecta había acudido a la bodega y encontrado a Susana y a un
muchacho del turno vespertino cometiendo indecencias sin nombre.
Tántalo se burló de los dioses en tres ocasiones: la primera, cuando
reveló a los cuatro vientos el sitio donde Zeus escondía a su amante en
turno; la segunda, cuando consiguió robar de la mesa del Olimpo el néctar
y la ambrosía para convidarles a sus parientes y amigos; la tercera, cuando
quiso poner a prueba los poderes de los dioses y los invitó a un banquete
cuyo plato principal estaba confeccionado a base de los trozos de su propio
hijo, a quien había degollado durante el alba como un ternero más de sus
establos. A la brutalidad de Tántalo opusieron los dioses el refinamiento
del suplicio. Como para decirle que con los dioses no se juega. Susana
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Garmendia fue expulsada sin contemplaciones. Pocos la vimos salir con sus
cosas, flanqueada por sus padres, bajo la mirada atenazante de la prefecta,
la sociedad de padres de familia y el director de la escuela. Arrancándole a
pedazos la dignidad que aún conservaba y luego arrojándolos con desprecio
como trozos sanguinolentos y demasiado vivos. La escuela tardó en acallar
los rumores y retomar su curso bovino de materias y formaciones cívicas,
pero la cercanía de los exámenes semestrales terminó por dispersar los
últimos ecos que aún aserraban la piel y la carne de la memoria de una
Susana caída en desgracia como un cuerpo supliciado. El profesor Anaya
permaneció hasta el fin del año escolar y después pidió su traslado a un
plantel de la zona poniente.
Por supuesto, nunca conversé con él sobre el asunto. Sólo en el
trabajo final en el que nos pidió redactar una composición sobre algún
personaje o suceso del curso a manera de tema libre, decidí escribir sobre
Tántalo. Era una redacción de varias páginas, vehemente en exceso como
las fiebres de la adolescencia, cuyo principal valor, me parece ahora,
radicaba en haber atisbado desde aquella temprana edad el verdadero
suplicio del que desea. Más que la calificación de excelencia, fue la mirada
del profesor Anaya —ese instante de gloria de quien se siente reconocido—
mi mayor presea. No vi entonces, o no quise enterarme, del destello turbio
de esa mirada, el desaliento del que sabe lo que vendrá: que la sed no ha de
ser nunca saciada.
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En aquella redacción de casi cuatro páginas, en un estilo que ahora al
releer reconozco torpe y pretencioso, alcanzo a atisbar la sombra tenue del
adolescente que, sin saberlo ni proponérselo, se asomaba al pozo de sí
mismo: “… después de probar e intentar miles de veces, Tántalo, por fin
consciente de la inutilidad de sus esfuerzos, debió de quedarse inmóvil a
pesar del hambre y de la sed, sin mover los labios para apresar un trago de
agua, o sin estirar la mano para alcanzar la codiciada fruta que, cual joya
preciosa, pendía de la copa del árbol más cercano. Casi derrotado, alzó la
mirada hacia los cielos. Tal vez, arrepentido, iba a clamar perdón a los
dioses. Pero entonces descubrió en la punta de la rama una nueva fruta
temblorosa, apetecible, que crecía suculenta pero imposible para él. Y
debió de maldecir e injuriar a los dioses cuando comprendió que con el
simple acto de mirar el tormento se reavivaba ferozmente en su entraña”.
Innumerables consecuencias se derivan del acto de mirar. Ahora
puedo afirmarlo con certeza: todo empieza con la mirada. Por supuesto, la
violación, la que se padece en carne propia cuando un ser o un cuerpo se
prodigan con criminal inocencia.

 

¿ Ana Clavel

Nació en la ciudad de México, el 16 de diciembre de 1961. Narradora. Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la UNAM. Colaboradora de DiDiluvio de PájarosDosfilosEl CuentoEl IndependienteEl NacionalEl UniversalLa JornadaLa OrquestaNexosPluralPoliedroPunto de PartidaTierra Adentro, y Unomásuno. Becaria del inba/fonopas en narrativa, 1982; del fonca, en novela, 1990. Creador Artístico del SNCA, 2001. Premio Nacional de Cuento crea, 1983, por “En un rincón del infierno”. Premio en el Concurso de Cuento Grandes Ideas de la unam, 1983, por “Tu bella boca rojo carmesí”. Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, 1991, por el cuento “Cuando María mira el mar” (posteriormente “Amorosos de atar”). Finalista del Premio Internacional Alfaguara de Novela, 1999, por Los deseos y su sombra. Ganadora de la Medalla de Plata, 2004, de la Sociéte Académique “Arts-Scienses-Lettres”, de Francia. Premio de Novela Corta Juan Rulfo de Radio Francia Internacional, 2005, por Las violetas son flores del deseo. Parte de su obra se encuentra en diversas antologías, entre ellas Antología de cuento mexicano finisecular, Fiction Internacional. Mexican Fiction y Passione e scrittura. Antologia di narratrice mexicana XX secolo.

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LA JOVEN ALIBECH DEL DECAMERON

TERCERA JORNADA – NARRACIÓN DÉCIMA

Alibech se hace ermitaña, y el monje Rústico la enseña a meter al diablo en el infierno, después, llevada de allí, se convierte en la mujer de Neerbale.

 

Dioneo, que diligentemente la historia de la reina escuchado había, viendo que estaba terminada y que sólo a él le faltaba novelar, sin esperar órdenes, sonriendo, comenzó a decir:-Graciosas señoras, tal vez nunca hayáis oído contar cómo se mete al diablo en el infierno, y por ello, sin apartarme casi del argumento sobre el que vosotras todo el día habéis discurrido, os lo puedo decir: tal vez también podáis salvar a vuestras almas luego de haberlo aprendido, y podréis también conocer que por mucho que Amor en los alegres palacios y las blandas cámaras más a su grado que en las pobres cabañas habite, no por ello alguna vez deja de hacer sentir sus fuerzas entre los tupidos bosques y los rígidos alpes, por lo que comprender se puede que a su potencia están sujetas todas las cosas.

Viniendo, pues, al asunto, digo que en la ciudad de Cafsa, en Berbería, hubo hace tiempo un hombre riquísimo que, entre otros hijos, tenía una hijita hermosa y donosa cuyo nombre era Alibech; la cual, no siendo cristiana y oyendo a muchos cristianos que en la ciudad había alabar mucho la fe cristiana y el servicio de Dios, un día preguntó a uno de ellos en qué materia y con menos impedimentos pudiese servir a Dios. El cual le repuso que servían mejor a Dios aquellos que más huían de las cosas del mundo, como hacían quienes en las soledades de los desiertos de la Tebaida se habían retirado.

La joven, que simplicísima era y de edad de unos catorce años, no por consciente deseo sino por un impulso pueril, sin nada decir a nadie, a la mañana siguiente hacia el desierto de Tebaida, ocultamente, sola, se encaminó; y con gran trabajo suyo, continuando sus deseos, después de algunos días a aquellas soledades llegó, y vista desde lejos una casita, se fue a ella, donde a un santo varón encontró en la puerta, el cual, maravillándose de verla allí, le preguntó qué es lo que andaba buscando. La cual repuso que, inspirada por Dios, estaba buscando ponerse a su servicio, y también quién la enseñara cómo se le debía servir. El honrado varón, viéndola joven y muy hermosa, temiendo que el demonio, si la retenía, lo engañara, le alabó su buena disposición y, dándole de comer algunas raíces de hierbas y frutas silvestres y dátiles, y agua a beber, le dijo:

-Hija mía, no muy lejos de aquí hay un santo varón que en lo que vas buscando es mucho mejor maestro de lo que soy yo: irás a él.

Y le enseñó el camino; y ella, llegada a él y oídas de éste estas mismas palabras, yendo más adelante, llegó a la celda de un ermitaño joven, muy devota persona y bueno, cuyo nombre era Rústico, y la petición le hizo que a los otros les había hecho. El cual, por querer poner su firmeza a una fuerte prueba, no como los demás la mandó irse, o seguir más adelante, sino que la retuvo en su celda; y llegada la noche, una yacija de hojas de palmera le hizo en un lugar, y sobre ella le dijo que se acostase. Hecho esto, no tardaron nada las tentaciones en luchar contra las fuerzas de éste, el cual, encontrándose muy engañado sobre ellas, sin demasiados asaltos volvió las espaldas y se entregó como vencido; y dejando a un lado los pensamientos santos y las oraciones y las disciplinas, a traerse a la memoria la juventud y la hermosura de ésta comenzó, y además de esto, a pensar en qué vía y en qué modo debiese comportarse con ella, para que no se apercibiese que él, como hombre disoluto, quería llegar a aquello que deseaba de ella.

Y probando primero con ciertas preguntas, que no había nunca conocido a hombre averiguó y que tan simple era como parecía, por lo que pensó cómo, bajo especie de servir a Dios, debía traerla a su voluntad. Y primeramente con muchas palabras le mostró cuán enemigo de Nuestro Señor era el diablo, y luego le dio a entender que el servicio que más grato podía ser a Dios era meter al demonio en el infierno, adonde Nuestro Señor le había condenado. La jovencita le preguntó cómo se hacía aquello; Rústico le dijo:

-Pronto lo sabrás, y para ello harás lo que a mí me veas hacer. Y empezó a desnudarse de los pocos vestidos que tenía, y se quedó completamente desnudo, y lo mismo hizo la muchacha; y se puso de rodillas a guisa de quien rezar quisiese y contra él la hizo ponerse a ella. Y estando así, sintiéndose Rústico más que nunca inflamado en su deseo al verla tan hermosa, sucedió la resurrección de la carne; y mirándola Alibech, y maravillándose, dijo:

-Rústico, ¿qué es esa cosa que te veo que así se te sale hacia afuera y yo no la tengo?

-Oh, hija mía -dijo Rústico-, es el diablo de que te he hablado; ya ves, me causa grandísima molestia, tanto que apenas puedo soportarlo.

Entonces dijo la joven:

-Oh, alabado sea Dios, que veo que estoy mejor que tú, que no tengo yo ese diablo.

Dijo Rústico:

-Dices bien, pero tienes otra cosa que yo no tengo, y la tienes en lugar de esto.

Dijo Alibech:

-¿El qué?

Rústico le dijo:

-Tienes el infierno, y te digo que creo que Dios te haya mandado aquí para la salvación de mi alma, porque si ese diablo me va a dar este tormento, si tú quieres tener de mí tanta piedad y sufrir que lo meta en el infierno, me darás a mí grandísimo consuelo y darás a Dios gran placer y servicio, si para ello has venido a estos lugares, como dices.

La joven, de buena fe, repuso:

-Oh, padre mío, puesto que yo tengo el infierno, sea como queréis.

Dijo entonces Rústico:

-Hija mía, bendita seas. Vamos y metámoslo, que luego me deje estar tranquilo.

Y dicho esto, llevada la joven encima de una de sus yacijas, le enseñó cómo debía ponerse para poder encarcelar a aquel maldito de Dios.

La joven, que nunca había puesto en el infierno a ningún diablo, la primera vez sintió un poco de dolor, por lo que dijo a Rústico:

-Por cierto, padre mío, mala cosa debe ser este diablo, y verdaderamente enemigo de Dios, que aun en el infierno, y no en otra parte, duele cuando se mete dentro.

Dijo Rústico:

-Hija, no sucederá siempre así.

Y para hacer que aquello no sucediese, seis veces antes de que se moviesen de la yacija lo metieron allí, tanto que por aquella vez le arrancaron tan bien la soberbia de la cabeza que de buena gana se quedó tranquilo.

Pero volviéndole luego muchas veces en el tiempo que siguió, y disponiéndose la joven siempre obediente a quitársela, sucedió que el juego comenzó a gustarle, y comenzó a decir a Rústico:

-Bien veo que la verdad decían aquellos sabios hombres de Cafsa, que el servir a Dios era cosa tan dulce; y en verdad no recuerdo que nunca cosa alguna hiciera yo que tanto deleite y placer me diese como es el meter al diablo en el infierno; y por ello me parece que cualquier persona que en otra cosa que en servir a Dios se ocupa es un animal.

Por la cual cosa, muchas veces iba a Rústico y le decía:

-Padre mío, yo he venido aquí para servir a Dios, y no para estar ociosa; vamos a meter el diablo en el infierno.

Haciendo lo cual, decía alguna vez:

-Rústico, no sé por qué el diablo se escapa del infierno; que si estuviera allí de tan buena gana como el infierno lo recibe y lo tiene, no se saldría nunca.

Así, tan frecuentemente invitando la joven a Rústico y consolándolo al servicio de Dios, tanto le había quitado la lana del jubón que en tales ocasiones sentía frío en que otro hubiera sudado; y por ello comenzó a decir a la joven que al diablo no había que castigarlo y meterlo en el infierno más que cuando él, por soberbia, levantase la cabeza:

-Y nosotros, por la gracia de Dios, tanto lo hemos desganado, que ruega a Dios quedarse en paz.

Y así impuso algún silencio a la joven, la cual, después de que vio que Rústico no le pedía más meter el diablo en el infierno, le dijo un día:

-Rústico, si tu diablo está castigado y ya no te molesta, a mí mi infierno no me deja tranquila; por lo que bien harás si con tu diablo me ayudas a calmar la rabia de mi infierno, como yo con mi infierno te he ayudado a quitarle la soberbia a tu diablo.

Rústico, que de raíces de hierbas y agua vivía, mal podía responder a los envites; y le dijo que muchos diablos querrían poder tranquilizar al infierno, pero que él haría lo que pudiese; y así alguna vez la satisfacía, pero era tan raramente que no era sino arrojar un haba en la boca de un león; de lo que la joven, no pareciéndole servir a Dios cuanto quería, mucho rezongaba. Pero mientras que entre el diablo de Rústico y el infierno de Alibech había, por el demasiado deseo y por el menor poder, esta cuestión, sucedió que hubo un fuego en Cafsa en el que en la propia casa ardió el padre de Alibech con cuantos hijos y demás familia tenía; por la cual cosa, Alibech, de todos sus bienes quedó heredera. Por lo que un joven llamado Neerbale, habiendo en magnificencias gastado todos sus haberes, oyendo que ésta estaba viva, poniéndose a buscarla y encontrándola antes de que el fisco se apropiase de los bienes que habían sido del padre, como de hombre muerto sin herederos, con gran placer de Rústico y contra la voluntad de ella, la volvió a llevar a Cafsa y la tomó por mujer, y con ella de su gran patrimonio fue heredero.

Pero preguntándole las mujeres que en qué servía a Dios en el desierto, no habiéndose todavía Neerbale acostado con ella, repuso que le servía metiendo al diablo en el infierno y que Neerbale había cometido un gran pecado con haberla arrancado a tal servicio.

Las mujeres preguntaron:

-¿Cómo se mete al diablo en el infierno?

La joven, entre palabras y gestos, se lo mostró; de lo que tanto se rieron que todavía se ríen, y dijeron:

-No estés triste, hija, no, que eso también se hace bien aquí, Neerbale bien servirá contigo a Dios Nuestro Señor en eso.

Luego, diciéndoselo una a otra por toda la ciudad, hicieron famoso el dicho de que el más agradable servicio que a Dios pudiera hacerse era meter al diablo en el infierno; el cual dicho, pasado a este lado del mar, todavía se oye. Y por ello vosotras, jóvenes damas, que necesitáis la gracia de Dios, aprended a meter al diablo en el infierno, porque ello es cosa muy grata a Dios y agradable para las partes, y mucho bien puede nacer de ello y seguirse.

*

Mil veces o más había movido a risa la historia de Dioneo a las honestas damas, tales y de tal manera les parecían sus palabras; por lo que, llegado él a la conclusión de ésta, conociendo la reina que el término de su señorío había llegado, quitándose el laurel de la cabeza, muy placenteramente lo puso sobre la cabeza de Filostrato, y dijo:

-Pronto veremos si el lobo sabe mejor guiar a las ovejas que las ovejas han guiado a los lobos.

Filostrato, al oír esto, dijo riéndose:

-Si me hubieran hecho caso, los lobos habrían enseñado a las ovejas a meter al diablo en el infierno no peor de lo que hizo Rústico con Alibech; y por ello no nos llaméis lobos porque no habéis sido ovejas, pero según me ha sido concedido, gobernaré el reino que se me ha encomendado.

A quien Neifile contestó:

-Oye, Filostrato; habríais, queriéndonos enseñar, podido aprender sensatez como aprendió Masetto de las monjas y recuperar el habla en tal punto que los huesos sin dueño habrían aprendido a silbar.

Filostrato, conociendo que había allí no menos hoces que dardos tenía él, dejando el bromear, a dedicarse al gobierno del reino encomendado empezó; y haciendo llamar al senescal, en qué punto estaban todas las cosas quiso oír, y además de esto, según lo que pensó que estaría bien y que debía satisfacer a la compañía, por cuanto su señorío durase, discretamente dispuso, y después, dirigiéndose a las señoras, dijo:

-Amorosas señoras, por mi desventura, pues que mucho dolor he conocido, siempre por la hermosura de alguna de vosotras he estado sujeto a Amor, y ni el ser humilde ni el ser obediente ni el secundarlo como mejor he podido conocer en todas sus costumbres, me ha valido sino primero ser abandonado por otro y luego andar de mal en peor, y así creo que andaré de aquí a la muerte, y por ello no de otra materia me place que se hable mañana sino de lo que a mis casos es más conforme, esto es, de aquellos cuyos amores tuvieron infeliz final, porque yo con el tiempo lo espero infelicísimo, y no por otra cosa el nombre con que me llamáis, por quienes bien sabían lo que decían, me fue impuesto.

Y dicho esto, poniéndose en pie, hasta la hora de la cena dio a todos licencia. Era tan hermoso el jardín y tan deleitable que no hubo ninguna que eligiera salir de él para mayor placer hallar en otra parte; así, no causando el sol, ya tibio, ninguna molestia para seguirlos, a los cabritillos y los conejos y los otros animales que estaban en él y que, mientras estaban sentados unas cien veces, saltando por medio de ellos, habían venido a molestarlos, se pusieron algunos a seguir.

Dioneo y Fiameta comenzaron a cantar sobre micer Guglielmo y la Dama del Vergel, Filomena y Pánfilo se pusieron a jugar al ajedrez, y así, quién haciendo esto, quién haciendo aquello, pasándose el tiempo, apenas esperada, la hora de la cena llegó; por lo que, puestas las mesas en torno a la bella fuente, allí con grandísimo deleite cenaron por la noche. Filostrato, por no salir del camino seguido por quienes reinas antes que él habían sido, cuando se levantaron las mesas, mandó que Laureta guiase una danza y cantase una canción; la cual dijo:

-Señor mío, canciones de los demás no sé, ni de las mías tengo en la cabeza ninguna que sea lo bastante conveniente a tan alegre compañía; si queréis de las que sé, las cantaré de buena gana.

El rey le dijo:

-Nada de lo tuyo podría ser sino bello y placentero, y por ello, lo que sepas, cántalo.

Laureta, con voz asaz suave, pero con manera un tanto lastímera, respondiéndole las demás, comenzó así.

Nadie tan desolada
como yo ha de quejarse,
que triste, en vano, gimo enamorada.
Aquel que mueve el cielo y toda estrella
me formó a su placer
linda, gallarda, y tan graciosa y bella,
para aquí abajo al intelecto ser
una señal de aquella
belleza que jamás deja de ver,
mas el mortal poder,
conociéndome mal,
no me valora, soy menospreciada.
Ya hubo quien me quiso y, muy de grado,
siendo joven me abrió
sus brazos y su pecho y su cuidado,
y en la luz de mis ojos se inflamó,
y el tiempo (que afanado
se escapa) a cortejarme dedicó,
y siendo cortés yo
digna de él supe hacerme,
pero ahora estoy de aquel amor privada.
A mí llegó después, presuntuoso,
un mozalbete fiero
reputándose noble y valeroso,
su prisionera soy, y el traicionero
hoy se ha vuelto celoso;
por lo que, triste, casi desespero,
puesto que verdadero
es que, viniendo al mundo
por bien de muchos, de uno soy guardada.
Maldigo mi ventura
que, por cambiarme en esta
veste respondí sí de aquella oscura
en que alegre me vi, mientras con ésta
llevo una vida dura,
mucho menor que la pasada honesta.
¡Oh dolorosa fiesta,
antes muerta me viese
que haber sido en tal caso desgraciada!
Oh caro amante, con quien fui primero
más que nadie dichosa,
que ahora en el cielo ves al verdadero
creador, mírame con tu piadosa
bondad, ya que por otro
no te puedo olvidar, haz la amorosa
llama arder por mí, ansiosa,
y ruega que yo vuelva a esa morada.

Aquí puso fin Laureta a su canción, que, oída por todos, diversamente por cada uno fue entendida; y los hubo que entendieron a la milanesa que mejor era un buen puerco que una bella moza; otros fueron de más sublime y mejor y más verdadero intelecto, sobre el que al presente no es propio recitar.

El rey, después de ésta, sobre la hierba y entre las flores habiendo hecho encender muchas velas dobles, hizo cantar otras hasta que todas las estrellas que subían comenzaron a caer; por lo que, pareciéndole tiempo de dormir, mandó que con las buenas noches cada uno a su alcoba se fuese.

SOMBRA ENTRE SOMBRAS DE INÉS ARREDONDO

Para Conchita Torre

Antes de conocer a Samuel era una mujer inocente, pero ¿pura? No lo sé. He pensado muchas veces en ello. Quizá de haberlo sido nunca hubiera brotado en mí esta pasión insensata por Samuel, que sólo ha de morir cuando yo muera. También podría ser que por esa pasión, precisamente, me haya purificado. Si él vino y despertó al demonio que todos llevamos dentro, no es culpa suya.

Desde la ventana rota de uno de los cuartos de servicio, que hace tanto que nadie habita, miro pasar a un pueblo que no conozco. Ignoro quiénes son nuevos aquí y las facciones de los niños con que jugaba se han vuelto duras y viejas y tampoco puedo reconstruirlas. Pero ellos sí saben quién soy y por eso me tratan como lo hacen si intentosalir aunque sea a comprar una cebolla, para oler a calle, a aire. Aquí todo está cerrado y enrejado ¡como si aún se guardaran los tesoros que alguna vez en esta casa se encerró! Entre ellos, yo.

Ermilo Paredes tenía cuarenta y siete años cuando yo cumplí los quince. Entonces comenzó a cortejarme,  pero, como era natural, a quien cortejó fue a mi madre.

A base de halagos, días de campo de una esplendidez regia, de regalos de granos, frutas, carnes, embutidos y hasta una alhaja valiosa por el día de su cumpleaños, fue minando la resistencia de mi madre para que me casara con él. Tenía fama de sátiro y depravado.

-No, doña Asunción, no crea usted en chismes amamantados por la envidia. Yo trataré a su hija como a una princesa y seguirá siendo pura y casta, exactamente igual que ahora. Pero en otro ambiente social y moral, se entiende. He corrido mundo, pero sé aquilatar la limpieza del alma, y respetarla. ¿Y por qué he escogido a Laura? Por sus dotes y su belleza notable, sin duda, pero también por ser hija de una mujer tan virtuosa que no ha podido darle sino magníficos ejemplos. Usted lo verá, yo no mancharé a su hija ni con un mal pensamiento.

Mi madre vacilaba entre el consejo de las vecinas y la necesidad de poder y riqueza que sentía en ella misma. Cuando me habló de si quería o no casarme con él, a mi lo mismo me daba, pero al describirme el vestido de novia, la nueva casa que tendría y el gran número de sirvientes, que en ella había, pensé en la repugnancia que yo tenía hacia los quehaceres domésticos, Sigue leyendo