Nellie Campobello por Francisco Medina, rescatando a una gran escritora

Francisco Medina
CIUDAD DE MÉXICO, 19 de noviembre (AlmomentoMX).- Secuestrada en la vejez por un par de truhanes, quienes ocultaron su muerte y su osamenta durante trece años, Nellie Campobello (1900-1986) escapa al fin de la nota roja. La reedición de Cartucho (1931 y 1940) es un acto de justicia: su tumba ya tiene nombre, el de una de los grandes narradores mexicanos del siglo XX.
En su artículo publicado en Letras Libres en octubre de 2000, Christopher Domínguez apunta que es hora de continuar la rehabilitación con Las manos de Mamá (1937), otra de sus obras maestras. Campobello —nacida como María Francisca Moya Luna en Villa Ocampo, Durango— fue una coreógrafa eminente y directora de la Escuela Nacional de Danza entre 1937 y 1984, pero pese a su íntima relación con Martín Luis Guzmán —o acaso por ello— fue desapareciendo progresivamente de la escena literaria mexicana hasta extinguirse entre 1960 y 1989.
Nellie Campobello —como lo apunta Jorge Aguilar Mora en el prólogo de Cartucho— fue una escritora memorable por varias razones: por su valor testimonial, su refinadísima percepción artística y su extraña mirada autobiográfica. La propia familia, con la madre al frente, fue víctima y testigo del villismo en Parral. A través de medio centenar de cuentos breves, algunos entre los más singulares de la lengua, Cartucho saca a la narrativa de la Revolución Mexicana de la demagogia populista y de la retórica, dizque republicana, del heroísmo pretoriano. La suya es una voz que elige uno de los artificios literarios más difíciles de lograr: la impostación verosímil de la guerra civil—particularmente el episodio villista en Chihuahua entre 1916 y 1920— desde un punto de vista infantil. Quien narra en Cartucho es una falsa niña y un verdadero “monstruo” por su visión enternecida y minuciosa de la muerte. Los capitanes de Villa, Doroteo Arango mismo, así como el fusilamiento y los fusilados se convierten, gracias a Campobello, en el imago de la Revolución Mexicana, tanto como la guillotina y el decapitado lo fueron del Terror francés.

Para hacernos entender, más vale citarla:

Los hilos de su vida los tenía el centinela dentro de sus ojos. En sus manos mugrosas, tibias de alimento, un rifle con cinco cartuchos mohosos. Estaba parado junto a la piedra grande; norteño, alto, con las mangas del saco cortas, el espíritu en filos cortando la respiración de la noche, se hacía el fantasma. No oyó el ruido de los que se arrastraban; los carrancistas estaban a dos pasos; él recibió un balazo en la sien izquierda y murió parado; allí quedó tirado junto a la piedra grande. Muy derecho, ya sin zapatos, la boca entreabierta, los ojos cerrados; tenía un gesto nuevo, era un muerto bonito, le habían cruzado las manos (p. 81).

El prólogo de Aguilar Mora es un verdadero ensayo de restitución. Aclara la cronología de Nellie Campobello, la falsificación que ella misma hizo de su fecha de nacimiento, su pseudinomía, la influencia que tuvo sobre Guzmán y sus fallidas Memorias de Pancho Villa (1951), los cambios realizados entre la primera y la segunda edición de Cartucho, la transformación de la imagen que ella tenía de Villa, así como su accidentado periplo existencial. Aunque no conozco crítico mexicano que haya ignorado la importancia de Campobello, ninguno la ha entendido mejor que Aguilar Mora. Tan es así que Cartucho aparece como la fuente metafórica de uno de los ensayos más sugerentes —y menos leídos— de la literatura mexicana contemporánea: Una muerte sencilla, justa, eterna (1990), del propio Aguilar Mora.
No siempre es responsabilidad de los “canonistas” la desaparición de una obra del mercado editorial y de la consideración pública. El caso de Campobello me parece probatorio en ese sentido. Pero el texto preliminar de Aguilar Mora sugiere una discusión más profunda. Si Nellie Campobello fue relegada del canon de la literatura nacional, habría que hablar de qué estamos entendiendo por canon. ¿El canon es una zona de compromiso o de tolerancia donde dialogan las diversas tradiciones críticas, o es la guía de lectura por la que cada crítico o escuela están dispuestos a dar la batalla?
En este contexto Aguilar Mora, en su prólogo, prefiere huir hacia adelante. Dado que la secuencia genealógica “Ateneo-Contemporáneos-Octavio Paz […] dejó al margen a casi toda la narrativa de la Revolución…” (p. 14), Aguilar Mora eleva a Campobello a un canon supremo donde Cartucho sería el genoma de Pedro Páramo y Cien años de soledad. No sé si creer en semejante determinismo genético. Lo importante es que Nellie Campobello —más allá de las advocaciones de cada crítico— regresa de la mala muerte y la reedición de Cartucho tornará irrevocable la “canonización” de una escritora cuyo infortunio final y su talento angélico merecen de la devoción de la lectura. –
Campobello, en “Cartucho”, narra el acontecer de la revolución desde un punto de vista muy particular, siendo parte de la sociedad que acogió a uno de los grupos más vituperados de entre quienes formaron “la bola”: los villistas. La escritora de Villa Ocampo, Durango, nos cuenta en esos textos de una o dos cuartillas, su relación con los hombres que formaban la “División del Norte”, no como parte de un grupo político, no como un intelectual que claro está, se inclina hacia uno u otro lado. No. Campobello lo hace como parte de una familia que acoge a los heridos (sin importar de qué bando vengan), da de comer a los hambrientos, enaltece la figura de Pancho Villa por el simple hecho de ser un hombre “justo, rudo, pero derecho”, según indica su Madre, a quien escribimos con mayúscula porque así lo hace Campobello.

La escritora nos da a conocer la otra parte en la vida de estos hombres que murieron buscando rescatar las tierras que les arrebató el gobierno. Nos da cuenta, a través de sus breves relatos, paisajes poéticos, muchas veces crueles sobre lo que acontecía en el norte de México. A través de “Cartucho”, la autora describe cómo fusilan a un hombre, de qué manera se enjuiciaba a un pueblo entero y, considero relevante, lo que hacía llorar a Doroteo Arango (“los hombres no lloran”, nos decían los mayores. Pues sí, sí lo hacemos). Todo esto lo presenta como si fuera un juego, como si estuviera recordando junto a su hermana Gloria lo presenciado por ambas y traído a colación muchos años después a manera de postales o fotografías de lo acontecido.
Los textos de “Cartucho” no desprecian a los alzados. Por el contrario, no se asusta de las acciones que estos hombres realizan. Juega, se encariña con cada uno de ellos como parte de la experiencia de la revolución que le tocó vivir. Son parte de una infancia nada común en la que sólo ella puede armar el rompecabezas de la vida de estos personajes cuyas existencias fueron reales y que gracias a la magia de la literatura, pueden ser moldeados a gusto de la autora: el Siete, el Peet, Kirilí son protagonistas fusilados, torturados, desmembrados que forman parte de una vida implacable contemplada por la Campobello, donde intenta mostrar el lado humano, sensible, incluso romántico de estos seres oficialmente declarados “bandidos”, en el más benevolente de los adjetivos.
Si existe algo en la obra literaria de Campobello, es su vigor para defender la figura del Centauro del Norte. Esto, afirman algunos de sus estudiosos, es porque es hija suya. Incluso, se aporta como prueba de ello que su nombre verdadero, Francisca, viene precisamente de ahí. ¿Quién lo diría? Una mujer intentando reivindicar a quien es considerado uno de los más sanguinarios luchadores revolucionarios. Pues sí, Campobello realiza una titánica labor buscando otorgarle a su General el sitio de honor merecido entre los héroes patrios. Y lo más fascinante de esto, es que lo hace a través de la literatura, de una literatura diferente a la literatura revolucionaria conocida por el gran público. Porque mientras las famosas novelas revolucionarias describen con fervor y hasta naturalidad la bestialidad, lo inhumano de las desgracias de la guerra, la obra de Campobello se refiere a esas atrocidades no buscando el regocijo de la muerte, sino mostrando que el acto de matar, en una guerra, y en particular esta guerra mexicana, es inherente al acto de sobrevivir.
Las narraciones de “Cartucho” contrastan con los juicios sumarios realizados por José Vasconcelos sobre Villa y su gente, al definirlos como “simples asesinos”. Contrasta también con el punto de vista del propio Martín Luis Guzmán quien lanza reproches a los revolucionarios por su ausencia de respeto hacia la vida, por la falta de cultura y patriotismo. Se acerca, por instantes, a las tremendas descripciones de Azuela y Muñoz al hablar de la muerte.
Llegamos entonces a un punto odioso pero necesario, las comparaciones. Si la novela de Azuela es considerada la novela de la revolución mexicana, ¿dónde podríamos colocar a “Cartucho”, en esa lista integrada por “El águila y la serpiente”, de Luis Guzmán; “Tropa vieja”, de Francisco L. Urquizo; “Vámonos con Pancho Villa”, de Rafael F. Muñoz, entre otros, que también forman parte de la plétora de novelas revolucionarias? (recordemos las palabras de José Luis Martínez, “la revolución no produjo una literatura revolucionaria”) Para la gran mayoría de los intelectuales mexicanos quienes contemplaron la primera aparición de “Cartucho” (estamos hablando de la década de los treinta del siglo pasado), el libro no recibió argumentos a favor ni en contra. Fue pues, como ocurre a menudo en esta suave patria, ninguneado (pudo influir en esta situación el hecho de que la obra haya sido escrita primero, por una mujer; segundo, amante de Germán List Arzubide, figura cumbre del movimiento estridentista y fundador de Ediciones Integrales, misma que editó la obra de Azuela). Influyó también el hecho de que la obra no tuvo una distribución adecuada, pues List Arzubide entregó los ejemplares a la Campobello y ésta se encargó de repartirlos de mano en mano. Mucha gente recibía el ejemplar, sorprendiéndose de su existencia, y aquellos que estaban más relacionados con el ámbito cultural, sonreían sarcásticamente, quizá porque sabían que el estridentista había sido el revisor y quizá el corrector de los textos (aunque José Antonio Fernández de Castro los había recibido en primera instancia), situación negada rotundamente por él: “no cambié una letra de los relatos. Dejé que ellos mismos se mostrarán como Nellie los había concebido”.

El hecho de que “Cartucho” se haya mantenido fuera del rating de los grandes libros sobre la revolución mexicana, no significa, por supuesto, que sea un libro menor. En absoluto. Incluso, Martín Luis Guzmán, el mismo autor de “La Sombra del Caudillo”, manifestó la importancia del libro de Campobello para la literatura nacional y permitió la reedición de la obra en su propia editorial. El haber sido “ninguneado” por parte de la sociedad de entonces, no significa que exista poco mérito literario en él.
Rafaela Luna, madre de Nelly Campobello, es lo más cercano que pudiéramos encontrar para identificar a una Adelita. Sí. La definición de esas mujeres (hoy leyendas) que participaron en la Revolución Mexicana, son la punta de entrada a lo que se identifica como una luchadora social, muy sui generis , claro está, porque su trinchera estaba detrás del fogón para alimentar a los alzados regresando al borde de la inanición; o bien, a un lado de la cama, para curar a los enfermos, y en casos muy poco difundidos, para aconsejar al hombre que sale hacia el frente de batalla. Pero Mamá, en la obra de Campobello, es más que eso: se encara con los carrancistas quienes saben, o intuyen, que esta mujer forma parte del alto mando villista; busca a su hijo entre los detenidos para evitar que sea fusilado. Mamá, a través de sus contactos, mueve decenas de hombres para salvarlos de la masacre. ¿Es está mujer el principal impulso de Campobello para recrear su obra literaria? Posiblemente sí. A pesar de que la figura femenina parece estar siempre en un segundo plano, la narrativa permite al lector darse cuenta que quien habla a través de Nelly es Rafaela, pues muchas de las expresiones que utiliza la niña–narradora las toma de ella.
En “Las manos de Mamá”, hay un relato donde Campobello retrata el carácter de su progenitora, esa férrea mujer a quien todavía se puede intentar enamorar en medio de esa lucha descarnizada. Habla un soldado, un tanto temeroso, acercándose a esta una mujer icono para el feminismo ulterior:
“Me llamo Rafael Galán —dijo el oficial, sonriente, con la forja en la mano—. Vengo a platicar con usted. ¿Me lo permite? La luna invita a detenerse aquí, en esta puerta, donde una mujer se adormece con un cigarrillo en los labios. Mire la luna. Piense en su primer novio. Usted ha amado. Todos amamos, aunque sea un imposible.”
A pesar de que el valor de la mujer es casi nulo en la mayoría de los textos sobre la revolución mexicana, es importante mencionar que en la obra de Campobello hay motivaciones para lograr la igualdad entre los géneros. Pocas, sí, pero existen. El texto de “Nacha Ceniceros” así lo demuestra.

“Junto a Chihuahua, un gran campamento villista. Todo está quieto y Nacha llora. Estaba enamorada de un muchacho coronel, de apellido Gallardo, de Durango. Ella era coronela y usaba pistola y tenía trenzas. Había estado llorando al recibir consejos de una soldadera vieja. Se puso en su tienda a limpiar su pistola; estaba muy entretenida cuando se le salió un tiro.
“En otra tienda estaba sentado Gallardo junto a una mesa y platicaba con una mujer; el balazo que se le salió a Nacha en su tienda lo recibió Gallardo en la cabeza y cayó muerto.
—Han matado a Gallardo, mi general.
Villa dijo despavorido:
—Fusílenlo.
—Fue una mujer, general.
—Fusílenla.
—Nacha Ceniceros.
—Fusílenla.
Lloró al amado, se puso los brazos sobre la cara, se le quedaron las trenzas negras colgadas y recibió la descarga.
“Hacía una bella figura, inolvidable para todos los que vieron el fusilamiento.
“Hoy existe un hormiguero en donde dicen que está enterrada”.
Sin embargo, en la segunda edición de “Cartucho”, la protagonista no muere, regresa a casa, como parte de un ritual por refrendar la posición de la mujer en la lucha revolucionaria: reconstruir la nación desde el origen, desde la seguridad del hogar.
“Estaba enamorada de un coronel de apellido Gallardo […] En otra tienda estaba sentado Gallardo junto a una mesa; platicaba con una mujer; el balazo que se le salió a Nacha en su tienda lo recibió Gallardo en la cabeza y cayó muerto […] pudo haberse casado con uno de los más prominentes jefes villistas, pudo haber sido de las mujeres más famosas de la revolución, pero Nacha Ceniceros se volvió tranquilamente a su hogar desecho y se puso a rehacer los muros.”
Nelly Campobello es la única mujer incluida en los cuatro volúmenes de “Novela de la Revolución Mexicana” realizada en 1958 por Antonio Castro Leal. Para él, “Cartucho” es un conjunto de versos sin rima. Un conjunto de relatos sobre la muerte y el amor. Para sus lectores, las narraciones de Campobello son música que seduce, que sonoriza el entorno mientras se lee, como lo pedía Juan José Arreola, en voz alta.
Nelly Campobello, una referencia necesaria y gratificante para conocer el otro lado de la Revolución Mexicana.
AM.MX/fm

Vida de poetas

Estoy echada en el suelo del cuarto de baño de esta anónima habitación de hotel, con los pies sobre el borde de la bañera y una toallita empapada de agua fría en la nuca. Una aparatosa hemorragia nasal. Un buen adjetivo, que funciona, como dicen los alumnos de las clases de escritura creativa que son a veces parte del lote. Tan colorista. Es la primera vez que tengo una hemorragia nasal y no sé qué hay que hacer. Un cubito de hielo estaría bien. Imagen de la máquina de Coca-Cola y hielo del final del pasillo, yo arrastrándome hacia ella, sobre la cabeza una toalla blanca, en la que se extiende la mancha de sangre. Un cliente del hotel abre la puerta de su habitación. Espanto, un accidente. Apuñalada en la nariz. No quiere meterse en líos, la puerta se cierra, mi cuarto de dólar se atasca en la máquina. Seguiré con la toallita.
  El aire es demasiado seco, debe de ser eso, nada que ver conmigo ni con las protestas del cuerpo empapado. Ósmosis. La sangre mana porque no hay bastante vapor de agua; tienen los radiadores al máximo y no hay llave para cerrarlos. Tacaños, ¿por qué no podía alojarme en el Holiday Inn? Me ha tocado este, con motivos pseudoisabelinos clavados con chinchetas en un esqueleto carcomido, un intento desesperado de sacarle algún partido a este rincón del bosque. Las afueras de Sudbury, la capital mundial de la fundición del níquel. ¿Quiere que le enseñemos la zona?, dicen. Me gustaría ver los montones de escoria y los lugares donde la vegetación ha sido arrasada. Oh, ja, ja, dicen. Está volviendo a crecer, han construido chimeneas. Se está convirtiendo en un sitio bastante civilizado. Antes me gustaba, digo, se parecía a la luna. Algo hay que decir a favor de un lugar donde no crece absolutamente nada. Pelado. Muerto. Liso como un hueso. ¿Entienden? Intercambio de miradas furtivas, jóvenes rostros barbudos, uno fuma en pipa, escriben notas a pie de página, mientras suben, ¿por qué siempre nos endosan al poeta visitante? El último vomitó en la alfombrilla del coche. Ya veréis cuando seamos trabajadores fijos.
  Julia movió la cabeza. El reguerillo de sangre descendía lentamente por el cuello, espesa y con sabor a púrpura. Estaba sentada junto al teléfono, tratando de descifrar las instrucciones para poner una conferencia a través de la centralita del hotel, cuando estornudó y la página que tenía delante quedó salpicada de sangre. Totalmente espontáneo. Y Bernie estará en casa, aguardando su llamada. Ella tenía que leer unos poemas al cabo de dos horas. Tras una amable presentación, se levantaría y se acercaría al micrófono, sonriente, abriría la boca y empezaría a gotearle sangre de la nariz. ¿Aplaudirían? ¿Fingirían no darse cuenta? ¿Creerían que era parte del poema? Tendría que hurgar en el bolso en busca de un kleenex o, mejor aún, se desmayaría y tendrían que componérselas como pudiesen. (Pero todos creerían que estaba borracha). Menuda contrariedad para la comisión. ¿Le pagarían igualmente? Los imaginaba discutiéndolo.
  Levantó un poco la cabeza, para ver si había cesado. Tuvo la sensación de que algo semejante a una babosa caliente le reptaba por el labio superior. Se lo lamió y le supo a sal. ¿Cómo iba a llegar al teléfono? Arrastrándose boca arriba por el suelo, apoyándose en los codos e impulsándose con los pies, como si nadase, como un gigantesco insecto acuático. No era a Bernie a quien debía llamar, sino a un médico. Pero no era para tanto. Siempre le ocurrían cosas así cuando tenía un recital de poesía, algo doloroso pero demasiado leve para llamar al médico. Además, siempre le pasaba cuando estaba de viaje, en alguna ciudad en la que no conocía a ningún médico. Una vez pilló un resfriado y le quedó una voz que parecía surgir a través de una capa de barro. Otra vez se le hincharon las manos y los tobillos. Y las jaquecas eran un clásico; en casa nunca tenía jaquecas. Era como si algo se opusiera a aquellas lecturas, como si tratase de impedir que las hiciese. Esperaba a que adoptase una forma más drástica, parálisis de los maxilares, ceguera temporal, crisis nerviosa. En eso pensaba durante las presentaciones, siempre: se imaginaba tendida en una camilla, una ambulancia aguardando, y luego se despertaría, a salvo y curada, con Bernie sentado junto a su cama. Él le sonreiría, la besaría en la frente y le diría… ¿qué? Algo mágico. Que les había tocado la lotería. Que había heredado una fortuna. Que la galería era solvente. Algo que significase que nunca más tendría que hacer aquello.
  Ese era el problema: necesitaban el dinero. Siempre habían necesitado el dinero, durante los cuatro años que llevaban viviendo juntos, y aún lo necesitaban. Al principio no les pareció tan importante. Bernie recibía una beca, para pintar, y luego se la renovaron. Ella tenía un empleo de media jornada en una biblioteca, catalogando libros. Después publicó un libro, en una editorial de segunda fila, y consiguió también una beca. Como es natural, dejó el empleo para aprovechar el tiempo al máximo. Pero Bernie se quedó sin dinero y le costaba mucho vender los cuadros. Cuando vendía alguno, la galería se llevaba la mayor parte. El sistema de galeristas era injusto, le decía él, y con otros dos pintores creó una cooperativa de artistas y abrieron una galería que, después de mucho hablarlo, decidieron llamar The Notes from Underground. Uno de sus socios tenía dinero, pero no querían aprovecharse de él; dividirían gastos e ingresos a partes iguales. Bernie le explicó todo esto a Julia, tan entusiasmado que a ella le pareció natural prestarle la mitad del dinero de su beca, para que pudiesen empezar. En cuanto hubiese beneficios, le dijo él, se lo devolvería. Incluso le regaló dos acciones de la galería. Pero aún no tenían beneficios y, tal como señaló Bernie, la verdad era que Julia no necesitaba que le devolviese el dinero precisamente en aquel momento. Julia podía conseguir más. Ya tenía una reputación; modesta, sí, pero le permitía ganar dinero con mayor facilidad y rapidez que él, viajando y ofreciendo lecturas de poemas en universidades. Julia era una «promesa», lo que significaba que cobraba menos que quienes ya eran más que promesas. Recibía suficientes invitaciones para ir tirando y, aunque las estudiaba una por una con Bernie, con la esperanza de que él vetase alguna, hasta entonces no le había aconsejado que rechazase ni una sola. Pero, en honor a la verdad, Julia nunca le había confesado lo mucho que detestaba aquello, las miradas fijas en ella, oír su propia voz flotar, distante, la única pregunta corrosiva que estaba segura de que se agazapaba entre las más inocuas: «¿De verdad cree usted que tiene algo que decir?».
  En pleno febrero, en plena nevada, sangrando en las baldosas del suelo del cuarto de baño. Las veía al ladear la cabeza: hexágonos blancos unidos como celdillas de un panal, con una baldosa negra a intervalos regulares.
  Por unos irrisorios ciento veinticinco dólares —aunque no hay que olvidar que eso representa la mitad del alquiler— y veinticinco dólares diarios en concepto de dietas. He tenido que coger el avión de la mañana, pues por la tarde no había plazas; ¿quién demonios viene a Sudbury en febrero? Un grupo de ingenieros. Ciudadanos prácticos, que extraen el metal, que ganan una fortuna, dos coches y piscina. No se alojan aquí. El comedor estaba casi vacío a la hora del almuerzo. Aparte de mí, únicamente había un anciano que hablaba solo. ¿Qué le pasa?, le he preguntado a la camarera. ¿Está chiflado? Se lo he susurrado. Está bien, pero es sordo, me ha dicho ella. No es que se sienta solo, sino que está completamente solo desde que murió su esposa. Vive aquí. Supongo que es mejor que una residencia de ancianos. En verano, el hotel está más concurrido. Muchos de nuestros clientes están en trámites de divorcio. Se les cala enseguida, por lo que piden de comer.
  No la he alentado a seguir con el tema. Sin embargo, tenía que haberlo hecho, porque ahora nunca lo sabré. Lo que piden de comer… He buscado, como de costumbre, lo más barato de la carta. Necesito los ciento veinticinco dólares íntegros, ¿por qué malgastarlos en comida? En esta comida. La carta, un torpe intento de parecer isabelina, todo con una «e» al final. He pedido un especial Ana Bolena, una hamburguesa sin panecillo, con un cuadrado de gelatina roja a modo de guarnición, seguida de mousse royale. ¿Sabrán que a Ana Bolena le cortaron la cabeza? ¿Por eso sirven la hamburguesa sin panecillo? ¿Qué pasa por la cabeza de la gente? Todo el mundo cree que los escritores saben más acerca de la mente humana, pero es un error. Saben menos. Por eso escriben. Para tratar de descubrir lo que todos los demás dan por sentado. El simbolismo de la carta, por el amor de Dios, ¿cómo se me ocurre pensar siquiera en eso? La carta no tiene simbolismo, no es más que el desacertado intento de un lerdo por ser gracioso. ¿No es así?
  Eres demasiado complicada, le decía Bernie cuando aún se acariciaban y escudriñaban sus respectivas psiques. Deberías tomártelo con calma. Tumbarte. Comerte una naranja. Pintarte las uñas de los pies.
  Y con eso, para él, ya estaba todo arreglado.
  Tal vez ni siquiera se hubiese levantado aún. Solía dar una cabezada por las tardes, debía de estar tumbado bajo la maraña de mantas del apartamento que compartían en Queen Street West (encima de la tienda, que antes era una ferretería y ahora era una boutique, y el alquiler se estaba poniendo por las nubes), boca abajo, los brazos abiertos a cada lado, los calcetines en el suelo, donde los había tirado, uno tras otro, como pies desinflados o endurecidas pisadas azules que conducían a la cama. Incluso por las mañanas se levantaba cansinamente e iba casi a tientas a la cocina en busca del café, que ella ya había preparado. Era uno de sus pocos lujos: verdadero café. Ella ya llevaba horas levantada, inclinada sobre la mesa de la cocina, concentrada delante de una hoja de papel, royendo palabras, despedazando el lenguaje. Él posaba la boca, llena aún de sueño, sobre la suya, y quizá la arrastrase de nuevo al dormitorio y a la cama con él, a aquella piscina líquida de carne, recorriera su cuerpo con la boca, placer peludo, la colcha cubriéndolos mientras se sumían en la ingravidez. Pero él llevaba tiempo sin hacerlo. Se levantaba cada vez más temprano, y a ella le costaba cada vez más salir de la cama. Estaba perdiendo aquella compulsión, aquella alegría, lo que quiera que la impulsase a salir al frío aire de la mañana, a llenar todos aquellos cuadernos, todas aquellas páginas impresas. Ahora se daba la vuelta bajo las mantas cuando Bernie se levantaba, remetía bien los bordes, se arrebujaba en lana. Había empezado a tener la sensación de que nada la esperaba fuera de los límites de la cama. No se trataba de vacío, sino de nada, un cero con patas en el libro de aritmética.
  «Salgo», decía él a su espalda arropada, aturdida. Estaba lo bastante despierta para oírlo; luego volvía a sumirse en un sueño húmedo. La ausencia de Bernie era una razón más para no levantarse. Él iría a The Notes from the Underground, donde, por lo visto, pasaba ahora la mayor parte del tiempo. Estaba contento de cómo iba, les habían hecho varias entrevistas para periódicos, y ella comprendía perfectamente que algo pudiera considerarse un éxito aunque no diese dinero, ya que lo mismo había ocurrido con su libro. Pero estaba un poco preocupada porque él ya no pintaba mucho. Su último cuadro había sido un intento de realismo mágico. Era ella, sentada a la mesa de la cocina, envuelta en la alfombra a cuadros que tenían al pie de la cama, el cabello recogido en un moño desgreñado, con aspecto de víctima de una hambruna. Lástima que la cocina fuese amarilla, porque volvía verde su piel. De todas formas, no lo había terminado. Papeleo, decía él. En eso debían de írsele las mañanas en la galería, en eso y en contestar al teléfono. Tenían acordado turnarse los tres y él debía de quedar libre a las doce, pero por lo general terminaba yendo también por las tardes. La galería había atraído a varios pintores jóvenes, que se sentaban a beber Nescafé en vasitos de plástico y cervezas en lata y discutían sobre si todo aquel que comprase una acción de la galería debía tener derecho a exponer, si la galería debía cobrar comisiones y, de no ser así, cómo iba a sobrevivir. Tenían varios planes, y hacía poco habían contratado a una chica para que se ocupase de las relaciones públicas, de los carteles, de la correspondencia y de dar la lata a los medios de comunicación. Trabajaba por cuenta propia y colaboraba con otras dos galerías y un fotógrafo publicitario. Estaba empezando, explicaba Bernie. La chica decía que debían hacerse un nombre. Se llamaba Marika. Julia la había conocido en la galería, cuando aún tenía la costumbre de ir allí por las tardes. Le parecía que hacía una eternidad.
  Marika era una rubia de cutis aterciopelado, de veintidós o veintitrés años, en todo caso, no más de cinco o seis menor que Julia. Aunque su nombre sonaba exótico, acaso húngaro, tenía un marcado acento de Ontario y se apellidaba Hunt. Un capricho de la madre, o un cambio de apellido por parte del padre, o quizá lo había adoptado la propia Marika. Estuvo muy simpática con Julia. «He leído tu libro —le dijo—. No leo mucho, no tengo tiempo, pero saqué el tuyo de la biblioteca porque Bernie me lo comentó. No creía que fuese a gustarme, pero la verdad es que está muy bien». Julia agradecía —en exceso, según Bernie— que alguien dijese que le gustaba su obra o, simplemente, que la hubiese leído. Sin embargo, oyó una voz en su interior que decía: «Vete a la mierda». Era la manera en que Marika había hecho el cumplido: como quien da una galleta a un perro, en parte un premio, en parte un soborno, y con suficiencia.
  Desde entonces habían tomado café juntas en varias ocasiones. Era siempre Marika quien se dejaba caer, por algún que otro recado de Bernie. Se sentaban a hablar en la cocina, pero nunca llegaron a conectar. Eran como dos madres en una fiesta de cumpleaños, sentadas en un extremo, mientras sus hijos alborotaban y se atiborraban: se trataban con amabilidad, pero el verdadero centro de atención estaba en otra parte.
  —Siempre he pensado que a mí también me gustaría escribir —dijo en una ocasión Marika, y Julia tuvo la sensación de que se producía una pequeña explosión roja en su nuca. Estuvo a punto de derramarse el café encima, pero enseguida comprendió que Marika no lo había dicho con la intención que ella creía. Solo quería mostrar interés—. ¿No te da miedo quedarte sin materia?
  —No hay materia sin energía —contestó Julia en son de broma, aunque en el fondo no hacía más que expresar un temor auténtico. ¿Acaso no eran lo mismo?—. Según Einstein —añadió, y Marika, que no captó la relación, le dirigió una mirada de extrañeza y desvió la conversación hacia el cine.
  La última vez que Marika se presentó en el apartamento, Julia aún no se había levantado de la cama. No tenía excusa, ninguna explicación. Estuvo a punto de decirle que se marchase, pero Bernie necesitaba la libreta negra, en la que tenía anotados los números de teléfono, y no tuvo más remedio que dejarla entrar.
  Marika se recostó en el marco de la puerta del dormitorio, bien arreglada con su atuendo de varias capas, balanceando el bolso tejido a mano, mientras Julia, con el pelo sin lavar, que caía lacio sobre los hombros del camisón, la boca pastosa y la mente embotada, se arrodillaba en el suelo y rebuscaba en los bolsillos de Bernie. Por primera vez desde que vivían juntos deseó que, para variar, hubiese colocado bien la ropa. Tenía la impresión de que la ponía en evidencia, aunque sin razón, porque no era su ropa, no era ella quien la dejaba tirada por el suelo. Marika exudaba sorpresa, incomodidad y cierto júbilo, como si los calcetines sucios y los tejanos pisoteados de Bernie fuesen la parte vulnerable de Julia, que siempre había deseado ver.
  —No sé dónde la habrá puesto —dijo Julia, exasperada—. Tendría que dejarlo todo como es debido —añadió, demasiado a la defensiva—. Aquí arrimamos el hombro los dos.
  —Claro, con tu trabajo… —dijo Marika.
  Escudriñaba la habitación, la cama grisácea, el suéter de Julia hecho un higo en la silla del rincón, el aguacate con hojas de bordes marronosos del alféizar, la única planta. Julia había plantado una semilla tras un atracón de aguacates —ya no recordaba la razón de semejante festín—, pero estaba mustia. Hojas de té. Había que echarle hojas de té, ¿o era carbón lo que había que echarle?
  La libreta apareció al fin debajo de la cama. Julia la sacó con una bola de pelusa que había quedado prendida. Vio mentalmente una plaquita, como las que colocan en las casas históricas: «BOLA DE PELUSA. Perteneció a Julia Morse, poeta». Con un grupito de escolares aburridos mirando a través del cristal de una urna. Ese era el futuro, si es que había futuro, si seguía escribiendo, si llegaba a tener una importancia siquiera marginal, a ser una obligada nota a pie de página en una tesis doctoral. Fragmentos residuales después de la podredumbre generalizada, clasificados, acumulando polvo, como las vértebras de los dinosaurios. Exangües.
  Tendió la libreta a Marika.
  —¿Te apetece una taza de café? —le preguntó, con un tono que invitaba a rehusar.
  —No quiero molestar —respondió Marika, que, sin embargo, se quedó a tomar café y habló con entusiasmo de sus planes para organizar una exposición colectiva que titularían «De abajo arriba».
  Sus ojos recorrían la cocina, se fijaban en el grifo que goteaba, en el trapo maloliente con que lo habían vendado, en la vieja tostadora rodeada de migas como residuos de un leve deslizamiento de tierras.
  —Me alegra mucho que podamos ser amigas —dijo antes de marcharse—. Dice Bernie que no tenemos nada en común, pero creo que nos llevamos realmente bien. Allí casi todos son hombres.
  Esto podía ser una variedad adulterada de feminismo, pensó Julia, pero no lo era. La voz de Marika apestaba a club de bridge. «Realmente bien». Qué incongruencia, con aquellos zapatos de plataforma y aquel trasero a la moda. Las visitas de Marika hacían que se sintiera como la beneficiaria de una pensión asistencial. No sabía qué hacer para que dejase de venir, sin ser demasiado grosera. Porque, además, la exasperaba que la privase de un tiempo que necesitaba para trabajar. Aunque cada vez tenía menos trabajo.
  Bernie parecía no percatarse de que apenas hacía nada. Ya no le pedía que le dejase leer lo que hubiese escrito durante el día. Cuando llegaba a casa a la hora de cenar, hablaba obsesivamente de la galería mientras comía un plato tras otro de espaguetis y —al menos así se lo parecía a ella— devoraba barras de pan. Cada vez tenía más apetito, y habían empezado a discutir por lo mucho que gastaban en comida y por quién debía ir a la compra y cocinar. Al principio lo compartían todo, ese era el acuerdo. De buena gana Julia le hubiese dicho que, como ahora él comía el doble que ella, debía ir más a la compra y pagar más de la mitad, pero pensaba que sería mezquino por su parte. Sobre todo porque, siempre que hablaban de dinero, él decía: «No te preocupes, que cobrarás», como si ella le echase en cara el préstamo para la galería. Y Julia suponía que eso era lo que hacía.
  ¿Qué hora es? Arriba la muñeca: las seis treinta. La hemorragia parece haber remitido, pero la sangre sigue ahí, espesa como lodo, descendiendo por el cuello. Una vez, una profesora entró en el aula con los dientes ribeteados de sangre. Debía de haber ido al dentista y luego no se había mirado al espejo. Le teníamos tanto miedo que no le dijimos nada y pasamos toda la tarde dibujando tres tulipanes en un jarrón, presididos por aquella sonrisa sedienta de sangre. Tengo que recordar cepillarme los dientes y lavarme bien la cara, porque una gota de sangre en el mentón podría perturbar al público. La sangre, el fluido elemental, el jugo de la vida, subproducto del nacimiento, preludio de la muerte. La roja medalla al valor. La bandera del pueblo. Quizá podría ganarme la vida redactando discursos políticos, si todo lo demás falla. Pero cuando mana de la nariz no es mágica ni simbólica, sino ridícula. Sujeta por la nariz a la retícula geométrica del suelo del cuarto de baño. No seas estúpida, ponte en marcha. Levántate con cuidado: si la hemorragia persiste, anula el recital y coge el avión. (¿Dejando un reguero de coágulos?). Esta noche podría estar en casa. Bernie está allí ahora, aguardando a que llame, que ya es tarde.
  Se levantó despacio, sujetándose al lavabo, y fue al dormitorio con la cabeza ligeramente echada hacia atrás. Buscó a tientas el teléfono y lo cogió. Marcó el cero y pidió a la telefonista que hiciese la llamada. Oyó los ruidos del espacio exterior que hacía el teléfono mientras esperaba nerviosamente oír la voz de Bernie, notando ya su lengua en la boca. Se meterían en la cama y después tomarían una especie de resopón, los dos solos en la cocina, con el horno de gas encendido y abierto para caldearla, como solían hacer. (Su mente prescindió de los detalles de lo que podían comer. Sabía que no había nada en el frigorífico, salvo un par de salchichas casi caducadas. Ni siquiera panecillos). Las cosas irían mejor, el tiempo daría marcha atrás, hablarían, ella le diría lo mucho que lo había echado de menos (porque ciertamente había estado fuera más de un día), se abriría el silencio, el lenguaje fluiría de nuevo.
  Comunicaba.
  No quería pensar en su decepción. Llamaría más tarde. Ya no sangraba, aunque notaba cómo se formaba la costra en el interior de su cabeza. De modo que se quedaría, haría la lectura, cobraría y destinaría el dinero a pagar el alquiler. ¿Qué otra posibilidad cabía?
  Ya era la hora de cenar y tenía hambre, pero no podía permitirse pagar otra comida. A veces invitaban al poeta a cenar; a veces ofrecían una fiesta en la que podía atiborrarse de galletitas saladas y queso. Pero allí no organizaban nada de nada. La recogían en el aeropuerto, eso era todo. Suponía que no habrían pegado carteles, que no habrían hecho ninguna publicidad. Poco público y nervioso al ver que habían ido ellos pero nadie más, atrapados en una lectura sin interés. Y ella ni siquiera tenía pinta de poeta, vestía un traje pantalón azul marino, cómodo para subir escaleras y a coches. Quizá llevar vestido ayudase, algo vaporoso y etéreo. ¿Pulseras, un fular?
  Se sentó en el borde de la silla de respaldo recto, frente a un cuadro de dos patos muertos y un setter irlandés. Tenía que hacer tiempo. No había televisor. ¿Leer la Biblia? No, no debía hacer nada demasiado agotador, no quería volver a sangrar. Al cabo de media hora pasarían a recogerla. Y luego los ojos, las manos educadas, las sonrisas forzadas. Después todo el mundo murmuraría. «¿No se siente vulnerable ahí arriba?», le preguntó un día una jovencita. «No», contestó ella, y era la verdad, porque no era ella, solo leía sus poemas más tranquilizadores, no quería perturbar a nadie. Pero recelaban de todas maneras. Al menos ella no se emborrachaba antes como hacían muchos otros. Quería ser amable y todos lo aprobaban.
  Salvo los más ávidos, los que querían conocer el secreto, los que creían que había un secreto. Después se dispersarían, estaba segura, aguardarían en los bordes, tras los susurrantes miembros de la comisión, aferrados a paquetitos de poemas que le tenderían medrosamente, como si las páginas fuesen carne viva que no soportasen haber tocado. Recordaba la época en que se había sentido así. La mayoría de los poemas serían decepcionantes, pero de vez en cuando surgía alguno que tenía algo, la energía, lo inefable. «No lo hagáis —quería decirles—, no cometáis el mismo error que yo». Pero ¿cuál había sido su error? Pensar que podía salvar su alma, sin duda. Solo mediante la palabra.
  ¿De verdad creía yo eso? ¿De verdad creía que el lenguaje podía agarrarme del pelo y auparme hasta hacerme asomar al aire libre? Pero si dejamos de creer, ya no podemos seguir haciéndolo, ya no podemos volar. De modo que aquí estoy, clavada a la silla. «Un sonriente hombre público de sesenta años». ¿Crisis de fe? ¿Fe en qué? La resurrección, eso es lo que se necesita. De abajo arriba. Desembarazarse de esas obsesiones, de esas ficciones, «él dijo», «ella dijo», acumulando razones y agravios; los diálogos de las sombras. De lo contrario, no quedará más que el resto de mi vida. Algo se ha congelado.
  Sálvame, Bernie.
  Él se mostró muy amable por la mañana, antes de que ella se marchase. De nuevo el teléfono, la voz vuela a través de la oscuridad del espacio. Timbrazos sordos, un clic.
  —Hola. —Una voz de mujer, la de Marika. Sabía quién llamaba.
  —¿Puedo hablar con Bernie, por favor? —Qué estupidez actuar como si no reconociese la voz.
  —Hola, Julia —dijo Marika—. Bernie no está. Ha tenido que marcharse un par de días, pero sabía que ibas a llamar esta noche y me ha pedido que viniese. De modo que no te preocupes por nada. Me ha dicho que te vaya bien la lectura y que no olvides regar la planta cuando vuelvas.
  —Oh, gracias, Marika —dijo ella.
  Como si fuese su secretaria, dejándole mensajes para la idiota de su esposa mientras él… No podía preguntar adónde había ido. Si ella iba de viaje, ¿por qué no podía hacerlo él? Si él quería decirle adónde, se lo diría. Se despidió y, al colgar el teléfono, creyó oír algo. ¿Una voz? ¿Una risa?
  No ha ido a ninguna parte. Está allí, en el apartamento, como si lo viera, debe de hacer semanas que dura, meses, en la galería, «he leído tu libro», observando a la competencia. Debo de ser idiota, todo el mundo lo sabía menos yo. Viniendo a casa a tomar café conmigo, estudiando el terreno. Espero que tengan la delicadeza de cambiar las sábanas. No ha tenido valor para decírmelo, va a regar la planta quien yo me sé, de todas maneras está muerta. Melodrama en un aparcamiento, largas franjas de asfalto salpicadas de manchas de animales atropellados, ¿en esto se ha convertido mi vida?
  Tocando fondo en esta habitación entre los montones de escoria, el espacio exterior, en la luna muerta, con dos patos sacrificados y un perro disecado, ¿por qué has tenido que hacerlo así, estando yo de viaje, que sabes que me agota, estas duras pruebas, caminar entre ojos? ¿No podías haber aguardado? Te lo has montado muy bien. Volveré y chillaré y gritaré, y tú lo negarás todo, me mirarás, muy tranquilo, y dirás: «Pero ¿de qué hablas?». Y de qué hablaré, puede que esté equivocada. Nunca lo sabré. Precioso.
  Es casi la hora.
  Llegarán los dos jóvenes amables que aún no son trabajadores fijos. Ella se sentará en el asiento delantero del Volvo y durante todo el trayecto hasta el lugar de la lectura, mientras avanzan entre la nieve acumulada hasta la mitad de los postes del tendido telefónico, los dos jóvenes hablarán de las virtudes de este coche comparado con el coche que tiene el que no conduce, el cual está sentado detrás, con las piernas dobladas como un saltamontes.
  Ella será incapaz de abrir la boca. Mirará la nieve que se estrella contra el parabrisas y que los limpiaparabrisas se encargan de despejar, y será roja, será como un compacto muro rojo. Una traición, eso es lo que detesta, porque se prometieron no mentirse nunca.
  El estómago lleno de sangre, la cabeza llena de sangre, rojo ardiente, al fin la siente, la rabia acumulada durante mucho tiempo, la energía, un enjambre de palabras tras sus ojos como abejas en primavera. Algo está hambriento, algo se enrosca. Una larga canción se enrosca y desenrosca justo delante del parabrisas, donde cae la nieve roja, vivificándolo todo. Aparcan el virtuoso coche y los dos jóvenes la conducen al auditorio, un bloque de color gris ceniza, donde un grupo de rostros amables aguarda a oír la palabra. Las manos aplaudirán, se dirán cosas acerca de ella, nada asombroso, se da por sentado que es buena para ellos, tienen que abrir la boca y aceptarla, como vitaminas, como una inocua medicina. No. Nada de dulce identidad. Subirá al estrado, con las palabras enroscadas, abrirá la boca y la sala estallará en sangre.
https://bibliotecaignoria.blogspot.com/2019/04/margaret-atwood-vidas-de-poetas.html

Margaret Eleanor Atwood es una prolífica poetisa, novelista, crítica literaria, profesora y activista política canadiense. Es miembro del organismo de derechos humanos Amnistía Internacional y una de las personas que presiden BirdLife International, en defensa de las aves. Wikipedia

Fecha de nacimiento18 de noviembre de 1939 (edad 80 años), Ottawa, Canadá
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LA LECHE DE LA MUERTE DE MARGARITA YOURCENAR


La larga fila beige y gris de turistas se extendía por la calle principal de Ragusa; las gorras tejidas, los ricos sacos bordados, se mecían con el viento a la entrada de las tiendas, encendían los ojos de los viajeros en busca de regalos baratos o disfraces para los bailes de a bordo. Hacía tanto calor como solo hace en el Infierno. Las montañas desnudas de Herzegovina mantenían a Ragusa bajo fuegos de espejos ardientes. Philip Mild se metió a una cervecería alemana donde unas moscas gordas zumbaban en una semioscuridad sofocante. Paradójicamente, la terraza del restorán daba al Adriático, que volvía a aparecer ahí en plena ciudad, en el lugar más inesperado, sin que este súbito pasaje azul sirviera para otra cosa que para añadir un color más al abigarramiento de la plaza del mercado. Un hedor subía de un montón de desperdicios de pescados que algunas gaviotas casi insoportablemente blancas hurgaban. Ningún viento de alta mar llegaba a soplar. El compañero de camarote de Philip, el ingeniero Jules Boutrin, bebía sentado a la mesa de un velador de zinc, a la sombra de un quitasol color fuego que de lejos parecía una enorme naranja flotando en el mar.
-Cuéntame otra historia, viejo amigo -dijo Philip desplomándose pesadamente en una silla-. Necesito un whisky y un buen relato frente al mar… La historia más bella y menos verosímil posible, que me haga olvidar las mentiras patrióticas y contradictorias de algunos periódicos que acabo de comprar en el muelle. Los italianos insultan a los eslavos, los eslavos a los griegos, los alemanes a los rusos, los franceses a Alemania y casi tanto a Inglaterra. Supongo que todos tienen razón. Hablemos de otra cosa… ¿Qué hiciste ayer en Scutari, donde tanto te interesaba ir a ver con tus propios ojos no sé qué turbinas?
-Nada -dijo el ingeniero-. Aparte de echar un vistazo a dudosos trabajos de embalse, dediqué la mayor parte de mi tiempo a buscar una torre. He escuchado a tantas viejas serbias narrarme la historia de la Torre de Scutari, que necesitaba localizar sus deteriorados ladrillos e inspeccionar si no tienen, como se afirma, una marca blanca… Pero el tiempo, las guerras y los campesinos de los alrededores, preocupados por consolidar los muros de sus granjas, lo demolieron piedra por piedra, y su memoria solo vive en los cuentos. A propósito, Philip ¿eres tan afortunado de tener lo que se llama una buena madre?
-Qué pregunta -dijo negligentemente el joven inglés-. Mi madre es bella, delgada, maquillada, resistente como el vidrio de una vitrina. ¿Qué más te puedo decir? Cuando salimos juntos, me toman por su hermano mayor.
-Eso es. Eres como todos nosotros. Cuando pienso que algunos idiotas suponen que a nuestra época le falta poesía, como si no tuviera sus surrealistas, sus profetas, sus estrellas de cine y sus dictadores. Créeme, Philip, de lo que carecemos es de realidades. La seda es artificial, los alimentos detestablemente sintéticos se parecen a esas copias de alimentos con que atiborran a las momias, y ya no existen las mujeres esterilizadas contra la desdicha y la vejez. Solo en las leyendas de los países semibárbaros aún se encuentran criaturas de abundante leche y lágrimas de las que uno estaría orgulloso de ser hijo… ¿Dónde he oído hablar de un poeta que no podía amar a ninguna mujer porque en otra vida había conocido a Antígona? Un tipo como yo… Algunas docenas de madres y enamoradas, me han vuelto exigente frente a esas muñecas irrompibles que se hacen pasar por ser la realidad.
“Isolda por amante, y por hermana la hermosa Aude… Sí, pero la que yo hubiera querido por madre es una muchacha de una leyenda albanesa, la mujer de un reyezuelo de por aquí…
“Eran tres hermanos, que trabajaban construyendo una torre desde donde pudieran acechar a los saqueadores turcos. Ellos mismos se habían aplicado al trabajo, ya porque la mano de obra fuera rara, o costosa, o porque como buenos campesinos no se fiaran más que de sus propios brazos, y sus mujeres se turnaban para llevarles de comer. Pero cada vez que lograban avanzar lo suficiente como para colocar un montón de hierbas sobre el tejado, el viento de la noche y las brujas de la montaña tiraban su torre como Dios hizo que se derrumbara Babel. Existen muchas razones por las cuales una torre no se mantiene en pie, se puede atribuirlo a la torpeza de los obreros, a la mala disposición del terreno, o a la falta de cemento entre las piedras. Pero los campesinos serbios, albaneses o búlgaros no reconocen a este desastre más que una causa: saben que un edificio se derrumba si no se ha tenido el cuidado de encerrar en sus cimientos a un hombre o a una mujer cuyo esqueleto sostendrá hasta el día del Juicio Final esa pesada carga de piedras. En Arta, Grecia, se enseña un puente donde una muchacha fue emparedada: parte de su cabellera sobresale por una grieta y cuelga sobre el agua como una planta rubia. Los tres hermanos comenzaron a mirarse con desconfianza y se cuidaban de no proyectar su sombra sobre el muro inacabado, pues se puede, a falta de algo mejor, encerrar en una obra en construcción esa negra prolongación del hombre que es tal vez su alma, y aquel cuya sombra se vuelve así prisionera muere como un desdichado herido por una pena de amor.
“En la noche, cada uno de los tres hermanos se sentaba lo más lejos posible del fuego, por miedo a que alguien se acercara silenciosamente por atrás y lanzara un costal sobre su sombra y se la llevara medio estrangulada, como un pichón negro. Su entusiasmo en el trabajo se debilitaba y angustia y fatiga bañaban de sudor sus frentes morenas. Finalmente, un día, el hermano mayor reunió a su alrededor a los otros dos y les dijo:
“-Hermanos menores, hermanos de sangre, leche y bautizo, si no terminamos la torre los turcos se deslizarán de nuevo a las orillas de este lago, disimulados tras las cañas. Violarán a nuestras criadas; quemarán en nuestros campos la promesa de pan futuro, crucificarán a nuestros campesinos en los espantapájaros de nuestros vergeles, quienes se transformarán así en alimento para cuervos. Hermanos míos, necesitamos unos de otros, y el trébol no puede sacrificar una de sus tres hojas. Pero cada uno de nosotros tiene una mujer joven y vigorosa, cuyos hombros y hermosa nuca están acostumbrados a soportar cargas pesadas. No decidamos nada, mis hermanos: dejemos la elección al Azar, ese prestanombres que es Dios. Mañana, al alba, emparedaremos en los cimientos de la torre a aquella de nuestras mujeres que nos venga a traer de comer. No les pido más que el silencio de una noche, oh, mis menores, y que no abracemos con demasiadas lágrimas y suspiros a aquella que, después de todo, tiene dos posibilidades sobre tres de respirar todavía cuando el sol se oculte.
“Para él era fácil hablar así, pues detestaba en secreto a su joven mujer y quería deshacerse de ella para tomar en su lugar a una bella muchacha griega de cabellos rojizos. El segundo hermano no hizo ninguna objeción, porque esperaba prevenir a su mujer desde su regreso, y el único que protestó fue el menor, porque acostumbraba cumplir sus promesas. Enternecido por la generosidad de sus hermanos mayores, que renunciaban a lo que más querían en el mundo, terminó por dejarse convencer y prometió callarse toda la noche.
“Regresaron a las tiendas a esa hora del crepúsculo en que el fantasma de la luz muerta merodea todavía los campos. El segundo hermano llegó a su tienda de muy mal humor y ordenó rudamente a su mujer que lo ayudara a quitarse las botas. Cuando estuvo arrodillada frente a él, le aventó sus zapatos en plena cara y gritó:
“-Hace ocho días que traigo la misma camisa, y llegará el domingo sin que pueda ponerme ropa limpia. Maldita holgazana, mañana, al despuntar el día, irás al lago con tu canasta de ropa y te quedarás ahí hasta la noche entre tu cepillo y tu bandeja. Si te alejas aunque sea el espesor de una semilla, morirás.
“Y la joven prometió temblando dedicarse a lavar todo el día siguiente.
“El mayor de los hermanos regresó a su casa muy decidido a no decir nada a su esposa cuyos besos lo ahogaban, y de quien ya no apreciaba la torpe belleza. Pero tenía una debilidad: hablaba dormido. La abundante matrona albanesa no durmió esa noche, preguntándose qué habría disgustado a su señor. De pronto escuchó a su marido mascullar halando hacia sí el cobertor:
“-Querido corazón, pequeño corazón mío, pronto serás viudo… cómo estaremos tranquilos separados de la morena por los buenos ladrillos de la torre…
“Pero el menor regresó a su tienda pálido y resignado como un hombre que ha encontrado en el camino a la misma Muerte, guadaña al hombro, yendo a segar. Abrazó a su hijo en su cuna de mimbre, tomó tiernamente a su joven mujer entre sus brazos y ella lo escuchó sollozar toda la noche contra su corazón. La discreta mujer no le preguntó la causa de esa gran tristeza, pues no quería obligarlo a hacerle confidencias, y no necesitaba saber cuáles eran sus penas para intentar consolarlas.
“Al día siguiente, los tres hermanos tomaron sus picos y sus martillos y partieron con dirección a la torre. La mujer del segundo hermano preparó su canasta y fue a arrodillarse frente a la mujer del hermano mayor:
“-Hermana -dijo-, querida hermana, hoy me toca llevarles de comer a los hombres; pero mi marido me ha ordenado bajo pena de muerte lavar sus camisas, y mi canasto está repleto.
“-Hermana, querida hermana -dijo la mujer del hermano mayor-, de todo corazón iría a llevarles de comer a nuestros hombres, pero un demonio se deslizó esta noche en uno de mis dientes… Ay, ay, ay, no soy buena más que para gritar de dolor…
“Y palmeó las manos sin ceremonia para llamar a la mujer del menor:
“-Mujer de nuestro hermano menor -dijo-, querida mujer del más chico, ve allá en nuestro lugar a llevarles de comer a nuestros hombres, pues el camino es largo, nuestros pies están cansados, y somos menos jóvenes y ligeras que tú. Ve, querida pequeña, y llenaremos tu cesto de buenas viandas para que nuestros hombres te reciban con una sonrisa, Mensajera que calmarás su hambre.
“Y llenaron el cesto de pescados del lago confitados con miel y uvas de Corinto, de arroz envuelto en hojas de parra, queso de cabra y pasteles de almendra salada. La joven mujer puso tiernamente su hijo en los brazos de sus dos cuñadas y se fue por todo el camino, sola con su fardo sobre la cabeza, y su destino alrededor del cuello como una medalla bendita, invisible para todos, sobre la cual el propio Dios hubiera inscrito a qué género de muerte estaba destinada y a qué lugar en su cielo.
“Cuando los tres hombres la vieron de lejos, pequeña silueta aún indistinta, corrieron hacia ella; los dos primeros inquietos por el buen éxito de su estratagema y el más joven rogándole a Dios. El mayor contuvo una blasfemia al descubrir que no era su morena, y el segundo hermano agradeció al Señor en voz alta por haber salvado a su lavandera. Pero el menor se arrodilló, rodeando con sus brazos las caderas de la joven mujer, y sollozando le pidió perdón. Enseguida, se arrastró a los pies de sus hermanos y les suplicó tener piedad. Por último, se levantó e hizo brillar al sol el acero de su puñal. Un martillazo en la nuca lo lanzó jadeante a la orilla del camino. La joven mujer, espantada, había dejado caer su cesto, y la comida regada alegró a los perros. Cuando comprendió de qué se trataba, tendió las manos hacia el cielo:
“-Hermanos a los que nunca he faltado, hermanos por la sortija del matrimonio y la bendición del sacerdote, no me hagan morir, mejor avísenle a mi padre que es jefe de clan en la montaña, y él les proporcionará mil sirvientas que podrán sacrificar. No me maten: amo tanto la vida. No coloquen entre mi amado y yo el espesor de la piedra.
“Pero bruscamente se calló, porque se dio cuenta de que su joven marido, tirado a la orilla del camino, no movía los párpados y de que su cabello negro estaba sucio de sesos y sangre. Entonces, sin gritos ni lágrimas, se dejó conducir por los hermanos hasta el nicho en el muro circular de la torre: dado que iba a la muerte por su propio pie, podía ahorrarse el llanto. Pero en el momento en que colocaban el primer ladrillo sobre sus pies calzados con sandalias rojas, se acordó de su hijo que tenía la costumbre de mordisquear sus suelas como un perro cachorro juguetón. Cálidas lágrimas rodaron por sus mejillas y vinieron a mezclarse con el cemento que la cuchara igualaba sobre la piedra:
“-¡Ay!, mis pequeños pies -dijo ella-, ya no me llevarán hasta la cima de la colina para enseñarle más pronto mi cuerpo a mi amado. Ya no conocerán la frescura del agua corriente: solo los Ángeles los lavarán, en la mañana de la Resurrección.
“Ladrillos y piedras se elevaron hasta sus rodillas cubiertas por un faldón dorado. Completamente erguida en el fondo de su nicho, parecía una María parada detrás de su altar.
“-Adiós, queridas manos, que cuelgan a lo largo de mi cuerpo, manos que ya no harán la comida, que no tejerán la lana, manos que ya no abrazarán al amado. Adiós, cadera mía, y tú, mi vientre, que no conocerás ni el parto ni el amor. Hijos que hubiera podido traer al mundo, hermanos que no tuve tiempo de dar a mi hijo, ustedes me acompañarán en esta prisión que es mi tumba, y donde permaneceré de pie, insomne, hasta el día del Juicio Final.
“El muro de piedra llegaba ya al pecho. Entonces, un escalofrío recorrió el torso de la joven mujer, y sus ojos suplicantes tuvieron una mirada semejante al gesto de dos manos tendidas.
“-Cuñados -dijo ella-, en consideración no mía sino de su hermano muerto, piensen en mi hijo y no lo dejen morir de hambre. No empareden mi pecho, hermanos míos, que mis dos senos permanezcan accesibles bajo mi blusa bordada, y que todos los días me traigan a mi hijo, al alba, a mediodía y al crepúsculo. Mientras me queden algunas gotas de vida, descenderán hasta mis pezones para alimentar al hijo que traje al mundo, y el día que ya no tenga leche, beberá mi alma. Accedan, malvados hermanos, y si así lo hacen mi marido y yo no les haremos ningún reproche el día en que nos volvamos a encontrar frente a Dios.
“Los hermanos intimidados consintieron en satisfacer ese último deseo y dejaron un espacio a la altura de los senos. Entonces, la joven mujer murmuró:
“-Hermanos queridos, coloquen sus ladrillos frente a mi boca, porque los besos de los muertos asustan a los vivos, pero dejen una hendidura frente a mis ojos, para que pueda ver si mi leche aprovecha a mi hijo.
“Hicieron como ella había dicho y dejaron una hendidura horizontal a la altura de sus ojos. Al crepúsculo, a la hora en que su madre acostumbraba amamantarlo, se condujo al niño por el camino polvoriento, bordeado de arbustos bajos que las cabras pastaban, y la torturada saludó la llegada del bebé con gritos de alegría y bendiciones dirigidas a los dos hermanos. Torrentes de leche manaron de sus senos duros y tibios, y cuando el niño, hecho de la misma sustancia que su corazón, se hubo adormecido contra su pecho, cantó con una voz que amortiguaba la espesura del muro de ladrillos. Cuando su bebé se separó del pecho, ordenó que lo llevaran a dormir al campamento; pero toda la noche la tierna melopea se escuchó bajo las estrellas, y esta canción de cuna entonada a distancia bastaba para que no llorara. Al día siguiente ya no cantaba, y con voz débil preguntó cómo había pasado la noche Vania. Al otro día se calló, pero todavía respiraba, porque sus senos, habitados por su aliento, subían y bajaban imperceptiblemente en su encierro. Días más tarde, su respiración fue a hacerle compañía a su voz, pero sus senos inmóviles no habían perdido nada de su dulce abundancia de fuentes, y el niño adormecido en la cavidad de su pecho, aún escuchaba su corazón. Luego, ese corazón tan bien conciliado con la vida espació sus latidos. Sus ojos lánguidos se apagaron como el reflejo de las estrellas en una cisterna sin agua y a través de la hendidura solo se veían dos pupilas vidriosas que ya no miraban el cielo. A su vez, esas pupilas se dejaron lugar a dos órbitas hundidas al fondo de las cuales se percibía la Muerte, mas el joven pecho permanecía intacto y, durante dos años, a la aurora, a mediodía y al crepúsculo, el brote milagroso continuó, hasta que el niño abandonaba por sí mismo el pecho.
“Solamente entonces los senos agotados se desmoronaron y solo quedó en el reborde de los ladrillos una pizca de cenizas blancas. Durante algunos siglos, las madres conmovidas venían a pasar el dedo por los ladrillos quemados y las grietas marcadas por la leche maravillosa, luego, incluso la torre desapareció, y el peso de las bóvedas dejó de ser una carga para ese ligero esqueleto de mujer. Por último, los propios huesos frágiles se dispersaron, y ya no queda ahí más que un viejo francés asado por este calor infernal, que repite al primero que llega esta historia digna de inspirar a los poetas tantas lágrimas como la de Andrómaca.”
En ese momento, una gitana cubierta por una espantosa y dorada sarna, se acercó a la mesa donde estaban acodados los dos hombres. Llevaba en los brazos a un niño cuyos ojos enfermos estaban cubiertos por una venda de andrajos. Se inclinó con el insolente servilismo propio de las razas miserables o imperiales, y sus enaguas amarillentas barrieron la tierra. El ingeniero la corrió rudamente, sin preocuparse de su voz que subía del tono de la súplica al de la maldición. El inglés la volvió a llamar para darle un dinar.
-¿Qué te pasa, viejo soñador? -dijo impaciente-. Sus senos y sus collares bien valen los de tu heroína albanesa. Y el hijo que la acompaña es ciego.
-Conozco a esa mujer -respondió Jules Boutrin-. Un médico de Ragusa me relató su historia. Hace meses que aplica repugnantes cataplasmas a su hijo que le inflaman los ojos y apiadan a los transeúntes. Todavía ve, pero muy pronto será lo que ella desea que sea: un ciego. Entonces esta mujer tendrá el sustento asegurado, y para toda la vida, porque el cuidado de un enfermo es una profesión lucrativa. Hay de madres a madres.
FIN

La leche de la muerte

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Las violetas son flores del deseo de Ana clavel* cap. I

La violación comienza con la mirada. Cualquiera que se haya asomado al
pozo de sus deseos, lo sabe. Como contemplar esas fotografías de muñecas
torturadas, apretadas cual carne floreciente, aprisionada y dispuesta para la
mirada del hombre que acecha desde la sombra. Quiero decir que uno
puede asomarse también hacia fuera, y atisbar, por ejemplo, en la fotografía
de un cuerpo atado y sin rostro, una señal absoluta de reconocimiento: el
señuelo que desata los deseos impensados y desanuda su fuerza de abismo
insondable. Porque abrirse al deseo es una condena: tarde o temprano
buscaremos saciar la sed —para unos momentos más tarde volver a
padecerla.
Ahora que todo ha pasado, que mi vida para mí mismo se extingue
como una habitación alguna vez plena de luminosidad que cede al paso
inexorable de las sombras —o lo que es lo mismo, a la irrupción de la luz
más enceguecedora—, me doy cuenta que todos esos filósofos y
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pensadores que han buscado ejemplos para explicar el no-sentido de
nuestra existencia, han dejado en el olvido una sombra tutelar: Tántalo, el
siempre deseante, el condenado a tocar la manzana con la punta de los
labios y, sin embargo, no poder devorarla.
Debo confesar que cuando conocí su historia, el adolescente que era
se sintió transtornado toda aquella mañana lluviosa de clases ante el relato
del profesor de historia, un hombre todavía joven y recatado que de seguro
había estudiado en algún seminario. Olvidando que en la sesión anterior
nos había prometido continuar el relato de la guerra de Troya, el profesor
Anaya narró con voz apenas audible en esa mañana diluviante, presa de
quién sabe qué delirio interior, la leyenda de un antiguo rey de Frigia,
burlador de los dioses, para quien los del Olimpo habían concebido un
castigo singular: sumergido hasta el cuello en un lago junto al que crecían
árboles cargados de frutos, Tántalo padecía el tormento de la sed y el
hambre en su límite extremo, pues en cuanto quería apurar el agua, ésta
retrocedía y se escapaba sin cesar de sus labios, y las ramas de los árboles
se elevaban toda vez que su mano estaba a punto de alcanzarlas. Y mientras
el profesor relataba la leyenda, los dedos de la mano que mantenía a
resguardo en uno de los bolsillos de la gabardina que no se había quitado,
frotaban delicada pero perceptiblemente lo que bien podían haber sido unas
imaginarias migas de pan. Y su mirada, extendida más allá de las ventanas
protegidas con una reja cuadriculada por un alambrado que simulaba
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cordones de metal, se mantenía fija, atada a un punto que a muchos les
resultaba inaccesible. En cambio, a los que nos encontrábamos junto al
muro de tabiques y cristal, nos bastaba enderezar un poco la espalda, estirar
ligeramente el cuello en la dirección indicada para descubrir el objeto de su
atención.
En el extremo opuesto de las canchas de juego, precisamente en el
corredor de columnas que unía la bodega y el área de baños, tres
muchachas, con sus uniformes guindas de tercer grado, intentaban desalojar
el agua que se iba acumulando gracias al mal funcionamiento de una de las
coladeras cercanas. La labor era ejecutada más como un pretexto para el
juego que por cumplir una tarea a todas luces impuesta como castigo. Así,
las chicas se empapaban sonrientes y probablemente tiritaban más de goce
que de frío, ante la embestida de una de ellas que con el jalador de agua
salpicaba de súbitas oleadas a las otras. Esa chica que mojaba a sus amigas
aún conserva un nombre: Susana Garmendia, y su recuerdo en aquella
mañana gris y lúbrica permanece en mi memoria unido a dos momentos
inmóviles: la mirada sin aliento del profesor de historia que observa la
escena del corredor, condenado como Tántalo a verse rodeado de agua y
comida, sin poder calmar la sed y el hambre azuzadas; y el instante en que
Susana Garmendia, antes de permitir que sus compañeras se desquitaran
mojándola cuando por fin lograron entre las dos apropiarse del jalador de
agua, se dirigió a una de las gruesas columnas del pasillo y recargándose en
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ella por el lado descubierto al cielo estrepitoso, se dejó empapar olvidada
del mundo de la escuela, sólo de cara a la arremetida de lluvia que la
golpeaba buscando traspasarla. Había distancia de por medio, pero aun así
era tangible el gesto de entrega de la muchacha, su sonrisa invisible, su
éxtasis radiante. Maniatada a la columna sin ataduras evidentes, presa de su
propio placer.
A decir verdad, creo que nunca vi de cerca a Susana Garmendia. Su
fama de adolescente problemática que la prefecta de tercer grado había
hecho correr con reportes y suspensiones, aunada al hecho de que
perteneciera a la generación de los mayores de la secundaria, rodeada
siempre por sus amigas y los varones que buscaban su cercanía y la
asediaban, apenas si dejaban espacio para que su imagen se definiera más
allá de la vaguedad: flequillo lacio color de miel sobre una piel tostada, el
suéter atado a la cintura como un torso con brazos que se aferrara al
nacimiento de su cadera, las calcetas perfectamente blancas en unas
pantorrillas que habían dejado de ser infantiles pero que conservaban su
nostalgia.
Sin duda alguna era la fruta más apetecida del huerto. Aun por
quienes, ni parados sobre las puntas de los pies, alcanzábamos a vislumbrar
más que el follaje de la rama. Aun por aquellos otros que, apartados desde
la atalaya de su autoridad escolar, podían apreciarla en toda su jugosa
morbidez. Alguien, sin embargo, pudo estirar la mano y coger la fruta. He
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olvidado su nombre porque a final de cuentas no era importante. Y no lo
era porque su labor de hortelano no hubiera sido posible sin el
consentimiento previo de Susana Garmendia. El oscuro y silencioso Sí con
que aceptó verlo en la bodega que estaba próxima al baño de mujeres
mientras sus dos eternas amigas vigilaban la entrada en distintas
posiciones: una en el comienzo del corredor de columnas, la otra bajo el
arco que daba acceso al patio de los grupos de tercero. No se supo con
precisión lo que había sucedido, si la prefecta sospechaba algo y presionó a
la amiga que estaba en el acceso de tercero para ponerla nerviosa y así
conseguir una delación equívoca e involuntaria, o si la amiga la buscó por
su propio pie para vengarse de algún desplante de Susana, el caso fue que
la prefecta había acudido a la bodega y encontrado a Susana y a un
muchacho del turno vespertino cometiendo indecencias sin nombre.
Tántalo se burló de los dioses en tres ocasiones: la primera, cuando
reveló a los cuatro vientos el sitio donde Zeus escondía a su amante en
turno; la segunda, cuando consiguió robar de la mesa del Olimpo el néctar
y la ambrosía para convidarles a sus parientes y amigos; la tercera, cuando
quiso poner a prueba los poderes de los dioses y los invitó a un banquete
cuyo plato principal estaba confeccionado a base de los trozos de su propio
hijo, a quien había degollado durante el alba como un ternero más de sus
establos. A la brutalidad de Tántalo opusieron los dioses el refinamiento
del suplicio. Como para decirle que con los dioses no se juega. Susana
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Garmendia fue expulsada sin contemplaciones. Pocos la vimos salir con sus
cosas, flanqueada por sus padres, bajo la mirada atenazante de la prefecta,
la sociedad de padres de familia y el director de la escuela. Arrancándole a
pedazos la dignidad que aún conservaba y luego arrojándolos con desprecio
como trozos sanguinolentos y demasiado vivos. La escuela tardó en acallar
los rumores y retomar su curso bovino de materias y formaciones cívicas,
pero la cercanía de los exámenes semestrales terminó por dispersar los
últimos ecos que aún aserraban la piel y la carne de la memoria de una
Susana caída en desgracia como un cuerpo supliciado. El profesor Anaya
permaneció hasta el fin del año escolar y después pidió su traslado a un
plantel de la zona poniente.
Por supuesto, nunca conversé con él sobre el asunto. Sólo en el
trabajo final en el que nos pidió redactar una composición sobre algún
personaje o suceso del curso a manera de tema libre, decidí escribir sobre
Tántalo. Era una redacción de varias páginas, vehemente en exceso como
las fiebres de la adolescencia, cuyo principal valor, me parece ahora,
radicaba en haber atisbado desde aquella temprana edad el verdadero
suplicio del que desea. Más que la calificación de excelencia, fue la mirada
del profesor Anaya —ese instante de gloria de quien se siente reconocido—
mi mayor presea. No vi entonces, o no quise enterarme, del destello turbio
de esa mirada, el desaliento del que sabe lo que vendrá: que la sed no ha de
ser nunca saciada.
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En aquella redacción de casi cuatro páginas, en un estilo que ahora al
releer reconozco torpe y pretencioso, alcanzo a atisbar la sombra tenue del
adolescente que, sin saberlo ni proponérselo, se asomaba al pozo de sí
mismo: “… después de probar e intentar miles de veces, Tántalo, por fin
consciente de la inutilidad de sus esfuerzos, debió de quedarse inmóvil a
pesar del hambre y de la sed, sin mover los labios para apresar un trago de
agua, o sin estirar la mano para alcanzar la codiciada fruta que, cual joya
preciosa, pendía de la copa del árbol más cercano. Casi derrotado, alzó la
mirada hacia los cielos. Tal vez, arrepentido, iba a clamar perdón a los
dioses. Pero entonces descubrió en la punta de la rama una nueva fruta
temblorosa, apetecible, que crecía suculenta pero imposible para él. Y
debió de maldecir e injuriar a los dioses cuando comprendió que con el
simple acto de mirar el tormento se reavivaba ferozmente en su entraña”.
Innumerables consecuencias se derivan del acto de mirar. Ahora
puedo afirmarlo con certeza: todo empieza con la mirada. Por supuesto, la
violación, la que se padece en carne propia cuando un ser o un cuerpo se
prodigan con criminal inocencia.

 

¿ Ana Clavel

Nació en la ciudad de México, el 16 de diciembre de 1961. Narradora. Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la UNAM. Colaboradora de DiDiluvio de PájarosDosfilosEl CuentoEl IndependienteEl NacionalEl UniversalLa JornadaLa OrquestaNexosPluralPoliedroPunto de PartidaTierra Adentro, y Unomásuno. Becaria del inba/fonopas en narrativa, 1982; del fonca, en novela, 1990. Creador Artístico del SNCA, 2001. Premio Nacional de Cuento crea, 1983, por “En un rincón del infierno”. Premio en el Concurso de Cuento Grandes Ideas de la unam, 1983, por “Tu bella boca rojo carmesí”. Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, 1991, por el cuento “Cuando María mira el mar” (posteriormente “Amorosos de atar”). Finalista del Premio Internacional Alfaguara de Novela, 1999, por Los deseos y su sombra. Ganadora de la Medalla de Plata, 2004, de la Sociéte Académique “Arts-Scienses-Lettres”, de Francia. Premio de Novela Corta Juan Rulfo de Radio Francia Internacional, 2005, por Las violetas son flores del deseo. Parte de su obra se encuentra en diversas antologías, entre ellas Antología de cuento mexicano finisecular, Fiction Internacional. Mexican Fiction y Passione e scrittura. Antologia di narratrice mexicana XX secolo.

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CUATRO SOLDADOS SIN 30-30 DE NELLIE CAMPOBELLO

 

LA JAULA DE LA TÍA ENEDINA DE ADELA FERNÁNDEZ

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Desde que tenía ocho años  me mandaban llevarle la comida a mi tía Enedina, la loca. Según mi madre, enloqueció de soledad. Tía Enedina vivía en el cuarto de trebejos que está al fondo del traspatio. Conforme me acostumbraron a que yo le llevara sus alimentos, nadie volvió a visitarlos, ni siquiera tenían curiosidad por ella. Yo también les daba de comer a las gallinas y a los marranos. Por éstos sí me preguntaban, y con sumo interés. Era importante para ellos saber cómo iba la engorda, en cambio, a nadie le interesaba que tía Enedina se consumiera poco a poco. Así eran las cosas, así fueron siempre, así me hice hombre, en la diaria tarea de llevarles comida a los animales y a la tía.

Ahora tengo 19 años y nada ha cambiado. A la tía Enedina nadie la quiere. A mí tampoco, porque soy negro. Mi madre nunca me ha dado un beso y mi padre niega que soy hijo suyo. Goyita, la vieja cocinera, es la única que habla conmigo. Ella me dice que mi piel es negra porque nací aquel día del eclipse, cuando todo se puso oscuro y los perros aullaron. Por ella he aprendido a comprender la razón por la que no me quieren. Piensan que al igual que el eclipse, yo le quito la luz a la gente. Goyita es abierta, hablantina y me cuenta muchas cosas, entre ellas, cómo fue que enloqueció mi tía Enedina.

Dice que estaba a punto de casarse y en la víspera de su boda un hombre sucio y harapiento tocó a la puerta preguntando por ella. Le auguró que su novio no se presentaría a la iglesia y que para siempre sería una mujer soltera. Compadecido de su futuro le regaló una enorme jaula de latón para que en su vez se consolara cuidando canarios. Nunca se supo si aquel hombre que se fue sin dar más detalles era un enviado de Dios o del diablo.

Tal como se lo pronosticó aquel extraño, su prometido, sin aclaración alguna desertó de contraer nupcias, y mi tía Enedina, bajo el desconcierto y la inútil espera, enloqueció de soledad. Goyita me cuenta que así fueron las cosas y deben de haber sido así. Tía Enedina vive con su jaula y con su sueño: tener un canario. Cuando voy a verla es lo único que me pide, y en todos estos años yo no he podido llevárselo. En casa a mí no me dan dinero. El pajarero de la plaza no ha querido regalarme uno, y el día que le robé el suyo a doña Ruperta por poco me cuesta la vida. Lo escondí en una caja de zapatos, me descubrieron y a golpes me obligaron a devolvérselo.

La verdad, a mí me da mucha lástima la tía, y como no he podido llevarle su canario, decidí darle caricias. Entré al cuarto…ella, acostumbrada a la oscuridad, se movía de un lado para otro. Se dio cuenta que su agilidad huidiza fue para mí fascinante. Apenas podía distinguirla, ya subiéndose a los muebles o encaramándose en un montón de periódicos. Parecía una rata gris metiéndose entre la chatarra. Se subía sobre la jaula y se mecía con un balanceo algo más que triste. Era muy semejante a una de esas arañas grandes y zancudas de pancita pequeña y patas largas.

A tientas, entre tumbos y tropezones comencé a perseguirla. Qué difícil me fue atraparla. Estaba sucia y apestosa. Su rostro tenía una gran similitud con la imagen de la Santa Leprosa de la capilla de San Lázaro; huesuda, cadavérica, con un Dios adentro que se gana mediante la conformidad. No fue fácil hacerle el amor. Me enredaba en los hilachos de su vestido de organdí, pero me las arreglé bien para estar con ella. Todo a cambio de un canario que por más empeño que puse no podía regalarle.

Después de aquella amorosidad, cada vez que llegaba con sus alimentos, sacaba la mano de uñas largas en busca de mi contacto. Llegué a entrar repetidas veces, pero eso comenzó a fastidiarme. Tía Enedina me lastimaba, incrustando en mi piel sus uñas, mordiendo, y sus huesos afilados, puntiagudos, se encajaban en mi carne. Así que decidí buscar la manera de darle un canario costara lo que costara.

Han pasado ya tres meses que no entro al cuarto. Le hablo de mi promesa y ella ríe como un ratón, babea y pega de saltos. Me pide alpiste. Posiblemente quiere asegurar el alimento del prometido canario. Todos los días le llevo un poco de ese que compra Goyita para su jilguero.

Ha transcurrido más de un año y lo del canario parece imposible. Me duele comunicarle tal desesperanza, tampoco quiero hacerle de nuevo el amor. Le he propuesto a cambio de caricias y canario, el jilguero de Goyita. Salta ríe, mueve negativamente la cabeza. Parece no desear más tener un pájaro, sin embargo insiste en los puños diarios de alpiste que le llevo. Cosas de su locura, el dorado de las semillas debe en mucho regocijarla.

Me sentí demasiado solo, tanto que decidí volver a entrar al oscuro aposento de la tía Enedina. Desde aquellos días en que yo le hacía el amor, han pasado ya dos años. A ella la he notado más calmada, puedo decir que vive en mansedumbre. Pensé que ya no me arañaría. Por eso entré, a causa de mi soledad y de haberla notado apacible.

Ya adentro del cuarto, quise hacerle el amor pero ella se encaramó en la jaula. Motivado por mi apetito de caricias, esperé largo rato, tiempo en el que me fui acostumbrando a la penumbra. Fue entonces cuando dentro de la jaula, pude ver dos niñitos gemelos, escuálidos, albinos. Tía Enedina los contemplaba con ternura y felizmente, como pájara, les daba el diminuto alimento.

Mis hijos, flacos, dementes, comían alpiste y trinaban…

ADELA FERNÁNDEZ

LA DUQUEZA Y EL JOYERO DE VIRGINIA WOOLF

VIRGINIAOliver Bacon vivía en lo alto de una casa junto a Green Park. Tenía un departamento; las sillas estaban colocadas de manera que el asiento quedaba perfectamente orientado, sillas forradas en piel. Los sofás llenaban los miradores
de las ventanas, sofás forrados con tapicería. Las ventanas, tres alargadas ventanas, estaban debidamente provistas de discretos visillos y cortinas de satén. El aparador de caoba ocupaba un discreto espacio, y contenía los brandys, los
whiskys y los licores que debía contener. Y, desde la ventana central, Oliver Bacon contemplaba las relucientes techumbres de los elegantes automóviles que atestaban los atestados vericuetos de Piccadilly. Difícilmente podía imaginarse una posición más céntrica. Y a las ocho de la mañana le servían el desayuno en bandeja; se lo servía un criado; el criado desplegaba la bata carmesí de Oliver Bacon; él abría las cartas con sus largas y puntiagudas uñas, y extraía gruesas
cartulinas blancas de invitación, en las que sobresalían de manera destacada los nombres de duquesas, condesas, vizcondesas y honorables damas. Después Oliver Bacon se aseaba; después se comía las tostadas; después leía el periódico
a la brillante luz de la electricidad.Dirigiéndose a sí mismo, decía: «Hay que ver, Oliver… Tú que comenzaste a
vivir en una sucia calleja, tú que…», y bajaba la vista a sus piernas, tan elegantes, enfundadas en los perfectos pantalones, y a sus botas, y a sus polainas. Todo era elegante, reluciente, del mejor paño, cortado por las mejores tijeras de Savile
Row. Pero a menudo Oliver Bacon se desmantelaba y volvía a ser un muchacho en una oscura calleja. En cierta ocasión pensó en la cumbre de sus ambiciones: vender perros robados a elegantes señoras en Whitechapel. Y lo hizo. «Oh,
Oliver», gimió su madre. «¡Oh, Oliver! ¿Cuándo sentarás cabeza?»… Después Oliver se puso detrás de un mostrador; vendió relojes baratos; después transportó una cartera de bolsillo a Ámsterdam… Al recordarlo, solía reír por lo bajo… el
viejo Oliver evocando al joven Oliver. Sí, hizo un buen negocio con los tres diamantes, y también hubo la comisión de la esmeralda. Después de esto, pasó al despacho privado, en la trastienda de Hatton Garden; el despacho con la balanza, la caja fuerte, las gruesas lupas. Y después… y después… Rió por lo bajo. Cuando Oliver pasaba por entre los grupitos de joyeros, en los cálidos atardeceres, que hablaban de precios, de minas de oro, de diamantes y de informes de África del Sur, siempre había alguno que se ponía un dedo sobre la parte lateral de la nariz y murmuraba «hummm», cuando Oliver pasaba. No era más que un murmullo, no era más que un golpecito en el hombro, que un dedo en la nariz, que un zumbido
que recorría los grupitos de joyeros en Hatton Garden, un cálido atardecer ¡Hacía muchos años…! Pero Oliver todavía lo sentía recorriéndole el espinazo, todavía sentía el codazo, el murmullo que significaba: «Mírenlo el joven Oliver, el joven
joyero-ahí va.» Y realmente era joven entonces. Y comenzó a vestir mejor y mejor; y tuvo, primero, un cabriolé; después un automóvil; y primero fue a platea y después a palco. Y tenía una villa en Richmond, junto al río, con rosales de rosas rojas; y Mademoiselle solía cortar una rosa todas las mañanas, y se la ponía en el ojal, a Oliver.
-Vaya -dijo Oliver, mientras se ponía en pie y estiraba las piernas-. Vaya…Y quedó en pie bajo el retrato de una vieja señora, encima de la chimenea, y evantó las manos.-He cumplido mi palabra -dijo juntando las palmas de las manos, como si
rindiera homenaje a la señora
-He ganado la apuesta.
Y no mentía; era el joyero más rico de Inglaterra; pero su nariz, larga y flexible, como la trompa de un elefante, parecía decir mediante el curioso temblor de las aletas (aunque se tenía la impresión de que la nariz entera temblara, y no sólo las
aletas) que todavía no estaba satisfecho, todavía olía algo, bajo la tierra, un poco más allá. Imaginemos a un gigantesco cerdo en un terreno fecundo en trufas; después de desenterrar esta trufa y aquella otra, todavía huele otra mayor, más
negra, bajo la tierra, un poco más allá. De igual manera, Oliver siempre husmeaba en la rica tierra de Mayfair otra trufa, más negra, más grande, un pocomás allá.
Ahora rectificó la posición de la perla de la corbata, se enfundó en su elegante abrigo azul, y cogió los guantes amarillos y el bastón. Balanceándose, bajó la escalera, y en el momento de salir a Piccadilly, medio resopló, medio suspiró, por
su larga y aguda nariz. Ya que, ¿acaso no era todavía un hombre triste, un hombre insatisfecho, un hombre que busca algo oculto, a pesar de que había ganado la apuesta?Siempre se balanceaba un poco al caminar, igual que el camello del zoológico se balancea a uno y otro lado, cuando camina por entre los senderos de asfalto, atestados de tenderos acompañados por sus esposas, que comen el contenido de bolsas de papel y arrojan al sendero porcioncillas de papel de plata. El camello desprecia a los tenderos; el camello no está contento de su suerte; el camello ve el lago azul, y la orla de palmeras a su alrededor. De igual manera el gran joyero, el más grande joyero del mundo entero, avanzaba balanceándose por Piccadilly, perfectamente vestido, con sus guantes, con su bastón, pero todavía descontento, hasta que llegó a la oscura tiendecilla que era famosa en Francia, en Alemania, en Austria, en Italia, y en toda América: la oscura tiendecilla en la Calle Bond.Como de costumbre, cruzó la tienda sin decir palabra, a pesar de que los cuatro hombres, los dos mayores, Marshall y Spencer, y los dos jóvenes, Hammond y Wicks, se irguieron y le miraron, con envidia. Sólo por el medio de agitar un
dedo, enfundado en guante de color de ámbar, dio Oliver a entender que se había dado cuenta de la presencia de los cuatro. Y entró y cerró tras sí la puerta de su despacho privado.A continuación, abrió la cerradura de las rejas que protegían la ventana. Entraron los gritos de la Calle Bond; entró el distante murmullo del tránsito. La luz reflejada en la parte trasera de la tienda se proyectaba hacia lo alto. Un árbol agitó seis hojas verdes, porque corría el mes de junio. Pero Mademoiselle se
había casado con el señor Pedder, de la destilería de la localidad, y ahora nadie le ponía a Oliver rosas en el ojal.
-Vaya –
medio suspiró, medio resopló
-vaya…
Entonces oprimió un resorte en la pared, y los paneles de madera resbalaron lentamente a un lado, revelando, detrás, las cajas fuertes de acero, cinco, no, seis, todas ellas de bruñidoacero. Dio la vuelta a una llave; abrió una; luego otra.
Todas ellas estaban forradas con grueso terciopelo carmesí, y en todas reposaban joyas: pulseras, collares, anillos, tiaras, coronas ducales, piedras sueltas en cajitas de cristal, rubíes, esmeraldas, perlas, diamantes. Todas seguras, relucientes, frías
pero ardiendo, eternamente, con su propia luz comprimida.
-¡Lágrimas! -dijo Oliver contemplando las perlas.
-¡Sangre del corazón! -dijo mirando los rubíes.
-¡Pólvora!
-prosiguió, revolviendo los diamantes de manera que lanzaron destellos y llamas.
-Pólvora suficiente para volar Mayfair hasta las nubes, y más arriba, más arriba, más arriba.
-.Y lo dijo echando la cabeza atrás y emitiendo sonidos como los del relincho del caballo.

El teléfono emitió un zumbido de untuosa cortesía, en voz baja, en sordina, sobre
la mesa. Oliver cerró la caja de caudales.
-Dentro de diez minutos -dijo-. Ni un minuto antes.
Se sentó detrás del escritorio y contempló las cabezas de los emperadores romanos grabadas en los gemelos de la camisa. Una vez más se desmanteló y otra vez volvió a ser el muchachuelo que jugaba a canicas, en la calleja donde se
venden perros robados, los domingos. Se transformó en aquel voluntarioso y astuto muchachito, con labios rojos como cerezas húmedas. Metía los dedos en montones de tripa; los hundía en sartenes llenas de pescado frito; escabullándose
salía y penetraba en multitudes. Era flaco, ágil, con ojos como piedras pulidas. Y ahora… ahora… las saetas del reloj seguían avanzando al son del tic-tac, uno, dos, tres, cuatro… La duquesa de Lambourne esperaba por el placer de Oliver; la
duquesa de Lambourne, hija de cien vizcondes. Esperaría durante diez minutos, en una silla junto al mostrador. Esper
aría, por placer de Oliver. Esperaría hasta que Oliver quisiera recibirla. Oliver contemplaba el reloj alojado en su caja
forrada de cuero. La saeta avanzaba. Con cada uno de sus tic-tacs, el reloj entregaba a Oliver -esto parecía-paté de foie gras, una copa de champaña, otra de brandy viejo, un cigarro que valía una guinea. El reloj lo iba dejando todo sobre
la mesa, a su lado, mientras transcurrían los diez minutos. Entonces oyó suaves y lentos pasos acercándose; un rumor en el pasillo. Se abrió la puerta. El señor Hammond quedó pegado a la pared.
El señor Hammond anunció:
-¡Su gracia, la Duquesa!
Y esperó allí, pegado a la pared.
Y Oliver, al ponerse en pie, oyó el rumor del vestido de la Duquesa, que se
acercaba por el pasillo. Después la Duquesa se cernió sobre él, ocupando el vano de la puerta por entero, llenando el cuarto con el aroma, el prestigio, la arrogancia, la pompa, el orgullo de todos los duques y de todas las duquesas, alzados en una sola ola. Y, de la misma forma que rompe una ola, la Duquesa rompió, al sentarse, avanzando y salpicando, cayendo sobre Oliver Bacon, el gran joyero, y cubriéndolo de vivos y destellantes colores, verde, rosado, violeta; y de olores; y de iridiscencias; centellas saltaban de los dedos, se desprendían de las plumas, rebrillaban en la seda; ya que la Duquesa era muy corpulenta, muy gorda, prietamente enfundada en tafetán de color de rosa, y pasada ya la flor de la edad. De la misma manera que una sombrilla con muchas varillas, que un pavo real con muchas plumas, cierra las varillas, pliega las plumas, la Duquesa se apaciguó, se replegó, en el momento de hundirse en el sillón de cuero.
-Buenos días, señor Bacon -dijo la Duquesa. Y alargó la mano que había salido
por el corte rectilíneo de su blanco guante. Y Oliver se inclinó profundamente al estrechar la mano. En el instante en que sus manos se tocaron volvió a formarse una vez más el vínculo que les unía. Eran amigos, y, al mismo tiempo, enemigos;
él era amo, ella era ama; cada cual engañaba al otro, cada cual necesitaba al otro, cada cual temía al otro, cada cual sabía lo anterior, y se daba cuenta de ello siempre que sus manos se tocaban, en el cuartito de la trastienda, con la blanca luz fuera, y el árbol con sus seis hojas, y el sonido de la calle a lo lejos, y las cajas fuertes a espaldas de los dos.
-Ah, Duquesa, ¿en qué puedo servirla hoy?
-dijo Oliver en voz baja.
La Duquesa le abrió su corazón, su corazón privado, de par en par. Y, con un suspiro, aunque sin palabras, extrajo del bolso una alargada bolsa de cuero, que parecía un flaco hurón amarillo. Y por la apertura de la barriga del hurón, la Duquesa dejó caer perlas, diez perlas. Rodando cayeron por la apertura de la barriga del hurón
-una, dos, tres, cuatro-, como huevos de un pájaro celestial.
-Son cuanto me queda, mi querido señor Bacon -gimió la Duquesa-. Cinco, seis, siete… rodando cayeron por las pendientes de las vastas montañas cuyas laderas se hundían entre las rodillas de la Duquesa, hasta llegar a un estrecho valle, la
octava, la nona, y la décima. Y allí quedaron, en el resplandor del tafetán del color de la flor del melocotón. Diez perlas.
-Del cinto de los Appleby -dijo dolida la Duquesa-. Las últimas… Cuantas
quedaban…
Oliver se inclinó y cogió una perla entre índice y pulgar. Era redonda, era reluciente. Pero, ¿era auténtica o falsa? ¿Volvía la Duquesa a mentirle? ¿Sería capaz de hacerlo otra vez?
La Duquesa se llevó un dedo rollizo a los labios.
-Si el Duque lo supiera… -murmuró
-. Querido señor Bacon, una racha de mala suerte…¿Había vuelto a jugar, realmente?
-¡Ese villano! ¡Ese sinvergüenza! -dijo la Duquesa entre dientes.¿El hombre con el pómulo partido? Mal bicho, ciertamente. Y el Duque, que era recto como una vara, con sus patillas, la dejaría sin un céntimo, la encerraría allá abajo… Qué sé yo, pensó Oliver, y dirigió una mirada a la caja de caudales.
-Araminta, Daphne, Diana
-gimió la Duquesa-. Es para ellas.
Las damas Araminta, Daphne y Diana, las hijas de la Duquesa. Oliver las conocía; las adoraba. Pero Diana era aquella a la que amaba.

-Sabe usted todos mis secretos -dijo la Duquesa mirando de soslayo a Oliver.

Lágrimas resbalaron; lágrimas cayeron; lágrimas como diamantes, que se cubrieron de polvo en las veredas de las mejillas de la Duquesa, del color de la flor del cerezo.
-Viejo amigo -murmuró la Duquesa-viejo amigo.-Viejo amigo -repitió Oliver-viejo amigo-, como si lamiera las palabras.-
¿Cuánto? -preguntó Oliver.
La Duquesa cubrió las perlas con la mano.
-Veinte mil -murmuró la Duquesa.
Pero, ¿era auténtica o falsa, aquella perla que Oliver tenía en la mano? El cinto de los Appleby, ¿pero es que no lo había vendido ya la Duquesa? Llamaría a Spencer o a Hammond.
-Tenga y haga la prueba de autenticidad -diría Oliver. Se inclinó hacia el timbre.
-¿Vendrá mañana?
-preguntó la Duquesa en tono de encarecida invitación, interrumpiendo así a Oliver-. El Primer Ministro… Su Alteza Real…
-La Duquesa se calló-. Y Diana… -añadió. Oliver alejó la mano del timbre.
Miró por encima del hombro de la Duquesa las paredes traseras de las casas de la Calle Bond. Pero no vio las casas de la Calle Bond, sino un río turbulento, y truchas y salmones saltando, y el Primer Ministro, y también se vio a sí mismo
con chaleco blanco, y luego vio a Diana. Bajó la vista a la perla que tenía en la mano. ¿Cómo iba a someterla a prueba, a la luz del río, a la luz de los ojos de Diana? Pero los ojos de la Duquesa lo estaban mirando.
-Veinte mil -gimió la Duquesa-. ¡Es mi honor!
¡El honor de la madre de Diana! Oliver cogió el talonario; sacó la pluma.
-Veinte… -escribió. Entonces dejó de escribir. Los ojos de la vieja mujer retratada
lo estaban mirando, los ojos de aquella vieja que era su madre.-
¡Oliver! -le decía su madre-. ¡Un poco de sentido común! ¡No seas loco!-¡Oliver! –
suplicó la Duquesa (ahora era Oliver y no señor Bacon)-. ¿Vendrá a pasar un largo final de semana?
¡A solas en el bosque con Diana! ¡Cabalgando a solas en el bosque con Diana!
-Mil -escribió, y firmó el talón.-Tenga -dijo Oliver.Y se abrieron todas las varillas de la sombrilla, todas las plumas del pavo real, el resplandor de la ola, las espadas y las lanzas de Agincourt, cuando la Duquesa se levantó del sillón. Y los dos viejos y los dos jóvenes, Spencer y Marshall, Wicks y Hammond, se pegaron a la pared, detrás del mostrador, envidiando a Oliver,
mientras éste acompañaba a la Duquesa, a través de la tienda, hastala puerta. Y Oliver agitó su guante amarillo ante las narices de los cuatro, y la Duquesa conservó su honor -un talón de veinte mil libras, con la firma de Oliver-firmemente en sus manos.

-¿Son auténticas o son falsas? -preguntó Oliver, cerrando la puerta de su despacho privado.

Allí estaban las diez perlas sobre el papel secante, en el escritorio. Fue con ellas a la ventana. Con la lupa las miró a la luz… ¡Aquella era la trufa que había extraído de la tierra! Podrida por dentro…-Perdóname, madre -suspiró Oliver, levantando la mano, como si pidiera perdón a la vieja retratada. Y, una vez más, fue un chicuelo en la calleja en donde
vendían perros robados los domingos.-Porque -murmuró juntando las palmas de las manos-será un fin de semana largo.

http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ing/woolf/la_duquesa_y_el_joyero.htm