Las violetas son flores del deseo de Ana clavel* cap. I

La violación comienza con la mirada. Cualquiera que se haya asomado al
pozo de sus deseos, lo sabe. Como contemplar esas fotografías de muñecas
torturadas, apretadas cual carne floreciente, aprisionada y dispuesta para la
mirada del hombre que acecha desde la sombra. Quiero decir que uno
puede asomarse también hacia fuera, y atisbar, por ejemplo, en la fotografía
de un cuerpo atado y sin rostro, una señal absoluta de reconocimiento: el
señuelo que desata los deseos impensados y desanuda su fuerza de abismo
insondable. Porque abrirse al deseo es una condena: tarde o temprano
buscaremos saciar la sed —para unos momentos más tarde volver a
padecerla.
Ahora que todo ha pasado, que mi vida para mí mismo se extingue
como una habitación alguna vez plena de luminosidad que cede al paso
inexorable de las sombras —o lo que es lo mismo, a la irrupción de la luz
más enceguecedora—, me doy cuenta que todos esos filósofos y
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pensadores que han buscado ejemplos para explicar el no-sentido de
nuestra existencia, han dejado en el olvido una sombra tutelar: Tántalo, el
siempre deseante, el condenado a tocar la manzana con la punta de los
labios y, sin embargo, no poder devorarla.
Debo confesar que cuando conocí su historia, el adolescente que era
se sintió transtornado toda aquella mañana lluviosa de clases ante el relato
del profesor de historia, un hombre todavía joven y recatado que de seguro
había estudiado en algún seminario. Olvidando que en la sesión anterior
nos había prometido continuar el relato de la guerra de Troya, el profesor
Anaya narró con voz apenas audible en esa mañana diluviante, presa de
quién sabe qué delirio interior, la leyenda de un antiguo rey de Frigia,
burlador de los dioses, para quien los del Olimpo habían concebido un
castigo singular: sumergido hasta el cuello en un lago junto al que crecían
árboles cargados de frutos, Tántalo padecía el tormento de la sed y el
hambre en su límite extremo, pues en cuanto quería apurar el agua, ésta
retrocedía y se escapaba sin cesar de sus labios, y las ramas de los árboles
se elevaban toda vez que su mano estaba a punto de alcanzarlas. Y mientras
el profesor relataba la leyenda, los dedos de la mano que mantenía a
resguardo en uno de los bolsillos de la gabardina que no se había quitado,
frotaban delicada pero perceptiblemente lo que bien podían haber sido unas
imaginarias migas de pan. Y su mirada, extendida más allá de las ventanas
protegidas con una reja cuadriculada por un alambrado que simulaba
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cordones de metal, se mantenía fija, atada a un punto que a muchos les
resultaba inaccesible. En cambio, a los que nos encontrábamos junto al
muro de tabiques y cristal, nos bastaba enderezar un poco la espalda, estirar
ligeramente el cuello en la dirección indicada para descubrir el objeto de su
atención.
En el extremo opuesto de las canchas de juego, precisamente en el
corredor de columnas que unía la bodega y el área de baños, tres
muchachas, con sus uniformes guindas de tercer grado, intentaban desalojar
el agua que se iba acumulando gracias al mal funcionamiento de una de las
coladeras cercanas. La labor era ejecutada más como un pretexto para el
juego que por cumplir una tarea a todas luces impuesta como castigo. Así,
las chicas se empapaban sonrientes y probablemente tiritaban más de goce
que de frío, ante la embestida de una de ellas que con el jalador de agua
salpicaba de súbitas oleadas a las otras. Esa chica que mojaba a sus amigas
aún conserva un nombre: Susana Garmendia, y su recuerdo en aquella
mañana gris y lúbrica permanece en mi memoria unido a dos momentos
inmóviles: la mirada sin aliento del profesor de historia que observa la
escena del corredor, condenado como Tántalo a verse rodeado de agua y
comida, sin poder calmar la sed y el hambre azuzadas; y el instante en que
Susana Garmendia, antes de permitir que sus compañeras se desquitaran
mojándola cuando por fin lograron entre las dos apropiarse del jalador de
agua, se dirigió a una de las gruesas columnas del pasillo y recargándose en
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ella por el lado descubierto al cielo estrepitoso, se dejó empapar olvidada
del mundo de la escuela, sólo de cara a la arremetida de lluvia que la
golpeaba buscando traspasarla. Había distancia de por medio, pero aun así
era tangible el gesto de entrega de la muchacha, su sonrisa invisible, su
éxtasis radiante. Maniatada a la columna sin ataduras evidentes, presa de su
propio placer.
A decir verdad, creo que nunca vi de cerca a Susana Garmendia. Su
fama de adolescente problemática que la prefecta de tercer grado había
hecho correr con reportes y suspensiones, aunada al hecho de que
perteneciera a la generación de los mayores de la secundaria, rodeada
siempre por sus amigas y los varones que buscaban su cercanía y la
asediaban, apenas si dejaban espacio para que su imagen se definiera más
allá de la vaguedad: flequillo lacio color de miel sobre una piel tostada, el
suéter atado a la cintura como un torso con brazos que se aferrara al
nacimiento de su cadera, las calcetas perfectamente blancas en unas
pantorrillas que habían dejado de ser infantiles pero que conservaban su
nostalgia.
Sin duda alguna era la fruta más apetecida del huerto. Aun por
quienes, ni parados sobre las puntas de los pies, alcanzábamos a vislumbrar
más que el follaje de la rama. Aun por aquellos otros que, apartados desde
la atalaya de su autoridad escolar, podían apreciarla en toda su jugosa
morbidez. Alguien, sin embargo, pudo estirar la mano y coger la fruta. He
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olvidado su nombre porque a final de cuentas no era importante. Y no lo
era porque su labor de hortelano no hubiera sido posible sin el
consentimiento previo de Susana Garmendia. El oscuro y silencioso Sí con
que aceptó verlo en la bodega que estaba próxima al baño de mujeres
mientras sus dos eternas amigas vigilaban la entrada en distintas
posiciones: una en el comienzo del corredor de columnas, la otra bajo el
arco que daba acceso al patio de los grupos de tercero. No se supo con
precisión lo que había sucedido, si la prefecta sospechaba algo y presionó a
la amiga que estaba en el acceso de tercero para ponerla nerviosa y así
conseguir una delación equívoca e involuntaria, o si la amiga la buscó por
su propio pie para vengarse de algún desplante de Susana, el caso fue que
la prefecta había acudido a la bodega y encontrado a Susana y a un
muchacho del turno vespertino cometiendo indecencias sin nombre.
Tántalo se burló de los dioses en tres ocasiones: la primera, cuando
reveló a los cuatro vientos el sitio donde Zeus escondía a su amante en
turno; la segunda, cuando consiguió robar de la mesa del Olimpo el néctar
y la ambrosía para convidarles a sus parientes y amigos; la tercera, cuando
quiso poner a prueba los poderes de los dioses y los invitó a un banquete
cuyo plato principal estaba confeccionado a base de los trozos de su propio
hijo, a quien había degollado durante el alba como un ternero más de sus
establos. A la brutalidad de Tántalo opusieron los dioses el refinamiento
del suplicio. Como para decirle que con los dioses no se juega. Susana
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Garmendia fue expulsada sin contemplaciones. Pocos la vimos salir con sus
cosas, flanqueada por sus padres, bajo la mirada atenazante de la prefecta,
la sociedad de padres de familia y el director de la escuela. Arrancándole a
pedazos la dignidad que aún conservaba y luego arrojándolos con desprecio
como trozos sanguinolentos y demasiado vivos. La escuela tardó en acallar
los rumores y retomar su curso bovino de materias y formaciones cívicas,
pero la cercanía de los exámenes semestrales terminó por dispersar los
últimos ecos que aún aserraban la piel y la carne de la memoria de una
Susana caída en desgracia como un cuerpo supliciado. El profesor Anaya
permaneció hasta el fin del año escolar y después pidió su traslado a un
plantel de la zona poniente.
Por supuesto, nunca conversé con él sobre el asunto. Sólo en el
trabajo final en el que nos pidió redactar una composición sobre algún
personaje o suceso del curso a manera de tema libre, decidí escribir sobre
Tántalo. Era una redacción de varias páginas, vehemente en exceso como
las fiebres de la adolescencia, cuyo principal valor, me parece ahora,
radicaba en haber atisbado desde aquella temprana edad el verdadero
suplicio del que desea. Más que la calificación de excelencia, fue la mirada
del profesor Anaya —ese instante de gloria de quien se siente reconocido—
mi mayor presea. No vi entonces, o no quise enterarme, del destello turbio
de esa mirada, el desaliento del que sabe lo que vendrá: que la sed no ha de
ser nunca saciada.
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En aquella redacción de casi cuatro páginas, en un estilo que ahora al
releer reconozco torpe y pretencioso, alcanzo a atisbar la sombra tenue del
adolescente que, sin saberlo ni proponérselo, se asomaba al pozo de sí
mismo: “… después de probar e intentar miles de veces, Tántalo, por fin
consciente de la inutilidad de sus esfuerzos, debió de quedarse inmóvil a
pesar del hambre y de la sed, sin mover los labios para apresar un trago de
agua, o sin estirar la mano para alcanzar la codiciada fruta que, cual joya
preciosa, pendía de la copa del árbol más cercano. Casi derrotado, alzó la
mirada hacia los cielos. Tal vez, arrepentido, iba a clamar perdón a los
dioses. Pero entonces descubrió en la punta de la rama una nueva fruta
temblorosa, apetecible, que crecía suculenta pero imposible para él. Y
debió de maldecir e injuriar a los dioses cuando comprendió que con el
simple acto de mirar el tormento se reavivaba ferozmente en su entraña”.
Innumerables consecuencias se derivan del acto de mirar. Ahora
puedo afirmarlo con certeza: todo empieza con la mirada. Por supuesto, la
violación, la que se padece en carne propia cuando un ser o un cuerpo se
prodigan con criminal inocencia.

 

¿ Ana Clavel

Nació en la ciudad de México, el 16 de diciembre de 1961. Narradora. Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la UNAM. Colaboradora de DiDiluvio de PájarosDosfilosEl CuentoEl IndependienteEl NacionalEl UniversalLa JornadaLa OrquestaNexosPluralPoliedroPunto de PartidaTierra Adentro, y Unomásuno. Becaria del inba/fonopas en narrativa, 1982; del fonca, en novela, 1990. Creador Artístico del SNCA, 2001. Premio Nacional de Cuento crea, 1983, por “En un rincón del infierno”. Premio en el Concurso de Cuento Grandes Ideas de la unam, 1983, por “Tu bella boca rojo carmesí”. Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, 1991, por el cuento “Cuando María mira el mar” (posteriormente “Amorosos de atar”). Finalista del Premio Internacional Alfaguara de Novela, 1999, por Los deseos y su sombra. Ganadora de la Medalla de Plata, 2004, de la Sociéte Académique “Arts-Scienses-Lettres”, de Francia. Premio de Novela Corta Juan Rulfo de Radio Francia Internacional, 2005, por Las violetas son flores del deseo. Parte de su obra se encuentra en diversas antologías, entre ellas Antología de cuento mexicano finisecular, Fiction Internacional. Mexican Fiction y Passione e scrittura. Antologia di narratrice mexicana XX secolo.

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CUATRO SOLDADOS SIN 30-30 DE NELLIE CAMPOBELLO

 

LA JAULA DE LA TÍA ENEDINA DE ADELA FERNÁNDEZ

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Desde que tenía ocho años  me mandaban llevarle la comida a mi tía Enedina, la loca. Según mi madre, enloqueció de soledad. Tía Enedina vivía en el cuarto de trebejos que está al fondo del traspatio. Conforme me acostumbraron a que yo le llevara sus alimentos, nadie volvió a visitarlos, ni siquiera tenían curiosidad por ella. Yo también les daba de comer a las gallinas y a los marranos. Por éstos sí me preguntaban, y con sumo interés. Era importante para ellos saber cómo iba la engorda, en cambio, a nadie le interesaba que tía Enedina se consumiera poco a poco. Así eran las cosas, así fueron siempre, así me hice hombre, en la diaria tarea de llevarles comida a los animales y a la tía.

Ahora tengo 19 años y nada ha cambiado. A la tía Enedina nadie la quiere. A mí tampoco, porque soy negro. Mi madre nunca me ha dado un beso y mi padre niega que soy hijo suyo. Goyita, la vieja cocinera, es la única que habla conmigo. Ella me dice que mi piel es negra porque nací aquel día del eclipse, cuando todo se puso oscuro y los perros aullaron. Por ella he aprendido a comprender la razón por la que no me quieren. Piensan que al igual que el eclipse, yo le quito la luz a la gente. Goyita es abierta, hablantina y me cuenta muchas cosas, entre ellas, cómo fue que enloqueció mi tía Enedina.

Dice que estaba a punto de casarse y en la víspera de su boda un hombre sucio y harapiento tocó a la puerta preguntando por ella. Le auguró que su novio no se presentaría a la iglesia y que para siempre sería una mujer soltera. Compadecido de su futuro le regaló una enorme jaula de latón para que en su vez se consolara cuidando canarios. Nunca se supo si aquel hombre que se fue sin dar más detalles era un enviado de Dios o del diablo.

Tal como se lo pronosticó aquel extraño, su prometido, sin aclaración alguna desertó de contraer nupcias, y mi tía Enedina, bajo el desconcierto y la inútil espera, enloqueció de soledad. Goyita me cuenta que así fueron las cosas y deben de haber sido así. Tía Enedina vive con su jaula y con su sueño: tener un canario. Cuando voy a verla es lo único que me pide, y en todos estos años yo no he podido llevárselo. En casa a mí no me dan dinero. El pajarero de la plaza no ha querido regalarme uno, y el día que le robé el suyo a doña Ruperta por poco me cuesta la vida. Lo escondí en una caja de zapatos, me descubrieron y a golpes me obligaron a devolvérselo.

La verdad, a mí me da mucha lástima la tía, y como no he podido llevarle su canario, decidí darle caricias. Entré al cuarto…ella, acostumbrada a la oscuridad, se movía de un lado para otro. Se dio cuenta que su agilidad huidiza fue para mí fascinante. Apenas podía distinguirla, ya subiéndose a los muebles o encaramándose en un montón de periódicos. Parecía una rata gris metiéndose entre la chatarra. Se subía sobre la jaula y se mecía con un balanceo algo más que triste. Era muy semejante a una de esas arañas grandes y zancudas de pancita pequeña y patas largas.

A tientas, entre tumbos y tropezones comencé a perseguirla. Qué difícil me fue atraparla. Estaba sucia y apestosa. Su rostro tenía una gran similitud con la imagen de la Santa Leprosa de la capilla de San Lázaro; huesuda, cadavérica, con un Dios adentro que se gana mediante la conformidad. No fue fácil hacerle el amor. Me enredaba en los hilachos de su vestido de organdí, pero me las arreglé bien para estar con ella. Todo a cambio de un canario que por más empeño que puse no podía regalarle.

Después de aquella amorosidad, cada vez que llegaba con sus alimentos, sacaba la mano de uñas largas en busca de mi contacto. Llegué a entrar repetidas veces, pero eso comenzó a fastidiarme. Tía Enedina me lastimaba, incrustando en mi piel sus uñas, mordiendo, y sus huesos afilados, puntiagudos, se encajaban en mi carne. Así que decidí buscar la manera de darle un canario costara lo que costara.

Han pasado ya tres meses que no entro al cuarto. Le hablo de mi promesa y ella ríe como un ratón, babea y pega de saltos. Me pide alpiste. Posiblemente quiere asegurar el alimento del prometido canario. Todos los días le llevo un poco de ese que compra Goyita para su jilguero.

Ha transcurrido más de un año y lo del canario parece imposible. Me duele comunicarle tal desesperanza, tampoco quiero hacerle de nuevo el amor. Le he propuesto a cambio de caricias y canario, el jilguero de Goyita. Salta ríe, mueve negativamente la cabeza. Parece no desear más tener un pájaro, sin embargo insiste en los puños diarios de alpiste que le llevo. Cosas de su locura, el dorado de las semillas debe en mucho regocijarla.

Me sentí demasiado solo, tanto que decidí volver a entrar al oscuro aposento de la tía Enedina. Desde aquellos días en que yo le hacía el amor, han pasado ya dos años. A ella la he notado más calmada, puedo decir que vive en mansedumbre. Pensé que ya no me arañaría. Por eso entré, a causa de mi soledad y de haberla notado apacible.

Ya adentro del cuarto, quise hacerle el amor pero ella se encaramó en la jaula. Motivado por mi apetito de caricias, esperé largo rato, tiempo en el que me fui acostumbrando a la penumbra. Fue entonces cuando dentro de la jaula, pude ver dos niñitos gemelos, escuálidos, albinos. Tía Enedina los contemplaba con ternura y felizmente, como pájara, les daba el diminuto alimento.

Mis hijos, flacos, dementes, comían alpiste y trinaban…

ADELA FERNÁNDEZ

LA DUQUEZA Y EL JOYERO DE VIRGINIA WOOLF

VIRGINIAOliver Bacon vivía en lo alto de una casa junto a Green Park. Tenía un departamento; las sillas estaban colocadas de manera que el asiento quedaba perfectamente orientado, sillas forradas en piel. Los sofás llenaban los miradores
de las ventanas, sofás forrados con tapicería. Las ventanas, tres alargadas ventanas, estaban debidamente provistas de discretos visillos y cortinas de satén. El aparador de caoba ocupaba un discreto espacio, y contenía los brandys, los
whiskys y los licores que debía contener. Y, desde la ventana central, Oliver Bacon contemplaba las relucientes techumbres de los elegantes automóviles que atestaban los atestados vericuetos de Piccadilly. Difícilmente podía imaginarse una posición más céntrica. Y a las ocho de la mañana le servían el desayuno en bandeja; se lo servía un criado; el criado desplegaba la bata carmesí de Oliver Bacon; él abría las cartas con sus largas y puntiagudas uñas, y extraía gruesas
cartulinas blancas de invitación, en las que sobresalían de manera destacada los nombres de duquesas, condesas, vizcondesas y honorables damas. Después Oliver Bacon se aseaba; después se comía las tostadas; después leía el periódico
a la brillante luz de la electricidad.Dirigiéndose a sí mismo, decía: «Hay que ver, Oliver… Tú que comenzaste a
vivir en una sucia calleja, tú que…», y bajaba la vista a sus piernas, tan elegantes, enfundadas en los perfectos pantalones, y a sus botas, y a sus polainas. Todo era elegante, reluciente, del mejor paño, cortado por las mejores tijeras de Savile
Row. Pero a menudo Oliver Bacon se desmantelaba y volvía a ser un muchacho en una oscura calleja. En cierta ocasión pensó en la cumbre de sus ambiciones: vender perros robados a elegantes señoras en Whitechapel. Y lo hizo. «Oh,
Oliver», gimió su madre. «¡Oh, Oliver! ¿Cuándo sentarás cabeza?»… Después Oliver se puso detrás de un mostrador; vendió relojes baratos; después transportó una cartera de bolsillo a Ámsterdam… Al recordarlo, solía reír por lo bajo… el
viejo Oliver evocando al joven Oliver. Sí, hizo un buen negocio con los tres diamantes, y también hubo la comisión de la esmeralda. Después de esto, pasó al despacho privado, en la trastienda de Hatton Garden; el despacho con la balanza, la caja fuerte, las gruesas lupas. Y después… y después… Rió por lo bajo. Cuando Oliver pasaba por entre los grupitos de joyeros, en los cálidos atardeceres, que hablaban de precios, de minas de oro, de diamantes y de informes de África del Sur, siempre había alguno que se ponía un dedo sobre la parte lateral de la nariz y murmuraba «hummm», cuando Oliver pasaba. No era más que un murmullo, no era más que un golpecito en el hombro, que un dedo en la nariz, que un zumbido
que recorría los grupitos de joyeros en Hatton Garden, un cálido atardecer ¡Hacía muchos años…! Pero Oliver todavía lo sentía recorriéndole el espinazo, todavía sentía el codazo, el murmullo que significaba: «Mírenlo el joven Oliver, el joven
joyero-ahí va.» Y realmente era joven entonces. Y comenzó a vestir mejor y mejor; y tuvo, primero, un cabriolé; después un automóvil; y primero fue a platea y después a palco. Y tenía una villa en Richmond, junto al río, con rosales de rosas rojas; y Mademoiselle solía cortar una rosa todas las mañanas, y se la ponía en el ojal, a Oliver.
-Vaya -dijo Oliver, mientras se ponía en pie y estiraba las piernas-. Vaya…Y quedó en pie bajo el retrato de una vieja señora, encima de la chimenea, y evantó las manos.-He cumplido mi palabra -dijo juntando las palmas de las manos, como si
rindiera homenaje a la señora
-He ganado la apuesta.
Y no mentía; era el joyero más rico de Inglaterra; pero su nariz, larga y flexible, como la trompa de un elefante, parecía decir mediante el curioso temblor de las aletas (aunque se tenía la impresión de que la nariz entera temblara, y no sólo las
aletas) que todavía no estaba satisfecho, todavía olía algo, bajo la tierra, un poco más allá. Imaginemos a un gigantesco cerdo en un terreno fecundo en trufas; después de desenterrar esta trufa y aquella otra, todavía huele otra mayor, más
negra, bajo la tierra, un poco más allá. De igual manera, Oliver siempre husmeaba en la rica tierra de Mayfair otra trufa, más negra, más grande, un pocomás allá.
Ahora rectificó la posición de la perla de la corbata, se enfundó en su elegante abrigo azul, y cogió los guantes amarillos y el bastón. Balanceándose, bajó la escalera, y en el momento de salir a Piccadilly, medio resopló, medio suspiró, por
su larga y aguda nariz. Ya que, ¿acaso no era todavía un hombre triste, un hombre insatisfecho, un hombre que busca algo oculto, a pesar de que había ganado la apuesta?Siempre se balanceaba un poco al caminar, igual que el camello del zoológico se balancea a uno y otro lado, cuando camina por entre los senderos de asfalto, atestados de tenderos acompañados por sus esposas, que comen el contenido de bolsas de papel y arrojan al sendero porcioncillas de papel de plata. El camello desprecia a los tenderos; el camello no está contento de su suerte; el camello ve el lago azul, y la orla de palmeras a su alrededor. De igual manera el gran joyero, el más grande joyero del mundo entero, avanzaba balanceándose por Piccadilly, perfectamente vestido, con sus guantes, con su bastón, pero todavía descontento, hasta que llegó a la oscura tiendecilla que era famosa en Francia, en Alemania, en Austria, en Italia, y en toda América: la oscura tiendecilla en la Calle Bond.Como de costumbre, cruzó la tienda sin decir palabra, a pesar de que los cuatro hombres, los dos mayores, Marshall y Spencer, y los dos jóvenes, Hammond y Wicks, se irguieron y le miraron, con envidia. Sólo por el medio de agitar un
dedo, enfundado en guante de color de ámbar, dio Oliver a entender que se había dado cuenta de la presencia de los cuatro. Y entró y cerró tras sí la puerta de su despacho privado.A continuación, abrió la cerradura de las rejas que protegían la ventana. Entraron los gritos de la Calle Bond; entró el distante murmullo del tránsito. La luz reflejada en la parte trasera de la tienda se proyectaba hacia lo alto. Un árbol agitó seis hojas verdes, porque corría el mes de junio. Pero Mademoiselle se
había casado con el señor Pedder, de la destilería de la localidad, y ahora nadie le ponía a Oliver rosas en el ojal.
-Vaya –
medio suspiró, medio resopló
-vaya…
Entonces oprimió un resorte en la pared, y los paneles de madera resbalaron lentamente a un lado, revelando, detrás, las cajas fuertes de acero, cinco, no, seis, todas ellas de bruñidoacero. Dio la vuelta a una llave; abrió una; luego otra.
Todas ellas estaban forradas con grueso terciopelo carmesí, y en todas reposaban joyas: pulseras, collares, anillos, tiaras, coronas ducales, piedras sueltas en cajitas de cristal, rubíes, esmeraldas, perlas, diamantes. Todas seguras, relucientes, frías
pero ardiendo, eternamente, con su propia luz comprimida.
-¡Lágrimas! -dijo Oliver contemplando las perlas.
-¡Sangre del corazón! -dijo mirando los rubíes.
-¡Pólvora!
-prosiguió, revolviendo los diamantes de manera que lanzaron destellos y llamas.
-Pólvora suficiente para volar Mayfair hasta las nubes, y más arriba, más arriba, más arriba.
-.Y lo dijo echando la cabeza atrás y emitiendo sonidos como los del relincho del caballo.

El teléfono emitió un zumbido de untuosa cortesía, en voz baja, en sordina, sobre
la mesa. Oliver cerró la caja de caudales.
-Dentro de diez minutos -dijo-. Ni un minuto antes.
Se sentó detrás del escritorio y contempló las cabezas de los emperadores romanos grabadas en los gemelos de la camisa. Una vez más se desmanteló y otra vez volvió a ser el muchachuelo que jugaba a canicas, en la calleja donde se
venden perros robados, los domingos. Se transformó en aquel voluntarioso y astuto muchachito, con labios rojos como cerezas húmedas. Metía los dedos en montones de tripa; los hundía en sartenes llenas de pescado frito; escabullándose
salía y penetraba en multitudes. Era flaco, ágil, con ojos como piedras pulidas. Y ahora… ahora… las saetas del reloj seguían avanzando al son del tic-tac, uno, dos, tres, cuatro… La duquesa de Lambourne esperaba por el placer de Oliver; la
duquesa de Lambourne, hija de cien vizcondes. Esperaría durante diez minutos, en una silla junto al mostrador. Esper
aría, por placer de Oliver. Esperaría hasta que Oliver quisiera recibirla. Oliver contemplaba el reloj alojado en su caja
forrada de cuero. La saeta avanzaba. Con cada uno de sus tic-tacs, el reloj entregaba a Oliver -esto parecía-paté de foie gras, una copa de champaña, otra de brandy viejo, un cigarro que valía una guinea. El reloj lo iba dejando todo sobre
la mesa, a su lado, mientras transcurrían los diez minutos. Entonces oyó suaves y lentos pasos acercándose; un rumor en el pasillo. Se abrió la puerta. El señor Hammond quedó pegado a la pared.
El señor Hammond anunció:
-¡Su gracia, la Duquesa!
Y esperó allí, pegado a la pared.
Y Oliver, al ponerse en pie, oyó el rumor del vestido de la Duquesa, que se
acercaba por el pasillo. Después la Duquesa se cernió sobre él, ocupando el vano de la puerta por entero, llenando el cuarto con el aroma, el prestigio, la arrogancia, la pompa, el orgullo de todos los duques y de todas las duquesas, alzados en una sola ola. Y, de la misma forma que rompe una ola, la Duquesa rompió, al sentarse, avanzando y salpicando, cayendo sobre Oliver Bacon, el gran joyero, y cubriéndolo de vivos y destellantes colores, verde, rosado, violeta; y de olores; y de iridiscencias; centellas saltaban de los dedos, se desprendían de las plumas, rebrillaban en la seda; ya que la Duquesa era muy corpulenta, muy gorda, prietamente enfundada en tafetán de color de rosa, y pasada ya la flor de la edad. De la misma manera que una sombrilla con muchas varillas, que un pavo real con muchas plumas, cierra las varillas, pliega las plumas, la Duquesa se apaciguó, se replegó, en el momento de hundirse en el sillón de cuero.
-Buenos días, señor Bacon -dijo la Duquesa. Y alargó la mano que había salido
por el corte rectilíneo de su blanco guante. Y Oliver se inclinó profundamente al estrechar la mano. En el instante en que sus manos se tocaron volvió a formarse una vez más el vínculo que les unía. Eran amigos, y, al mismo tiempo, enemigos;
él era amo, ella era ama; cada cual engañaba al otro, cada cual necesitaba al otro, cada cual temía al otro, cada cual sabía lo anterior, y se daba cuenta de ello siempre que sus manos se tocaban, en el cuartito de la trastienda, con la blanca luz fuera, y el árbol con sus seis hojas, y el sonido de la calle a lo lejos, y las cajas fuertes a espaldas de los dos.
-Ah, Duquesa, ¿en qué puedo servirla hoy?
-dijo Oliver en voz baja.
La Duquesa le abrió su corazón, su corazón privado, de par en par. Y, con un suspiro, aunque sin palabras, extrajo del bolso una alargada bolsa de cuero, que parecía un flaco hurón amarillo. Y por la apertura de la barriga del hurón, la Duquesa dejó caer perlas, diez perlas. Rodando cayeron por la apertura de la barriga del hurón
-una, dos, tres, cuatro-, como huevos de un pájaro celestial.
-Son cuanto me queda, mi querido señor Bacon -gimió la Duquesa-. Cinco, seis, siete… rodando cayeron por las pendientes de las vastas montañas cuyas laderas se hundían entre las rodillas de la Duquesa, hasta llegar a un estrecho valle, la
octava, la nona, y la décima. Y allí quedaron, en el resplandor del tafetán del color de la flor del melocotón. Diez perlas.
-Del cinto de los Appleby -dijo dolida la Duquesa-. Las últimas… Cuantas
quedaban…
Oliver se inclinó y cogió una perla entre índice y pulgar. Era redonda, era reluciente. Pero, ¿era auténtica o falsa? ¿Volvía la Duquesa a mentirle? ¿Sería capaz de hacerlo otra vez?
La Duquesa se llevó un dedo rollizo a los labios.
-Si el Duque lo supiera… -murmuró
-. Querido señor Bacon, una racha de mala suerte…¿Había vuelto a jugar, realmente?
-¡Ese villano! ¡Ese sinvergüenza! -dijo la Duquesa entre dientes.¿El hombre con el pómulo partido? Mal bicho, ciertamente. Y el Duque, que era recto como una vara, con sus patillas, la dejaría sin un céntimo, la encerraría allá abajo… Qué sé yo, pensó Oliver, y dirigió una mirada a la caja de caudales.
-Araminta, Daphne, Diana
-gimió la Duquesa-. Es para ellas.
Las damas Araminta, Daphne y Diana, las hijas de la Duquesa. Oliver las conocía; las adoraba. Pero Diana era aquella a la que amaba.

-Sabe usted todos mis secretos -dijo la Duquesa mirando de soslayo a Oliver.

Lágrimas resbalaron; lágrimas cayeron; lágrimas como diamantes, que se cubrieron de polvo en las veredas de las mejillas de la Duquesa, del color de la flor del cerezo.
-Viejo amigo -murmuró la Duquesa-viejo amigo.-Viejo amigo -repitió Oliver-viejo amigo-, como si lamiera las palabras.-
¿Cuánto? -preguntó Oliver.
La Duquesa cubrió las perlas con la mano.
-Veinte mil -murmuró la Duquesa.
Pero, ¿era auténtica o falsa, aquella perla que Oliver tenía en la mano? El cinto de los Appleby, ¿pero es que no lo había vendido ya la Duquesa? Llamaría a Spencer o a Hammond.
-Tenga y haga la prueba de autenticidad -diría Oliver. Se inclinó hacia el timbre.
-¿Vendrá mañana?
-preguntó la Duquesa en tono de encarecida invitación, interrumpiendo así a Oliver-. El Primer Ministro… Su Alteza Real…
-La Duquesa se calló-. Y Diana… -añadió. Oliver alejó la mano del timbre.
Miró por encima del hombro de la Duquesa las paredes traseras de las casas de la Calle Bond. Pero no vio las casas de la Calle Bond, sino un río turbulento, y truchas y salmones saltando, y el Primer Ministro, y también se vio a sí mismo
con chaleco blanco, y luego vio a Diana. Bajó la vista a la perla que tenía en la mano. ¿Cómo iba a someterla a prueba, a la luz del río, a la luz de los ojos de Diana? Pero los ojos de la Duquesa lo estaban mirando.
-Veinte mil -gimió la Duquesa-. ¡Es mi honor!
¡El honor de la madre de Diana! Oliver cogió el talonario; sacó la pluma.
-Veinte… -escribió. Entonces dejó de escribir. Los ojos de la vieja mujer retratada
lo estaban mirando, los ojos de aquella vieja que era su madre.-
¡Oliver! -le decía su madre-. ¡Un poco de sentido común! ¡No seas loco!-¡Oliver! –
suplicó la Duquesa (ahora era Oliver y no señor Bacon)-. ¿Vendrá a pasar un largo final de semana?
¡A solas en el bosque con Diana! ¡Cabalgando a solas en el bosque con Diana!
-Mil -escribió, y firmó el talón.-Tenga -dijo Oliver.Y se abrieron todas las varillas de la sombrilla, todas las plumas del pavo real, el resplandor de la ola, las espadas y las lanzas de Agincourt, cuando la Duquesa se levantó del sillón. Y los dos viejos y los dos jóvenes, Spencer y Marshall, Wicks y Hammond, se pegaron a la pared, detrás del mostrador, envidiando a Oliver,
mientras éste acompañaba a la Duquesa, a través de la tienda, hastala puerta. Y Oliver agitó su guante amarillo ante las narices de los cuatro, y la Duquesa conservó su honor -un talón de veinte mil libras, con la firma de Oliver-firmemente en sus manos.

-¿Son auténticas o son falsas? -preguntó Oliver, cerrando la puerta de su despacho privado.

Allí estaban las diez perlas sobre el papel secante, en el escritorio. Fue con ellas a la ventana. Con la lupa las miró a la luz… ¡Aquella era la trufa que había extraído de la tierra! Podrida por dentro…-Perdóname, madre -suspiró Oliver, levantando la mano, como si pidiera perdón a la vieja retratada. Y, una vez más, fue un chicuelo en la calleja en donde
vendían perros robados los domingos.-Porque -murmuró juntando las palmas de las manos-será un fin de semana largo.

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/woolf/la_duquesa_y_el_joyero.htm

 

EL HOMBRE AGOBIADO DE GRACE PALEY

agobiadEl hombre tiene el agobio del dinero. Hace falta todos los días. Cada vez más. Para las cosas corrientes y para vivir. Por eso, las vacaciones para él son una época difícil. Otra época difícil es el fin de semana, cuando no está ganando dinero ni progresando.
Entonces se queda en casa y observa la evolución de la vida de su hijo y la evolución de la vida de su esposa. Parece que no se den cuenta del dinero. No es que sean tontos, pero se dejan las luces del pasillo encendidas. Consumen electricidad. La mujer cocina y cocina sin parar. Tiene que preparar la carne. Tiene que preparar las patatas y llevar a la mesa zumo de naranja. No es que él se oponga a estar sano, pero qué falta hace calentar los panecillos en el horno, con lo caro que está el gas. Su hijo llama por teléfono. Luego llama por teléfono su mujer. Estas llamadas se registran automáticamente en el contador de la Compañía Telefónica, y la IBM las carga a su cuenta. Un día, por accidente, compraron tres periódicos. Otro día, el chico estaba jugando fuera en el jardín. Nunca tiene cuidado. Naturalmente, se cae y se rompe los pantalones. Este derroche se produce un sábado. El domingo llama una vecina a la puerta, furiosa porque los pantalones son de su hijo, se los prestó y se los han roto y cuestan cinco dólares y noventa y cinco centavos, unos pantalones estupendos, de pana, de raya fina.
Cuando el hombre oye esto, pierde el control. No sabe de dónde va a salir el dinero. La verdad es que gana muy buen sueldo y aparta cinco dólares a la semana para cuando su hijo vaya a la universidad. Lleva haciéndolo todas las semanas y ya tiene en el banco dos mil setecientos cincuenta dólares. Pero no sabe de dónde va a salir el dinero para todas las cosas de la vida. En la misma puerta, sin decir palabra, le da a la vecina seis dólares en efectivo y recibe dos centavos de vuelta. Contempla los dos centavos en la mano. Se siente arruinado y piensa que va a desmayarse. Para darse fuerza, le tira los dos centavos a la vecina, que grita, y luego echa a correr. Él la persigue a lo largo de dos manzanas. El marido de la vecina no puede acudir en su ayuda porque ese domingo está de guardia. Sus hijos están en el cine. Cuando la vecina llega al buzón de la esquina, se apoya en él, se vuelve temerosa y le tira los seis dólares. Él coge los flotantes billetes en el aire. Y se los devuelve lanzándolos con todas sus fuerzas. Flotan como hojas hasta el abrigo de ella y ella grita: «¡Basta! ¡Basta!»
Aparece enseguida la policía y los agentes se enfadan al ver a dos personas adultas tirándose dinero y gritando. Pero el barrio está lleno de árboles que dan sombra y de limpio césped. La policía les perdona y les observa mientras vuelven a casa ambos en la misma dirección (ya que son vecinos de puerta).
Ambos lamentan el arrebato de cólera.
Ella dice:
– No me hacen falta los pantalones, Billy tiene pantalones de sobra.
Él dice:
– A mí el dinero no me importa. ¿Seis dólares? Eso para mí no es nada.
Luego, toman café en casa de ella y se lo explican todo. Ambos cuentan una historia de cuando eran jóvenes. Tras esto, se hacen amigos y se visitan los domingos por la tarde, cuando sus familias están de guardia o en el cine.
Las noches de los viernes, el hombre sube los tres tramos de escaleras y sale de las profundidades de la estación del metro. Se detiene en una panadería que queda justo antes de donde le recoge el autobús que ha de llevarle a su remoto barrio.
Allí, compra una tarta de fresa que lleva a casa para su esposa y su hijo.
De cualquier modo, las cosas cambiaron. Llegó el verano, y la vecina llevó a sus tres hijos a una casita de verano en aguas de Long Island. Cuando volvió estaba tostada, de un color té claro, con un toque naranja, debido a la loción que había usado. A él le pareció que la primera vez, y las veces siguientes, le había saludado con bastante frialdad. Él le había contestado cordialmente.
– Estás muy guapa -le dijo.
– Gracias -dijo ella, sin decir nada del aspecto de él, pese a que el sol de las vacaciones también le había mejorado.
Una mañana de sábado, él esperó en la cama que la casa quedara silenciosa y vacía. Su esposa y el chico siempre iban al supermercado a las nueve. Cuando al fin se fueron con el carrito, las bolsas de la compra y el coche, empezó a pensar que él y la vecina habían hablado y hablado durante muchos domingos y ya iba siendo hora de considerar formas distintas de empezar las cosas.
Se preguntó si la cocina sería el mejor sitio para empezar, porque era estrecha. Ella era una persona decente, con tres hijos, y diría que no, seguramente, sólo por seguir siendo decente un poco más. Intentaría, sin duda, rechazar su primera tentativa. Sin embargo, no tendría escapatoria si la abordaba junto al lavavajillas.
Otra posibilidad: Si estuviera ya el café en la mesa, él podría estar a su lado cuando ella se dispusiera a servirlo. Entonces le quitaría la jarra del café y volvería a posarla en la mesita. Luego le cogería las manos y la miraría a los ojos. Ella se daría cuenta enseguida de su intención y empezaría a hacer planes mentalmente para asegurar una situación de intimidad para el domingo siguiente.
Otra posibilidad: En el salón, en el sofá, delante de la mesita de centro, le diría directa aunque tímidamente: «Estoy pasándolo muy mal. Quiero follar contigo.» Ése era el plan más firme, porque no exigía ningún otro preparativo. Podría abrazarla inmediatamente después de decir esas palabras. Le levantaría la falda y, si no llevaba faja, podría penetrarla de inmediato.
Al día siguiente era domingo. Él llamó, y ella dijo con su nuevo estilo indiferente:
– Sí, claro, ven.
En cuestión de diez minutos él estaba esperando el café junto a la mesita de la cocina. Había cortado las primeras cuatro zinias que habían florecido en el seto del jardín de su mujer y las estaba colocando en el búcaro cuando se dio cuenta de que el marido de su vecina se arrastraba furtivamente por la pared hacía él. Parecía desquiciado; probablemente, estaba borracho. El hombre dijo:
– Pero…, qué…
Sólo conocía al marido de vista, y le turbaba verle allí, casi de rodillas, en su propia casa.
– ¡Italiano de mierda…! -dijo el marido-. No llevas aquí veinte minutos y ya has acabado, lamecoños barato.., meter y sacar… eso es lo que le gusta a ella, esa zorra frígida…
– No… No… -dijo el hombre. Respondía que «no» a la afirmación del marido de que era frígida—. No, no —dijo, aunque no estaba seguro—. No lo es.
– ¿Por qué pierdes el tiempo con esa foca con tetas…? -dijo el marido.
– ¡Eh! —dijo el hombre.
Nunca había pensado mucho en aquella parte específica de ella. Había pensado en concreto en cómo sería debajo de la falda y en los muslos. Comprendió que el marido estaba borracho, porque de lo contrario no hablaría de su esposa en aquellos términos.
El marido entonces esgrimió una pistola y le apuntó con ella con ademán beodo, tal como había visto el hombre en el cine muchas veces, pero nunca en la vida real. Sabía que era natural que el marido tuviera aquella pistola, porque era policía.
Y era bien conocido como policía. En una ocasión, había matado a un muchacho campesino que se había vuelto loco por el gentío de la ciudad. El chico se había pasado todo el día corriendo aterrorizado, dando vueltas y vueltas a Central Park. La gente creía que era un corredor, porque llevaba una camiseta puesta, pero al final había entrado en el parque y había matado con un cuchillo de cocina a un niño pequeño y herido a otros tres. «¡Hay demasiada gente!», gritaba mientras mataba.
El policía le había desarmado valerosamente, pero el pobre chico sacó otro gran cuchillo del bolsillo de la pernera del pantalón y el policía no tuvo más remedio que matarlo. Le dieron una medalla. Solía recordar a menudo aquella tarde y se preguntaba por qué habiendo sido valiente una vez no era capaz de serlo de nuevo.
Ahora miraba fijamente al hombre e intentaba recordar qué inhibición le había abandonado, qué miedo a su víctima le había dado energía. ¿Cómo había decidido matar a aquel muchacho loco?
De pronto, la mujer salió de la cocina. Vio que su marido estaba borracho y que tenía los ojos inyectados en sangre. Vio que blandía una pistola ante los ojos como para disipar la niebla. Recordó que era una persona que había matado.
– ¡No le toques! -gritó la mujer a su marido-. ¡Maníaco! ¡Matachicos! ¡No le toques! -gritó y apretó al hombre contra su cuerpo grande y blando. No era en absoluto lo que él había previsto. No había deseado jamás encontrarse con la barbilla enganchada en el escote en V de la bata de la vecina.
– Sal de entre sus faldas -dijo el marido.
– Si le matas a él, me matas a mí -dijo ella abrazando al hombre con tal fuerza, que él se preguntó hacia qué lado podría volver la nariz para respirar.
– ¡Bien, de acuerdo! ¿Por qué no, por qué no? -dijo el marido-. ¿Por qué no, zorra maldita, por qué no?
Entonces apretó el gatillo y disparó y disparó, contra el hombre, la mujer, la pared, el ventanal, la cafetera. Mirando hacia abajo, gritando «¡Puta! ¡puta!», disparó contra el suelo, hasta que se atravesó un zapato y se destrozó los dedos del pie para siempre.
La edición de medianoche del periódico matutino decía:

POLICÍA DE QUEENS DESTROZA ROMANCE
Sus colegas le aplauden en la cárcel

El sargento Armand Kielly puso hoy fin a la supuesta aventura de su esposa con un vecino, Alfred Ciaro, emprendiéndola a tiros con su cocina, con la señora Kielly, consigo mismo y con su carrera. Detenido por sus propios compañeros de la comisaría 115, que dicen que andaba muy nervioso últimamente, será sometido a juicio. Cuando este redactor la interrogó, la señora Kielly dijo: «No, no, no.»

El hombre agobiado pasó tres días en el hospital, donde le curaron la herida del hombro. El seguro de hospitalización lo pagó casi todo. Luego vendió la casa y se trasladó a otro barrio, con otra línea de autobús, aunque la estación de metro siguió siendo la misma.
Hasta que le sorprendió la vejez, apenas si volvió a ser desgraciado. En realidad, durante varios años, se sentía cada mañana a la vez refrescado y calentado por la sangre bombeada de las cámaras de su corazón a sus frías extremidades.
[Traducción de J. M. Álvarez Flórez y Angela Pérez]

http://yovivoenella.blogspot.mx/2011/05/grace-paley-el-hombre-agobiado.html

CON AMOR ELENA DE STELLA MANTRANA

Cuando la señora Adela  atendió el llamado de la puerta, un cadete le entregó un ramo de flores, y le dijo que era para ella. Le hizo firmar un recibo, y  comenzó esta pequeña historia.

Cerró, la puerta, con un gran ramo de flores, envuelto, en plástico, que asemejaba a un papel, de celofán, y al abrirlo fué inmensa  su sorpresa, era un ramo grande alargado, que consistía en claveles, a su alrededor, y en el centro dos orquídeas, y todo ello adornado con espárrago. Sujetaba, todo ese conjunto, unas cintas finas blancas, que formaban una pequeña moña.

Buscó la tarjeta, y no la encontró, fué cuando empezó su pesquisa.  No había ningún aniversario, que ameritara, tal atención, no estaba cerca, navidad, ni su cumpleaños, y  lo fundamental, no tenía admirador alguno, porque si existiera,  era como para decir “Locas pasiones a los 70 años” ,o “Conseguir lo imposible sin salir de casa”  lo que al editarlo, sería un Best Seller, o un libro de auto ayuda, “Comparta su soledad con flores”  tan de moda en estos tiempos.

Empezó por llamar a la vecina  de piso, como hacen casi todas las señoras solas.  Comparten novedades, chimentos, pareceres, como el seguimiento de los teleteatros, o lo que dijo Rial, o la cola parada tipo brasilero, de la Padrón, o el nuevo amante, mozalbete de Susana Jiménez, o lo bien que cocina la Lepes, estando en Grecia o frente al mar  y a la parrilla el rubio Mallman, que hasta recita. Se comenta, todo lo transcendental, ya detallado,  junto a la artritis, el costo de vida, lo exiguo  de las jubilaciones,  los tatuajes de los hombres de “Valientes”  Porqué si uno quiere saber ”

“Tomándole el pulso a la República” tiene que preguntárselo a una vecina.

Pero este ramo, era noticia..!!

Pensó Adela que podría ser para la linda  inquilina, del piso ,ap.o2, pero su vecina, le dijo que no,  porque viajó , se había  olvidado de contarle,  a hacer un Postgrado a París, por tres meses. A una de las dos se le ocurrió, mirar  la etiqueta, del ramo, y ahí oh milagro, en un óvalo dorado decía el nombre y dirección, de la florería.  Adela podía preguntar por teléfono, pero prefirió caminar en la tarde las cuatro cuadras, que quedaban desde su casa hasta la florería  a usar el teléfono. Cuando la averiguación se hace en profundidad, los métodos, no son siempre los habituales, sino vean como Adela, CSI, y me darán la razón.

La curiosidad, la hizo caminar rápido, pasó de tranco de pollo, al de perdiz, y llegó, con la cabeza para adelante  bamboleándola, al momento y feliz. La atendió, toda una dama, era una Grey Garson, en ” Rosa de abolengo ” sentada entre tantas, flores, y con esa sonrisa, pegada a las comisuras, de esas que no se agrandan ni se achican, la sonrisa que te dice igual, en que puedo servirla  a  son $ 5.000, por  una corona, la moña,  la tarjeta, y el envío, va gratis.

Explicó Adela, escuchó la dueña, y se despejó, lentamente una parte de la incógnita:  El cadete, había sido despedido, el día antes, y se ofreció por propia voluntad, y para obtener alguna propina, repartir los últimos pedidos.

Buscó la dueña, y de acuerdo a la descripción del ramo, se llegó a quien lo había enviado por un giro en Abitab, y la tarjeta, que fué confeccionada en la misma florería que decía ” Con amor Elena ” y quien era el destinatario que se llamaba Álvaro Costa.

Se aclaró el primer error. El segundo fué  una persona que llamó por teléfono, y dijo que recibió unas flores con dos tarjetas. –” Todo era una trampa para molestarla , que efectuó el cadete.””  La dueña le expresó,-  Que por el día de hoy no podía retirar el ramo, ni enviarlo, lamentablente, porque no podía hacer todo ella sola.

La tercera parte, fué pura curiosidad, y parte del desenlace. Adela preguntó – Qué raro, una mujer mandando flores a un hombre.? y le respondió, la dueña,  – las flores eran para acompañar al fallecido Sr Costa. Si se miraba bien el ramo, tenía una base de pequeñas cañas, entretejidas, y  desde ahí salían unas cintas. Luego unas palmas, que el cadete, las quitó para que pareciera más un ramo común. Era lo usual, el ramo típico o media  palma que se usa poner a los pies del cajón.. – ” Que la Sra, podía hacer con el ramo lo que quisiera, porque no se iba a entregar en el día y a la mañana, era a primera hora el entierro, ahí en los Salones donde antes funcionaba “El Ocaso”. ”

Como siempre hay un comedido, Adela se ofreció a hacer el siguiente favor. Ella llevaría el ramo hasta la Empresa de Pompas Fúnebres, porque le quedaba solamente a dos cuadras de su casa, para que esas flores llegaran a su destino. Demás está decir el agradecimiento que recibió, tal es así, que dos rosas blancas con una cinta le fué regalada, y con  –“C uando quiera venga que será bien recibida, fué la despedida.”  Tomó el ramo, y como si hiciera un mandado para un influyente, salió hacia el final

Cuando caminaba por la calle, le parecía que la miraban,.. muy chico para corona, muy ostentoso para obsequio y muy grande para ramo de novia, lo tomó de las cañitas, y llegó al 1er. piso, y preguntó por un familiar del Sr Costa.
Allí la recibió, un familiar que dijo ser el yerno, y Adela hizo un resumen de lo acontecido, si a eso se le puede llamar así, o las noticias de última hora. Pero lo que no esperaba era ,que mientras la guiaba, fuera de la sala, le dijera:
– ” Que agradecía las molestias que se había tomado. Pero que en ese momento,  quien fuera, que a nombre de Elena mandara flores, o un pésame no sería recibido, porque había causado mucho daño, siendo durante tantos años amante de su difunto suegro ”  Era tal  su vehemencia, al decir todo esto, que el milagro se produjo, dejó mudo a  la oferente. Y escuchó por segunda vez, cuando ya llegaban a la puerta, que hiciera lo que quisiera con el ramo, si quería tirarlo a la calle, ahora mismo, daba igual.

Todo puede ser en la dimensión desconocida, entrar como ratero, a llevarse los recuerdos de  los otros , no fué esa  su intención, por eso no tiró las flores en la calle, que mandó una amante a su amor muerto. Con las cosas del querer, no se juega, pensó y ..

Entonces , Adela colocó un cuenco grande, le vertió  agua, y puso a descansar el pequeño entramado de cañitas. Las que han soportado mejor los tres días, han sido las orquídias, porque la vecina le dijo, que le pusiera hielo, que las conservaba. No sabe si mañana, o pasado las tira todas juntas, hasta ahora no pudo,  porque al mirarlas de lejos, le hace acordar a la cúpula, de esas iglesias chiquitas que hay en los balnearios, esas blancas cúpulas, lo que falta para Adela sería la cruz, tal vez, piensan con la vecina, en algún lugar,.. como entramado de teleteatro mejicano, colocó  la cruz.. ” con todo amor Elena ”

LA TIA CARLOTA DE GUADALUPE DUEÑAS

cristo-de-la-luzSiempre estoy sola como el viejo naranjo que sucumbe en el patio. Vago por los corredores, por la huerta, por el gallinero durante toda la mañana.

Cuando me canso y voy a ver a mi tía, la vieja hermana de mi padre, que trasega en la cocina, invariablemente regreso con una tristeza nueva. Porque conmigo su lengua se hincha de palabras duras y su voz me descubre un odio incomprensible.

No me quiere. Dice que traigo desgracia y me nota en los ojos sombras de mal agüero.

Alta, cetrina, con ojos entrecerrados esculpidos en madera. Su boca es una línea sin sangre, insensible a la ternura. Mi tío afirma que ella no es mala.

Monologa implacable como el ruido que en la noria producen los chorros de agua, siempre contra mí:

—…Irse a ciudad extraña donde el mar es la perdición de todos, no tiene sentido. Cosas así no suceden en esta tierra. Y mira las consecuencias: anda dividido, con el alma partida en cuatro. Hay que verlo, frente al Cristo que está en tu pieza, llorar como lo hacía entre mis brazos cuando era pequeño. ¡Y es que no se consuela de haberle dado la espalda! Todo por culpa de ella, por esa que llamas madre. Tu padre estudiaba para cura cuando por su desdicha hizo aquel viaje funesto, único motivo para que abandonara el seminario. De haber deseado una esposa, debió elegir a Rosario Méndez, de abolengo y prima de tu padre. En tu casa ya llevan cinco criaturas y la “señora” no sabe atenderlas. Las ha repartido como a mostrencas de hospicio. A ti que no eres bonita te dejaron con nosotros. A tu tía Consolación le enviaron los dos muchachos. ¡A ver si con las gemelas tu madre se avispa un poco! De que era muy jovencita ya pasaron siete años. No me vengan con remilgos de que le falta experiencia. Si enredó a tu padre es que le sobra malicia… Yo no llegaré a santa, pero no he de perdonarle que habiendo bordado un alba para que la usara mi hermano en su primera misa, diga la deslenguada que se lo vuelvan ropón y pinten el tul de negro para que ella luzca un refajo…

Por un momento calla. Desquita su furia en las almendras que remuele en el molcajete.

Lentamente salgo, huyo a la huerta y lloro por una pena que todavía no sé cómo es de grande.

Me distraen las hormigas. Un hilo ensangrentado que va más allá de la puerta. Llevan hojas sobre sus cabellos y se me figuran señoritas con sombrilla; ninguna se detiene en la frescura de una rama, ni olvida su consigna y sueña sobre una piedra. Incansables, trabajan sonámbulas cuando arrecia la noche.

Atravieso el patio, aburrida me detengo junto al pozo y en el fondo la pupila de agua abre un pedazo de firmamento. Por el lomo de un ladrillo salta un renacuajo, quiebra la retina y las pestañas de musgo se bañan de azul.

De rodillas, con mi cara hundida en el brocal, deletreo mi nombre y las letras se humedecen con el vaho de la tierra. Luego escupo al fondo hasta que ya no tengo saliva. Me subo al pretil y desde allí, cuando la cortina de lona que libra del calor al patio se asusta con el aire, distingo la sotana de mi tío que va de la sala a la reja. Una mole gigante que suda todo el día, mientras estornudos formidables hacen tambalear su corpulencia.

Sobre sus canas, que la luz pinta de aluminio, veo claramente su enorme verruga semejante a una bola de chicle. Distingo su cara de niño monstruoso y sus fauces que devoran platos de cuajada y semas rellenas de nata frente a mi hambre.

Hace mucho que espera su nombramiento de canónigo. Ahora es capellán de Cumato, la hacienda de los Méndez, distante cinco leguas de donde mis tíos radican.

Llevo dos horas sola. De nuevo busco a mi tía. No importa lo que diga. Ha seguido hablando:

—…Podría haber sido tu madre mi prima Rosario. Entonces vivirías con el lujo de su hacienda, usarías corpiños de tira bordada y no tendrías ese color.

Rosario fue muy bella aunque hoy la mires clavada en un sillón… Pero todo vuelve a lo mismo. El día que llegaste al mundo se quebró como una higuera tierna. Tú apagaste su esperanza. En fin, ya nada tiene remedio…

Silenciosamente me refugio en la sala. El Cristo triplica su agonía en los espejos. Es casi del alto de mi tío, pero llagado y negro, y no termina de cerrar los ojos. Respira, oigo su aliento en las paredes; no soy capaz de mirarlo.

Busco la sombra del naranjo y sin querer regreso a la cocina. No encuentro a tía Carlota. La espero pensando en “su prima Rosario”: la conocí un domingo en la misa de la hacienda. Entró al oratorio, en su sillón de ruedas forrado de terciopelo, cuando principiaba la Epístola. La mantilla ensombrecía su chongo donde se apretaban los rizos igual que un racimo de uvas.

No sé por qué de su cara no me acuerdo: la olvidé con las golosinas servidas en el desayuno; tampoco puse cuidado a la insistencia de sus ojos, pero algo me hace pensar que los tuvo fijos en mí. Sólo me quedó presente la muñequita china, regalo de mi padre, que tenía guardada bajo un capelo como si fuera momia. Le espié las piernas y llevaba calzones con encajitos lila.

Mi tía vuelve y principia la tarde.

La comida es en el corredor. Está lista la mesa; pero a mí nadie me llama.

Cuando mi tío pronuncia la oración de gracias cambia de voz y el latín lo vuelve tartamudo.

Do do dómine… do do dómine —oigo desde la cocina. Rechino los dientes. Estoy viéndolo desde la ventana. Se adereza siete huevos en medio metro de virote, escoge el mejor filete y del platón de duraznos no deja nada. ¡Quién fuera él!

Siempre dicen que estoy sin hambre porque no quiero el arroz que me da la tía con un caldo rebotado como el agua del pozo. Me consuelo cuando robo teleras y las relleno con píldoras de árnica de las que tiene mi tío en su botiquín.  A las siete comienza el rezo en la parroquia. Mi tía me lleva al ofrecimiento, pero no me admiten las de la Vela Perpetua. Dicen que me faltan zapatos blancos.

Me siento en la banca donde las Hijas de María se acurrucan como las golondrinas en los alambres.

Los acólitos cantan. Llueve y por las claraboyas se mete a rezar la lluvia. Pienso que en el patio se ahogan las hormigas.

Me arrulla el susurro de las Avemarías y casi sin sentirlo pregonan el último misterio. Ése sí me gusta. Las niñas riegan agua florida. La esparcen con un clavel que hace de hisopo y después, en la letanía, ofrecen chisporroteantes pebeteros.

La iglesia se llena de copal y el manto de la Virgen se oscurece. La custodia incendia su estrella de púas y se desbocan las campanillas. Un olor de pino crece en la nave arrobada. Flotan rehiletes de humo.

Arrastro los zapatos detrás de mi tía. Como sigue la llovizna, los derrito en el agua y dejo mi rencor en el cieno de los charcos.

Cuando regresamos, mi tío anuncia que ha llegado un telegrama. Al fin van a nombrarlo canónigo y me iré con ellos a México.

No oigo más. Me escondo tras el naranjo. Por primera vez pienso en mis padres. Los reconstruyo mientras barnizo de lodo mis rodillas.

Vinieron en Navidad.

Mi padre es hermoso. Más bien esto me lo dijo la tía. Mejor que su figura recuerdo lo que habló con ella:

Esta pobrecita niña ni siquiera sacó los ojos de la madre.

Y su hermana repuso:

Es caprichosa y extraña. No pide ni dulces; pero yo la he visto chupar la mesa en donde extiendo el cuero de membrillo. No vive más que en la huerta con la lengua escaldada de granos de tanto comer los dátiles que no se maduran.

Los ojos de mi madre son como un trébol largo donde hubiera caído sol. La sorprendo por los vidrios de la envejecida puerta. Baila frente al espejo y no le tiene miedo al Cristo. Los volantes de su falda rozan los pies ensangrentados. La contemplo con espanto temiendo que caiga lumbre de la cruz. No sucede nada. Su alegría me asusta y sin embargo yo deseo quererla, dormirme en su regazo, preguntarle por qué es mi madre. Pero ella está de prisa. Cuando cesa de bailar sólo tiene ojos para mi padre. Lo besa con estruendo que me daña y yo quiero que muera.

Ante ella mi padre se transforma. Ya no se asemeja al San Lorenzo que gime atormentado en su parrilla. Ahora se parece al arcángel de la sala y hasta puedo imaginarme que haya sido también un niño, porque su frente se aclara y en su boca lleva amor y una sonrisa que la tía Carlota no le conoce.

Ninguno de los dos se acuerda del Cristo que me persigue con sus ojos que nunca se cierran. Los cristales agrandan sus brazos. Me alejo herida. Al irme escucho la voz de mi madre hablando entre murmullos.

¿Qué haremos con esta criatura? Heredó todo el ajenjo de tu familia…

Las frases se pierden.

Ya nada de ellos me importa. Paso la tarde cabalgando en el tezontle de la tapia por un camino de tejados, de nubes y tendederos, de gorriones muertos y de hojas amarillas.

En la mañana mis padres se fueron sin despedirse.Mi tía me llama para la cena. Le digo que tengo frío y me voy derecho a la cama.

Cuando empiezo a dormirme siento que ella pone bajo mi almohada un objeto pequeño. Lo palpo, y me sorprende la muñequita china.

No puedo contenerme, descargo mis sollozos y grito:

¡A mí nadie me quiere, nunca me ha querido nadie!

El canónigo se turba y mi tía llora enloquecida. Empieza a decirme palabras sin sentido. Hasta perdona que Rosario no sea mi madre.

Me derrumbo sin advertir lo duro de las tablas.

Ella me bendice; luego, de rodillas junto a mi cabecera, empieza habla que habla:

Que tengo los ojos limpios de aquellos malos presagios. Que siempre he sido una niña muy buena, que mi color es de trigo y que hasta los propios ángeles quisieran tener mis manos. Pero por lo que más me quiere es por esa tristeza que me hace igual a mi padre.

Finjo que duermo mientras sus lágrimas caen como alfileres sobre mi cara.

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