LA TIA CARLOTA DE GUADALUPE DUEÑAS

cristo-de-la-luzSiempre estoy sola como el viejo naranjo que sucumbe en el patio. Vago por los corredores, por la huerta, por el gallinero durante toda la mañana.

Cuando me canso y voy a ver a mi tía, la vieja hermana de mi padre, que trasega en la cocina, invariablemente regreso con una tristeza nueva. Porque conmigo su lengua se hincha de palabras duras y su voz me descubre un odio incomprensible.

No me quiere. Dice que traigo desgracia y me nota en los ojos sombras de mal agüero.

Alta, cetrina, con ojos entrecerrados esculpidos en madera. Su boca es una línea sin sangre, insensible a la ternura. Mi tío afirma que ella no es mala.

Monologa implacable como el ruido que en la noria producen los chorros de agua, siempre contra mí:

—…Irse a ciudad extraña donde el mar es la perdición de todos, no tiene sentido. Cosas así no suceden en esta tierra. Y mira las consecuencias: anda dividido, con el alma partida en cuatro. Hay que verlo, frente al Cristo que está en tu pieza, llorar como lo hacía entre mis brazos cuando era pequeño. ¡Y es que no se consuela de haberle dado la espalda! Todo por culpa de ella, por esa que llamas madre. Tu padre estudiaba para cura cuando por su desdicha hizo aquel viaje funesto, único motivo para que abandonara el seminario. De haber deseado una esposa, debió elegir a Rosario Méndez, de abolengo y prima de tu padre. En tu casa ya llevan cinco criaturas y la “señora” no sabe atenderlas. Las ha repartido como a mostrencas de hospicio. A ti que no eres bonita te dejaron con nosotros. A tu tía Consolación le enviaron los dos muchachos. ¡A ver si con las gemelas tu madre se avispa un poco! De que era muy jovencita ya pasaron siete años. No me vengan con remilgos de que le falta experiencia. Si enredó a tu padre es que le sobra malicia… Yo no llegaré a santa, pero no he de perdonarle que habiendo bordado un alba para que la usara mi hermano en su primera misa, diga la deslenguada que se lo vuelvan ropón y pinten el tul de negro para que ella luzca un refajo…

Por un momento calla. Desquita su furia en las almendras que remuele en el molcajete.

Lentamente salgo, huyo a la huerta y lloro por una pena que todavía no sé cómo es de grande.

Me distraen las hormigas. Un hilo ensangrentado que va más allá de la puerta. Llevan hojas sobre sus cabellos y se me figuran señoritas con sombrilla; ninguna se detiene en la frescura de una rama, ni olvida su consigna y sueña sobre una piedra. Incansables, trabajan sonámbulas cuando arrecia la noche.

Atravieso el patio, aburrida me detengo junto al pozo y en el fondo la pupila de agua abre un pedazo de firmamento. Por el lomo de un ladrillo salta un renacuajo, quiebra la retina y las pestañas de musgo se bañan de azul.

De rodillas, con mi cara hundida en el brocal, deletreo mi nombre y las letras se humedecen con el vaho de la tierra. Luego escupo al fondo hasta que ya no tengo saliva. Me subo al pretil y desde allí, cuando la cortina de lona que libra del calor al patio se asusta con el aire, distingo la sotana de mi tío que va de la sala a la reja. Una mole gigante que suda todo el día, mientras estornudos formidables hacen tambalear su corpulencia.

Sobre sus canas, que la luz pinta de aluminio, veo claramente su enorme verruga semejante a una bola de chicle. Distingo su cara de niño monstruoso y sus fauces que devoran platos de cuajada y semas rellenas de nata frente a mi hambre.

Hace mucho que espera su nombramiento de canónigo. Ahora es capellán de Cumato, la hacienda de los Méndez, distante cinco leguas de donde mis tíos radican.

Llevo dos horas sola. De nuevo busco a mi tía. No importa lo que diga. Ha seguido hablando:

—…Podría haber sido tu madre mi prima Rosario. Entonces vivirías con el lujo de su hacienda, usarías corpiños de tira bordada y no tendrías ese color.

Rosario fue muy bella aunque hoy la mires clavada en un sillón… Pero todo vuelve a lo mismo. El día que llegaste al mundo se quebró como una higuera tierna. Tú apagaste su esperanza. En fin, ya nada tiene remedio…

Silenciosamente me refugio en la sala. El Cristo triplica su agonía en los espejos. Es casi del alto de mi tío, pero llagado y negro, y no termina de cerrar los ojos. Respira, oigo su aliento en las paredes; no soy capaz de mirarlo.

Busco la sombra del naranjo y sin querer regreso a la cocina. No encuentro a tía Carlota. La espero pensando en “su prima Rosario”: la conocí un domingo en la misa de la hacienda. Entró al oratorio, en su sillón de ruedas forrado de terciopelo, cuando principiaba la Epístola. La mantilla ensombrecía su chongo donde se apretaban los rizos igual que un racimo de uvas.

No sé por qué de su cara no me acuerdo: la olvidé con las golosinas servidas en el desayuno; tampoco puse cuidado a la insistencia de sus ojos, pero algo me hace pensar que los tuvo fijos en mí. Sólo me quedó presente la muñequita china, regalo de mi padre, que tenía guardada bajo un capelo como si fuera momia. Le espié las piernas y llevaba calzones con encajitos lila.

Mi tía vuelve y principia la tarde.

La comida es en el corredor. Está lista la mesa; pero a mí nadie me llama.

Cuando mi tío pronuncia la oración de gracias cambia de voz y el latín lo vuelve tartamudo.

Do do dómine… do do dómine —oigo desde la cocina. Rechino los dientes. Estoy viéndolo desde la ventana. Se adereza siete huevos en medio metro de virote, escoge el mejor filete y del platón de duraznos no deja nada. ¡Quién fuera él!

Siempre dicen que estoy sin hambre porque no quiero el arroz que me da la tía con un caldo rebotado como el agua del pozo. Me consuelo cuando robo teleras y las relleno con píldoras de árnica de las que tiene mi tío en su botiquín.  A las siete comienza el rezo en la parroquia. Mi tía me lleva al ofrecimiento, pero no me admiten las de la Vela Perpetua. Dicen que me faltan zapatos blancos.

Me siento en la banca donde las Hijas de María se acurrucan como las golondrinas en los alambres.

Los acólitos cantan. Llueve y por las claraboyas se mete a rezar la lluvia. Pienso que en el patio se ahogan las hormigas.

Me arrulla el susurro de las Avemarías y casi sin sentirlo pregonan el último misterio. Ése sí me gusta. Las niñas riegan agua florida. La esparcen con un clavel que hace de hisopo y después, en la letanía, ofrecen chisporroteantes pebeteros.

La iglesia se llena de copal y el manto de la Virgen se oscurece. La custodia incendia su estrella de púas y se desbocan las campanillas. Un olor de pino crece en la nave arrobada. Flotan rehiletes de humo.

Arrastro los zapatos detrás de mi tía. Como sigue la llovizna, los derrito en el agua y dejo mi rencor en el cieno de los charcos.

Cuando regresamos, mi tío anuncia que ha llegado un telegrama. Al fin van a nombrarlo canónigo y me iré con ellos a México.

No oigo más. Me escondo tras el naranjo. Por primera vez pienso en mis padres. Los reconstruyo mientras barnizo de lodo mis rodillas.

Vinieron en Navidad.

Mi padre es hermoso. Más bien esto me lo dijo la tía. Mejor que su figura recuerdo lo que habló con ella:

Esta pobrecita niña ni siquiera sacó los ojos de la madre.

Y su hermana repuso:

Es caprichosa y extraña. No pide ni dulces; pero yo la he visto chupar la mesa en donde extiendo el cuero de membrillo. No vive más que en la huerta con la lengua escaldada de granos de tanto comer los dátiles que no se maduran.

Los ojos de mi madre son como un trébol largo donde hubiera caído sol. La sorprendo por los vidrios de la envejecida puerta. Baila frente al espejo y no le tiene miedo al Cristo. Los volantes de su falda rozan los pies ensangrentados. La contemplo con espanto temiendo que caiga lumbre de la cruz. No sucede nada. Su alegría me asusta y sin embargo yo deseo quererla, dormirme en su regazo, preguntarle por qué es mi madre. Pero ella está de prisa. Cuando cesa de bailar sólo tiene ojos para mi padre. Lo besa con estruendo que me daña y yo quiero que muera.

Ante ella mi padre se transforma. Ya no se asemeja al San Lorenzo que gime atormentado en su parrilla. Ahora se parece al arcángel de la sala y hasta puedo imaginarme que haya sido también un niño, porque su frente se aclara y en su boca lleva amor y una sonrisa que la tía Carlota no le conoce.

Ninguno de los dos se acuerda del Cristo que me persigue con sus ojos que nunca se cierran. Los cristales agrandan sus brazos. Me alejo herida. Al irme escucho la voz de mi madre hablando entre murmullos.

¿Qué haremos con esta criatura? Heredó todo el ajenjo de tu familia…

Las frases se pierden.

Ya nada de ellos me importa. Paso la tarde cabalgando en el tezontle de la tapia por un camino de tejados, de nubes y tendederos, de gorriones muertos y de hojas amarillas.

En la mañana mis padres se fueron sin despedirse.Mi tía me llama para la cena. Le digo que tengo frío y me voy derecho a la cama.

Cuando empiezo a dormirme siento que ella pone bajo mi almohada un objeto pequeño. Lo palpo, y me sorprende la muñequita china.

No puedo contenerme, descargo mis sollozos y grito:

¡A mí nadie me quiere, nunca me ha querido nadie!

El canónigo se turba y mi tía llora enloquecida. Empieza a decirme palabras sin sentido. Hasta perdona que Rosario no sea mi madre.

Me derrumbo sin advertir lo duro de las tablas.

Ella me bendice; luego, de rodillas junto a mi cabecera, empieza habla que habla:

Que tengo los ojos limpios de aquellos malos presagios. Que siempre he sido una niña muy buena, que mi color es de trigo y que hasta los propios ángeles quisieran tener mis manos. Pero por lo que más me quiere es por esa tristeza que me hace igual a mi padre.

Finjo que duermo mientras sus lágrimas caen como alfileres sobre mi cara.

 http://www.osiazul.com.mx/seccion/Duenas-index.html

DE NOCHE SOY TU CABALLO DE LUISA VALENZUELA

Chica_RecostadaSonaron tres timbrazos cortos y uno largo. Era la señal, y me levanté con disgusto y con un poco de miedo; podían ser ellos o no ser, podría tratarse de una trampa, a estas malditas horas de la noche. Abrí la puerta esperando cualquier cosa menos encontrarme cara a cara nada menos que con él, finalmente.
Entró bien rápido y echó los cerrojos antes de abrazarme. Una actitud muy de él, él el prudente, el que antes que nada cuidaba su retaguardia -la nuestra-. Después me tomó en sus brazos sin decir una palabra, sin siquiera apretarme demasiado pero dejando que toda la emoción del reencuentro se le desbordara, diciéndome tantas cosas con el simple hecho de tenerme apretada entre sus brazos y de irme besando lentamente. Creo que nunca les había tenido demasiada confianza a las palabras y allí estaba tan silencioso como siempre, transmitiéndome cosas en formas de caricias.
Y por fin un respiro, un apartarnos algo para mirarnos de cuerpo entero y no ojo contra ojo, desdoblados. Y pude decirle Hola casi sin sorpresa a pesar de todos esos meses sin saber nada de él, y pude decirle
te hacía peleando en el norte
te hacía preso
te hacía en la clandestinidad
te hacía torturado y muerto
te hacía teorizando revolución en otro país.
Una forma como cualquiera de decirle que lo hacía, que no había dejado de pensar en él ni me había sentido traicionada. Y él, tan endemoniadamente precavido siempre, tan señor de sus actos:
-Callate, chiquita ¿de qué sirve saber en qué anduve? Ni siquiera te conviene.
Sacó entonces a relucir sus tesoros, unos quizás indicios que yo no supe interpretar en ese momento. A saber, una botella de cachaça y un disco de Gal Costa. ¿Qué habría estado haciendo en Brasil? ¿Cuáles serían los próximos proyectos? ¿Qué lo habría traído de vuelta a jugarse la vida sabiendo que lo estaban buscando? Después dejé de interrogarme (callate, chiquita, me diría él). Vení, chiquita, me estaba diciendo, y yo opté por dejarme sumergir en la felicidad de haberlo recuperado, tratando de no inquietarme. ¿Qué sería de nosotros mañana, en los días siguientes?
La cachaça es un buen trago, baja y sube y recorre los caminos que debe recorrer y se aloja para dar calor donde más se la espera. Gal Costa canta cálido, con su voz nos envuelve y nos acuna y un poquito bailando y un poquito flotando llegamos a la cama y ya acostados nos seguimos mirando muy adentro, seguimos acariciándonos sin decidirnos tan pronto a abandonarnos a la pura sensación. Seguimos reconociéndonos, reencontrándonos.
Beto, lo miro y le digo y sé que ése no es su verdadero nombre pero es el único que le puedo pronunciar en voz alta. El contesta:
-Un día lo lograremos, chiquita. Ahora prefiero no hablar.
Mejor. Que no se ponga él a hablar de lo que algún día lograremos y rompa la maravilla de lo que estamos a punto de lograr ahora, nosotros dos, solitos.
“A noite eu so teu cavallo” canta de golpe Gal Costa desde el tocadiscos.
-De noche soy tu caballo -traduzco despacito. Y como para envolverlo en magias y no dejarlo pensar en lo otro:
-Es un canto de santo, como en la macumba. Una persona en trance dice que es el caballo del espíritu que la posee, es su montura.
-Chiquita, vos siempre metiéndote en esoterismos y brujerías. Sabés muy bien que no se trata de espíritus, que si de noche sos mi caballo es porque yo te monto, así, así, y sólo de eso se trata.
Fue tan lento, profundo, reiterado, tan cargado de afecto que acabamos agotados. Me dormí teniéndolo a él todavía encima.
De noche soy tu caballo…

… campanilla de mierda del teléfono que me fue extrayendo por oleadas de un pozo muy denso. Con gran esfuerzo para despertarme fui a atender pensando que podría ser Beto, claro, que no estaba más a mi lado, claro, siguiendo su inveterada costumbre de escaparse mientras duermo y sin dar su paradero. Para protegerme, dice.
Desde la otra punta del hilo una voz que pensé podría ser la de Andrés -del que llamamos Andrés- empezó a decirme:
-Lo encontraron a Beto, muerto. Flotando en el río cerca de la otra orilla. Parece que lo tiraron vivo desde un helicóptero. Está muy hinchado y descompuesto después de seis días en el agua, pero casi seguro es él.
-¡No, no puede ser Beto! -grité con imprudencia. Y de golpe esa voz como de Andrés se me hizo tan impersonal, ajena:
-¿Te parece?
-¿Quién habla? -se me ocurrió preguntar sólo entonces. Pero en ese momento colgaron.
¿Diez, quince minutos? ¿Cuánto tiempo me habré quedado mirando el teléfono como estúpida hasta que cayó la policía? No me la esperaba pero claro, sí, ¿cómo podía no esperármela? Las manos de ellos toqueteándome, sus voces insultándome, amenazándome, la casa registrada, dada vuelta. Pero yo ya sabía ¿qué me importaba entonces que se pusieran a romper lo rompible y a desmantelar placares?
No encontrarían nada. Mi única, verdadera posesión era un sueño y a uno no se lo despoja así nomás de un sueño. Mi sueño de la noche anterior en el que Beto estaba allí conmigo y nos amábamos. Lo había soñado, soñado todo, estaba profundamente convencida de haberlo soñado con lujo de detalles y hasta en colores. Y los sueños no conciernen a la cana.
Ellos quieren realidades, quieren hechos fehacientes de esos que yo no tengo ni para empezar a darles.
Dónde está, vos lo viste, estuvo acá con vos, dónde se metió. Cantá, si no te va a pesar. Cantá, miserable, sabemos que vino a verte, dónde anda, cuál es su aguantadero. Está en la ciudad, vos lo viste, confesá, cantá, sabemos que vino a buscarte.
Hace meses que no sé nada de él, lo perdí, me abandonó, no sé nada de él desde hace meses, se me escapó, se metió bajo tierra, qué sé yo, se fue con otra, está en otro país, qué sé yo, me abandonó, lo odio, no sé nada. (Y quémenme nomás con cigarrillos, y patéenme todo lo que quieran, y amenacen, nomás, y métanme un ratón para que me coma por dentro, y arránquenme las uñas y hagan lo que quieran. ¿Voy a inventar por eso? ¿Voy a decirles que estuvo acá cuando hace mil años que se me fue para siempre?).
No voy a andar contándoles mis sueños, ¿eso qué importa? Al llamado Beto hace más de seis meses que no lo veo, y yo lo amaba. Desapareció, el hombre. Sólo me encuentro con él en sueños y son muy malos sueños que suelen transformarse en pesadillas.

Beto, ya lo sabés, Beto, si es cierto que te han matado o donde andes, de noche soy tu caballo y podés venir a visitarme cuando quieras aunque yo esté entre rejas. Beto, en la cárcel sé muy bien que te soñé aquella noche, sólo fue un sueño. Y si ustedes encuentran en mi casa un disco de Gal Costa y una botella de cachaça casi vacía, por favor no se preocupen: decreté que no existen.

http://tierradegenistas.blog.com.es/2009/10/11/de-noche-soy-tu-caballo-7148361/

DOS CUENTOS DE ANA CLAVEL

La Espalda

 ana-clavel-n22Arco iris trasmontanos

 A este hombre le gustan las nubes límpidas y los cielos azules. Corre en las mañanas en el parque que está a espaldas de su casa; no fuma, se duerme temprano. Es un hombre saludable.

Llega a mi casa montado en una sonrisa. Se preocupa por mis días y mis noches -si avanzo en mi trabajo, si duermo bien a pesar de la luna llena-. Es un hombre atento.

En sus labios radiofónicos, toda mujer es por principio de cuentas “una dama”. No me pregunta “¿quieres algo?” sino que opta por un refinado “¿gustas esto otro?”. Le agrada sentirse un hombre educado.

Adora los buenos modales, las actitudes positivas, la música clásica más melodiosa, las mujeres que saben servir una mesa -como soy maleducada, neurótica, prefiero a Bowie y P.J. Harvey y puedo ser la menos bendita entre todas las mujeres, supongo que también ha desarrollado un gusto por las excepciones-. Eso sí, ama a ultranza y a trasmano y transmontadamente los arco iris -a pesar de que el día que nos conocimos, yo le advirtiese: “Ningún arco iris es del todo inocente. Míralos ahora haciéndole guiños a la diversidad gay…Aunque, claro,reconocí, todos lo somos un poco”-. Es un hombre tolerante.

Bastan una cuantas cosas para hacerlo feliz. Ya lo dije: nubes límpidas, cielos azules -aunque en esta ciudad sean escasos-, noches estrelladas, un poco de lluvia fresca, la sonrisa casi imposible de una vendedora de boletos del metro. Es un hombre bienintencionado.

Casi siempre que camina a mi lado no le cuesta mayor esfuerzo adaptarse a mi ritmo: lo mismo si me agito entre centellas hormonales que si me acuno con el viento. Puede conversar con mi madre y terminar dándole la razón sin hacerme sentir traicionada. Es un hombre razonable.

Por supuesto, sabe que me gusta un poco de violencia cuando hacemos el amor y me fuerza sólo hasta el límite de hacerme creer lo que yo quiera. Para qué negarlo, sin aspavientos, es un buen amante. Tiene un cuerpo delgado pero vigoroso. Si lo contemplo desnudo por atrás, sentado en el borde de mi cama, la doble luna de sus nalgas llenísimas de donde emerge, descomunal, la envergadura de su espalda, me provoca fantasías sin aliento. Entonces estiro los brazos con la fascinación de poseer por fin todo lo que me hace falta. En ese sentido, pero también en otros, es de pies a cabeza un hombre fálico. Su tuviera que mandarlo hacer a la medida,sería exactamente así: siempre desnudo y visto de espaldas: enhiesto depositario de mi deseo.

También es cierto que casi bostezo cuando enhebro nuestros días de nubes sosegadas y cielos aborregados, cuando la melancolía lo invade y su mirada aúlla verdes prados más allá de la montaña mágica. Su tristeza suele ser en esos momentos rumorosa. Sentados en la terraza a la que da su estudio, con un té de menta entre las manos, nos miramos resignados, sabiendo que cada uno ha sobrevivido al otro, sin invasiones ni tormentas excesivas.

Entonces, de súbito, un par de palomas se posan juntas en la reja que nos separa en la calle. Él las observa sin pestañear. En sus labios aflora, encarnada, violeta, subida de tono, una obscenidad sobre la amatoria anal de las aves. Una pareja de novios se detiene al otro lado de la reja y entonces surge, cantarina, otra vulgaridad. No se ha movido ni un milímetro: ahí están su sonrisa educada, su tono radiofónico, su aire comprensivo. De todos modos sigue siendo un hombre sutil.

Me agrada la familiaridad, la manera en que me confía esos pensamientos sucios y me hace cómplice. Ajá. Pero una vez que el asunto empieza, el mundo y su gente, los animales y las flores, los artefactos y las cosas, el universo entero se convierte en ensamblaje de un gran orgasmo estelar. Todo entra y sale, aceitoso, en una mecánica febril. Y él consigna los apareamientos, el acoplarse y embonar de cuerpos y objetos de un modo tan suave, tan entusiasta, tan educadamente. No puedo evitar un cierto grado de consternación y sonrojarme. Entonces me confía: entre sus amigos -cuando se sienten solos y sin riesgo-, después de contarse mil y un ciento de procacidades y chistes de cantina como los que sólo se atreven a decir los hombres entre ellos, mi hombre de cielos límpidos se lleva el reconocimiento mayor. Con admiración, le dicen ellos: “Tú sí que estás enfermo…” Y me cuenta todo esto con una sonrisa de arco iris, de esas en que se montan los hombres gay y los que no lo son tanto, cuando se sienten plenos.

Es un hombre contento. No puedo ver su sonrisa porque justo ahora acaba de sentarse en el borde de mi cama. Un rayo de luz se cuela por las cortinas e incide como una flecha lúbrica en su espalda. Cualquiera diría que ha descubierto mi facinación por esa parte de su anatomía y que le gusta que lo admire así: erecto, carnoso,vertebral. Yo acaricio ahora la hondonada de su nuca, deslizo la boca por la cadena montañosa que articula el ancho vigor de su espalda y que culmina en el dual de su trasero. Entre mis labios palpita gloriosa su alegría cuando lo escucho suplicar con fervor, dulce, reverencialmente: “No te detengas, paloma emputecida”.

http://buscandomicorazon.blogspot.mx/2009/03/ana-clavel.html

Un deseo realizado

http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/6509/pdfs/65clavel.pdf

SECUESTRO EXPRESS POR STELLA URUGUAY

gallo -STELLALa calle de adoquines, las casas chatas, simples, casi todas de una planta,  muchas iguales. Un barrio como hay muchos. Nadie era rico. Nadie era pobre, o si lo era lo disimulaba. Un barrio de medianía ,  quieto,  tranquilo, que se despertaba brevemente con el ladrido de algún perro.  Mucho para ser feliz.  Barrio de vecinas, que cuentan historias ajenas como propias , de teleteatro, de mate a la tarde, de tortas fritas el día de lluvia, de ñoquis los veintinueve, de crochet, de almacén, de feria semanal. Barrio de quiniela. Lindo barrio para ser niño, y jugar en la calle casi sin autos, o para ser viejo porque aquí no había apuro, todo era lento, somnoliento.

Amalia tenía una casa blanca bastante cuidada. Demasiada casa, y hasta un lujo para una sola persona.  En el barrio la conocían porque su dueña siempre estaba sentada detrás de la ventana. El muchachito de la provisión le traía el pedido, y lo atendía por el balcón. Una vez por mes salía de la casa y todos suponían que iba a cobrar alguna pensión. Alguna vez, paraba un auto y bajaban dos mujeres tan añosas  como Amalia. Todos suponían que eran familiares. Todos imaginaban . Nadie sabía nada , porque dentro del barrio, pasó de ser vecina, a ser un ornamento un  dintel de  la ventana y de la puerta siempre cerrada. Vida oscura, para una casa blanca.

Enrique compró un terreno, en la zona y construyó un galpón . Ahí instaló un  garage y taller de autos. Estaba muy cerca de la casa de Amalia, a una cuadra. Pero como todos, la vió y supo de ella a través de la ventana.

A Enrique le iba bastante bien. Cumplidor era, pero se tomaba su tiempo.  Gran conversador, animador de asados, espléndido imitador. Se fué haciendo de un pequeño capital, y logró tener tres ayudantes. Bueno, de tres digamos que se hacía uno y medio. Eran botijas, que estaban más para el candombe, que para las tuercas. Pero los fué llevando.

Era un jueves de llovizna finita, cuando se hacen charquitos, entre los adoquines, y los chiquilines juegan a ensuciarse. En el taller tenían un auto para arreglar. Más que un arreglo era un exámen. Un auto viejo, que estaba más para chatarra, que para salir andando. Enrique dejaba vivir,  los chiquilines,  se reían desarmando y él se fué hasta el portón a tomar mate.

Cuando la vió venir, le costó reconocerla. Un saco grande la cubría y era tan bajita, apoyada en un bastón, un poco más pequeño que ella, y un paragua inmenso. Se parecía a un hongo.
Era la vieja Amalia, y venía hacia  él, casi tira el termo.!

Con un saludo de buenas tardes, la vieja se fué derechito al grano.
– Mire tengo dos gallinas y un gallo, y como no puedo más con ellos, se los doy. Eso sí , usted las retira ahora, y son suyos.
Enrique se la quedó mirando con lástima. Pensó en una abuela que no tenía, en la suegra, aunque nunca se había casado, en la prima Eulalia, la que hacía como veinte años que no veía, y en última instancia, en un puchero con fariña.
– Tiene que ser hoy, ahora, porque está lloviznando ?.
– Ahora.  No ve que no hay nadie en la calle? Agregando son dos preciosas gallinas y un gallo de riña.
– Espere voy a buscar algo donde ponerlos. No terminó de decir ésto cuando la vieja empezó a caminar. Enrique tomó una bolsa, bastante manchada con grasa, y agarró una vara cortita de hierro para empujar, y medio apurado alcanzó a Amalia.

Cuando entró, se sentía casi Solís en el  Río de la Plata . Sacó sus ideas de la cabeza, porque a Solís lo mataron en cuanto llegó a la orilla. La casa era tan blanca como por fuera, casi sin muebles, y mucha luz que venía de la claraboya.  Linda casa pensó y se lo dijo a la dueña.
– Era de mis padres, ellos la construyeron. Lo dijo con dejo irónico, frunciendo la boca,  agregando  cuando la zona era respetable.
Siguieron atravesando un corredor a donde daban puertas cerradas, y llegaron a una amplia cocina comedor. Ahí por una puerta de hierro, bajando dos escalones se llegaba al jardín. Un camino de baldosas, lo dividía, y ahí vió Enrique, que a la izquierda, tenía plantadas  semillas, en envases de plástico, y cubiertas para su protección con una pequeña enramada, y del lado derecho tenía una pequeñísima huerta compuesta  de acelgas, lechugas, perejil, algún morrón, y una o dos tomateras.
Con asombro Enrique le preguntó cuando trabajaba la tierra y la mujer le contestó.
– De mañana tempranito, cuando los demás duermen.  Le decía haragán sin decírcelo, mirandole la abultada barriga.

Llegaron a la jaula entre hierros palos e hiedra, situada bien al fondo, y entraron.
Ahí estaban dos gallinas, si a eso se le puede llamar gallinas.  Flacas, peladas con el cogote sangrante, mientras un gallo agresivo, con muchos colores, y más nervios que pinta , daba vueltas, y agredía a la gallinas a picotazo limpio.
– Las gallinas están heridas, le faltan plumas, y el gallo me parece medio loco. Instintivamente su mano se fué para el varal.
– Lo que pasa dijo con toda tranquilidad doña Amalia, es que las gallinas tienen piojillos, y el gallo las ayuda a sacárselos.
– Vaya ayuda, dijo Enrique.  Parece violencia doméstica.
– Bueno dele, ahora que dejó de chispear. Abra la bolsa y yo lo ayudo.
Enrique no podía creer lo que estaba pasando, pero se encontraba ahí, para poner dos gallinas apestadas, dentro de una bolsa, ayudado por una vieja desconocida, en el medio de un barro de novela, que se le pegaba a los championes  y estando el podrido gallinero  bastante resbaladizo.

La vieja  le hizo el verso, le hizo creer que se le acababa la  batería.!

Las gallinas entraron rapidamente, y se le puso un pedazo de ladrillo a la boca de la bolsa para que no escaparan.  Pero para el gallo no había modo, hasta que Amalia trajo una caja de cartón, y entre picotazos, entró el desgraciado. Parecía o sentía Enrique que aquello era similar  a El Padrino,  el gallo para él pertenecía a la mafia siciliana.
Así salió Enrique de la Casa Blanca, cuya puerta se cerró al instante,  con una bolsa manchada de grasa que se movía convulsivamante, una vara de hierro que no servía ni para bastón, y con una caja de cartón atada con una piola, por la que de unos de sus extremos, salía un pico curvo.
Empezó a lloviznar nuevamente, pasó rapidamente su portón, no fuera que lo vieran los vecinos o los muchachos, y al otro día los tenía bailando con el plumero, con el que hacían que limpiaban los autos.

 

Se acordó del tango ” Pucherito de gallina con viejo vino Carlón “  Solamente que él  no sabía cantar como  Edmundo Rivero.  A él le cantaron el ” 5  de Oro ” o la aproximación.
Quería y no sabía donde tirar la carga.  Fué cuando pensó, en la Asociación   de Floristas.  Ahí todos los jueves, había remate. Venta y compra de flores.
Empezó a sentir una picazón, que le iba desde los dedos de las manos y le subía hasta el cuello. Se acordó de la vieja Amalia, en inglés y en francés, lo bueno era que no sabía esos idiomas. Lo que no podía hacer era algo sencillo como rascarse.

Entró a lo zorro.  Estaban todos lejos, entretenidos, escuchando el remate. Menos mal !  En uno de sus costados contra la pared de ladrillos, entre piletones, y canillas goteando,  se amontonaban pedazos de hojas, tallos, flores marchitas, varios papeles, cajas de cartón y plásticos.

Todo descartable.
Enrique se sintió, héroe, liberador de los oprimidos, un secuestrador redimido.

Salieron dando tumbos las famélicas gallinas, mojadas, enceradas, parecían más pequeñas, diría juguetitos de baquelita y las pobres, sin cacareo alguno, creyeron estar en el paraíso, y se pusieron a  cenar  con lo que encontraron.
Con el gallo, la cosa fué diferente.

El hilo, se trancó en la moña, es que la vieja lo había atadado como para regalo.  De verdad, para sacar un ojo, seguro que lo hacía gratis. Así que pensó,…- abro la caja, y si se pone fiero, ” le doy con el fierro “
Se liberaron las tapas y vió , un gallo mareado,  con media cola,  caminando como sobre adoquines, hasta zambo  era el ladino,!! … y se fue…  bailando un Pericón con relaciones.
Se colocó debajo del brazo la bolsa aceitada como, prueba del delito, y dejó a los secuestrados, entre flores,  con alimento, y sin pedir auxilio.

Como broma ya que los plumíferos  no lo hacían empezó a imitar el cacareo , y a rascarse de lo lindo..

Apurado quiso  abrir la puerta  chica, y se dió cuenta que estaba trancada.

Sintió un ruidito que lo hizo mirar para arriba, ahí estaba una cámara controlando la Asociación,  y debajo un cartel que decía ” Para salir llame ” y pegado en la  chapa verde  del portón un anuncio grande que decía ” Sonría lo estamos grabando “

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VIENTO LUNAR DE ANA MARÍA CADAVID* MEDELLÍN COLOMBIA

HOMBRE EN LA LUNA—Hoy, el hombre, por primera vez, pisará la Luna— dice Tatín blanqueando los ojos. Así decía el padre en mi primera comunión: “Dios vino a la tierra y se hizo hombre”.

Me siento en el suelo. La revista Life está en la mesa. Mi papá no deja que la recortemos. Se pone furioso si la rayamos. Las hojas son grandes, llenas de fotos, con mujeres muy bonitas, de pelo largo, suave, y señores peinados con gomina. Los astronautas están ahí con sus trajes espaciales. Llevan el casco en la mano y tienen los ojos azules. Yo nunca he tenido el pelo largo. Me lo cortan cada vez que me llega a los hombros porque, como dice mi mamá, con ese pelero me veo horrible. Para la primera comunión, ella me peinó con rulos y los guantes que me pusieron son de cuando ella era joven. Me quedaban grandes. Enormes. Yo estaba furiosa con ese peinado de señora, pero mi mamá estaba feliz echándome laca para que el viento no me despeinara. Y todos decían que cada vez me parecía más a ella. Cuando me miraba en el espejo me quería arrancar la cabeza. Odio ese olor a laca. ¡Gas!

—¡Cuidado se enreda en el televisor!— Tatín nos regaña… En la confesión, en el colegio, tuve que inventar muchos pecados y, de último, dije que era mentirosa… Y llegar con esa rabia al Seminario Mayor, a esa iglesia que parece una luna estrellada, como si se hubiera caído del cielo destartalándose en plena montaña, fue horrible. Mi papa me dijo que dejara la mala cara en el carro y mi mamá que no estirara trompa.

—¡Ya casi es la hora!— Tatín grita… Yo era la primera en la fila porque no tenía ocho años. Y tenía que entrar en esa luna, con esos guantes enormes, con esos zapatos de charol apretados, con ese cirio en llamas, con ese pelo enlacado. Con mi “hermoso” peinado de bomba. ¡Gas!

Tatín enciende el televisor. Sigue leyendo

ALGO QUE BRILLA COMO EL MAR FRAG DE HIROMI KAWAKAMI

 Cómo te ha ido el día?—me pregunta mi madre todos los días.

—Bien, normal—le respondo yo.

«Bien» y «normal», siempre las dos mismas palabras. Las ocasiones en las que le doy una respuesta diferente se pueden contar con los dedos de una mano. Cuando tengo que responderle otra cosa, como «fatal» o «muy bien», intento no tenerla delante.

 Es muy fácil no tener a mi madre delante, porque siempre está ocupada.

 Mi madre es escritora freelance. Escribe artículos sobre temas variados: sobre las pastelerías de los alrededores de Tokio, sobre tácticas para librarse de las tareas domésticas, sobre cosmética para adolescentes inexpertas o acerca de la mejor forma de cuidar un perro en un piso. Por exigencias de su trabajo, ha llegado a comer doce pastelitos de golpe y a untarse la cara con cinco productos distintos para blanquear la piel, además de ir echando pestes de un paño de cocina que sirve para fregar los platos sin detergente: «¡Con lo que a mí me gusta la espuma artificial!», dice.

 Cada vez que le respondo «Bien, normal», me lanza una mirada escéptica. «Ya—dice—. Bueno, pues me parece estupendo». Pero yo sé que es mentira. A mi madre no le gusta esa respuesta. Le encantaría decirme que la vida es mucho más que «normal». Desde mi primer día en la escuela primaria, cuando me preguntó por primera vez «¿Cómo te ha ido el día?», hasta hoy, que ya soy un estudiante de bachillerato, no ha dejado de pensarlo ni por un momento.

Recuerdo perfectamente la primera vez que mi madre me preguntó: Sigue leyendo

ELENA PONIATOWSKA PREMIO CERVANTES

ELENA PONIATOWSKA

https://teecuento.wordpress.com/2013/03/19/tres-cuentos-cortos-de-elena-poniatowska/

PELOS DE EMA WOLF

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-¡Oh, madre! ¡Me ha salido un pelo! -dijo el pequeño surubí.

En efecto, una mañana de junio de mil novecientos y pico, un jovencísimo surubí que nadaba como todos los días en el Río de la Plata se descubrió un pelo en la cabeza.

La madre se sorprendió bastante porque -ya se sabe- los peces no tienen pelos. Pero como hacen todas las madres, enseguida lo mandó a peinarse y listo.

Así empezó la mayor rareza de la historia peluda y acuática.

Porque ese pelo era apenas el principio de muchos otros pelos que vendrían. Y no sólo para el surubí, sino para todos los demás peces del río.

La causa era bien simple:

El marinero de un remolcador había volcado en el agua, por accidente, un frasco de tónico capilar.

El pobre ni se imaginó las novedades que eso iba a producir en el fondo del río.

A los sábalos les salió una melena enrulada. A los dorados, una cabellera larga y lacia.

Los patíes y los pejerreyes empezaron a peinarse con flequillo. Al principio se sentían raros con la nueva facha, pero después todo el mundo estaba encantado con sus pelos.

Las hijas más chicas de una familia de dientudos salían de paseo con trenzas.

Las palometas y las viejas se hicieron la permanente.

Nadie hablaba de otra cosa.

-¡Qué bien te queda el brushing, Ernestina! -le decía una boga a su amiga-. Yo hoy tengo el pelo horrible con tanta humedad.

Y también:

-¡Papá, quedé ciego!

-No, nene. Es el pelo que no te deja ver -protestaba el pacú-Ñata-, ¿a este chico lo dejan entrar así a la escuela?

En cada esquina había una peluquería. Y en cada peluquería los peces se ondulaban, se alisaban, se cortaban, se estiraban, se teñían, se afeitaban, todo mientras leían revistas.

Entre los juncos crecieron grandes fábricas de peines, peinetas y gorras de baño; de champúes y fijadores; de vinchas, hebillas y secadores de pelo.

Pero nada dura en esta vida…

Y un día todo terminó como había empezado.

Una señora que volvía del Delta en una lancha colectivo dejó caer en el agua un frasco de crema para depilarse. Destapado, el frasco. Y así fue como los hermosos pelos empezaron a desprenderse de las cabezas.

Primero vinieron las calvicies y, poco a poco, avanzó la peladez.

El disgusto de los peces fue enorme. Era lógico: habituados ya a sus melenas, se veían feos sin ellas.

Y no había peluca que parara semejante desastre.

Muchos, para disimular, se raparon la cabeza y se hicieron punkies o cantantes de rock pesado.

El único que conservó restos de la era pelosa fue el bagre, que aún hoy tiene bigotes.

Así, los peces volvieron a ser como han sido siempre: calvos como huevos.

Pero todavía hoy siguen sin entender qué les pasó y por qué los pelos son cosas que aparecen y desaparecen tan locamente.

Por eso, para evitarles problemas, es mejor no tirar cosas raras al río.

◕‿◕

Visto y leído en: 35 Cuentos Para primaria (Scribd)

http://es.scribd.com/doc/62460991/35-Cuentos-Para-Primaria-2011</stro Sigue leyendo

LA MESA DEL BALCÓN DE AMÉLIE OLAIZ

balcónPedí la mesa del balcón, nuestro lugar favorito. He desarrollado un gusto agridulce por ese sitio. Quizá porque sentada ahí rescato un poco de nosotros; de ese dulce nosotros que cuando no estoy contigo pertenece al agridulce presente.

Llegué sola con tu libro y me senté a releer un cuento, recomendación tuya, por supuesto. Era el relato que hablaba del vacío ¿lo recuerdas? No me preguntes el nombre del cuento, tampoco el del autor, después de tanto leer me han quedado lagunas. La historia la tenía más o menos clara, pero quise leerla de nuevo porque siempre descubre uno detalles que la mente no registró en las primeras lecturas.

Al abrir las paginas, me percaté de algo que venía sucediendo sin que tomara conciencia: las letras se han gastado por la frecuencia con que mis ojos las recorren. Ahora mismo es tan tenue la tinta que dudo poder terminar de leerlo. Quizá sea la última vez que lo haga. Generalmente no regreso a ver las palabras que van quedando atrás. No lo hago porque dicen que es un defecto de la vista que entorpece la lectura.

Puedes comprobar esto abriendo un pequeño orificio en el periódico de cualquier lector. Procura hacerlo en el centro del papel y asegúrate que sea entre dos cajas tipográficas para no molestar demasiado con el experimento. No es agradable leer si faltan letras. Observa por ese orificio los ojos lectores, te darás cuenta como regresa la vista en un movimiento mecánico, como si los ojos quisieran reconfirmar lo leído.

Bueno, como te iba diciendo, he entrenado mis ojos para eliminar ese retroceso innecesario y evitar perdidas de tiempo. Pero hoy, por la impresión del descubrimiento, me dediqué a revisar.  He regresado dos páginas y constaté que las palabras leídas se están destiñendo. Lo puedo afirmar porque sobrepuse las hojas que leo ahora a las que leí hace rato y existe un notable cambio en la intensidad de la tinta. Pronto no tendré alternativa y sólo restará confiar en mi memoria. Creo que los recuerdos funcionan igual, van perdiendo nitidez y terminamos por recordar lo que se nos da la gana y no lo que fue.

Para reconfirmar esto leí despacito y regresé renglón por renglón. Tuve que parar de hacerlo porque la zona que releí quedó en blanco. Es increíble, pero mis ojos, como gomas, desgastaron lo escrito. El cuento se está borrando. ¿Cómo te lo puedo devolver así?

Siento una extraña angustia y empiezo a leer con desesperación, como si la plaga desintegradora de textos viniera persiguiendo a mis ojos. Devoro las letras, invadida por un miedo absurdo: pensar que nuestra historia también se borra.

Me pregunto si tengo antecedentes de un caso similar, esas referencias  ayudan para recuperar la calma, pero no, no encuentro un recuerdo claro que me de el acicate para detener la angustia.

Tú sabes que no existen las casualidades, lo hemos comentado, por eso recorro con la memoria detalles de la historia de los personajes y pienso que se parecen a ti y a mi, aunque creo que, a diferencia de ellos, tú y yo somos continuidad. Tu pensamiento y el mío, por alguna extraña razón, se complementan. Uno inicia y el otro continua para seguir y seguir, sin importar el orden o el desorden del universo que nos place pervertir.

Qué sé yo, quizá es que somos tan parecidos que podemos fluir en una adicción continua a las ideas y su contemplación.  Tal vez por eso te extraño ahora.

Vuelvo a mirar las letras y me pregunto  ¿qué le está pasando al libro? o ¿qué me pasa a mi? o ¿qué pasa contigo y con los recuerdos?

Desvío la vista del libro para verificar que el mundo sigue girando. Un cilindrero pasa bajo el balcón. Miro la manivela girar con la misma fluidez que la vida. Un rechinido interrumpe la armonía. El cilindrero se queda con la manivela en la mano.  Presiento algo extraño, como si la realidad estuviese a punto de colapsarse y pienso que es momento de decidir. Puedo negar todo lo que sucede, cerrar el libro y pedir a ese músico callejero  que  suba al balcón para dar cuerda a la nostalgia, para consentir y compadecer mi carencia con la música del cilindro mientras me enternezco por mi capacidad de sentir un afecto como este. ¡No! Me niego. Sería demasiado aburrido volver al pasado, tanto como reconfirmar lo leído.

Miro hacia el edificio de enfrente y veo a Teófilo que sale por el agujero de su habitual morada estirándose como si acabara de despertar. Abre los ojos al sentir la luz, pero en ese mismo instante empieza a desaparecer, y no es que regrese por donde vino, es que la punta de la cola ha desaparecido y el fenómeno sigue por el resto del cuerpo hasta que sólo queda su cabeza. Vuelve sus ojos hacia mi y al establecer contacto visual, ¡puaff!  el gato se esfuma, no hay más. El felino no está, pero tampoco la cornisa por donde caminaba, ni el agujero de donde salió, ni el muro que lo circundaba. El edificio colonial se diluye en el vacío como si fuera una gelatina de mamey al sol. Se derrite poco a poco  hasta que sólo queda vapor con un ligero tono rosado que pasa frente a mi y sube rumbo al infinito.

Caigo en la cuenta de que el sitio donde está nuestro balcón puede estar padeciendo el mismo fenómeno. Al recargarme sobre el barandal un movimiento rápido y brusco hace que sienta inseguridad. Observo hacia abajo y me percato que, en efecto, el muro que sostiene el balcón ha desaparecido, estoy suspendida en el vacío con las manos aferradas a una barandilla de hierro forjado que se funde, de abajo hacia arriba, en la nada.

No puedo perder un minuto más. Recojo tu libro de la mesa, que ya ha perdido las patas, y lo cierro. Estoy consternada pero decidida. Camino, sobre un piso que ya no existe, rumbo a la salida de lo que fue nuestro restaurante favorito, bajo las escaleras ausentes y salgo a una calle que es nada.

En el vacío dejo de angustiarme y camino con tranquilidad. Pienso que, dadas las circunstancias, no importa tanto llevar un libro en blanco bajo el brazo.

TRES CUENTOS CORTOS DE ELENA PONIATOWSKA

aguaceroEsperanza número equivocado

Esperanza siempre abre el periódico Añadir objetoen la sección de sociales y se pone a ver las novias. Suspira: “Ay, señorita Diana, cuándo la veré a usted así”. Y examina infatigable los rostros de cada uno de las felices desposadas. “Mire, a esta le va a ir de la patada…” “A esta otra pue’que y se le haga…” “Esta ya se viene fijando en otro. Ya ni la amuela. Creo que es el padrino…” Sigue hablando de las novias obsesiva y maligna. Con sus uñas puntiagudas —“me las corto de triangulito, pa arañar, así se las había de limar la señorita”—, rasga el papel y bruscamente desaparece la nariz del novio, o la gentil contrayente queda ciega: “Mire niña Diana, qué chistosos se ven ahora los palomos”. Le entra una risa larga, larga, larga, entrecortada de gritos subversivos: “Hi ¡Hi! ¡Hi! ¡Hi! ¡Hiiii!”, que sacude su pequeño cuerpo de arriba abajo. “No te rías tanto, Esperanza, que te va a dar hipo”.

A veces Diana se pregunta por qué no se habrá casado Esperanza. Tiene un rostro agradable, los ojos negros muy hundidos, un leve bigotito y una patita chueca. La sonrisa siempre en flor. Es bonita y se baña diario.

Ha cursado cien novios: “No le vaya a pasar lo que a mí, ¡que de tantos me quedé sin ninguno!”. Ella cuenta: “Uno era decente, un señor ingeniero, fíjese usted. Nos sentábamos el uno al lado del otro en una banca del parque y a mí me daba vergüenza decirle que era criada y me quede silencia”.

Conoció al ingeniero por un “equivocado”. Su afición al teléfono la llevaba a entablar largas conversaciones. “no señor, está usted equivocado. Esta no es la familia que usted busca, pero ojalá y fuera”. “Carnicería ‘La Fortuna’” “No, es una casa particular pero qué fortuna…” Todavía hoy, a los cuarenta y ocho años, sigue al acecho de los equivocados. Corre al teléfono con una alegría expectante: “Caballero yo no soy Laura Martínez, soy Esperanza…” Y a la vez siguiente: “Mi nombre es otro, pero en ¿qué puedo servirle?” ¡Cuánto correo del corazón! Cuántos “Nos vemos en la puerta del cine Encanto. Voy a llevar un vestido verde y un moño rojo en la cabeza”… ¡Cuántas citas fallidas! ¡Cuántas idas a la esquina a ver partir las esperanzas! Cuántos: “¡Ya me colgaron!” Pero Esperanza se rehace pronto y tres o cuatro días después, allí está nuevamente en servicio dándole vuelta al disco, metiendo el dedo en todos los números, componiendo cifras al azar a ver si de pronto alguien le contesta y le dice como Pedro Infante: “¿Quiere usted casarse conmigo?” Compostura, estropicio, teléfono descompuesto, 02, 04, mala manera de descolgarse por la vida, como una araña que se va hasta el fondo del abismo colgada del hilo del teléfono. Y otra vez a darle a esa negra carátula de reloj donde marcamos puras horas falsas, puros: “Voy a pedir permiso”, puros: “Es que la señora no me deja…”, puros: “¿Qué de qué?” porque Esperanza no atina y ya le está dando el cuarto para las doce.

Un día el ingeniero equivocado llevó a Esperanza al cine, y le dijo en lo oscuro: “Oiga señorita, ¿le gusta la natación?” Y le puso la mano en el pecho. Tomada por sorpresa, Esperanza respondió: “Pues mire usted ingeniero, ultimadamente y viéndolo bien, a mí me gusta mi leche sin nata”. Y le quitó la mano.

Durante treinta años, los mejores de su vida, Esperanza ha trabajado de recamarera. Sólo un domingo por semana puede asomarse a la vida de la calle, a ver a aquella gente que tiene “su” casa y “su” ir y venir.

Ahora ya de grande y como le dicen tanto que es de la familia, se ha endurecido. Con su abrigo de piel de nutria heredado de la señora y su collar de perlas auténticas, regalo del señor, Esperanza mangonea a las demás y se ha instituido en la única detentadora de la bocina. Sin embargo, su voz ya no suena como campana en el bosque y en su último “equivocado” pareció encogerse, sentirse a punto de desaparecer, infinitamente pequeña, malquerida, y, respondió modulando dulcemente las palabras: “No señor, no, yo no soy Isabel Sánchez, y por favor, se me va a ir usted mucho a la chingada”.

 La identidad   

Yo venía cansado. Mis botas estaban cubiertas de lodo y las arrastraba como si fueran féretros. La mochila se me encajaba en la espalda, pesada. Había caminado mucho, tanto que lo hacía como un animal que se defiende. Pasó un campesino en su carreta y se detuvo. Me dijo que subiera. Con trabajos me senté a su lado. Calaba frío. Tenía la boca seca, agrietada en la comisura de los labios; la saliva se me había hecho pastosa. Las ruedas se hundían en la tierra dando vueltas lentamente. Pensé que debía hacer el esfuerzo de girar como las ruedas y empecé a balbucear unas cuantas palabras. Pocas. Él contestaba por no dejar y seguimos con una gran paciencia, con la misma paciencia de la mula que nos jalaba por los derrumbaderos, con la paciencia del mismo camino, seco y vencido, polvoso y viejo, hilvanando palabras cerradas como semillas, mientras el aire se enrarecía porque íbamos de subida – casi siempre se va de subida -, hablamos, no sé, del hambre, de la sed, de la montaña, del tiempo, sin mirarnos siquiera. Y de pronto, en medio de la tosquedad de nuestras ropas sucias, malolientes, el uno junto al otro, algo nos atravesó blanco y dulce, una tregua transparente. Y nos comunicamos cosas inesperadas, cosas sencillas, como cuando aparece a lo largo de una jornada gris un espacio tierno y verde, como cuando se llega a un claro en el bosque. Yo era forastero y sólo pronuncié unas cuantas palabras que saqué de mi mochila, pero eran como las suyas y nada más las cambiamos unas por otras. Él se entusiasmó, me miraba a los ojos, y bruscamente los árboles rompieron el silencio. “Sabe, pronto saldrá el agua de las hendiduras.” “No es malo vivir en la altura. Lo malo es bajar al pueblo a echarse un trago porque luego allá andan las viejas calientes. Después es más difícil volver a remontarse, nomás acordándose de ellas”… Dijimos que se iba a quitar el frío, que allá lejos estaban los nubarrones empujándolo y que la cosecha podía ser buena. Caían nuestras palabras como gruesos terrones, como varas resecas, pero nos entendíamos.

            Llegamos al pueblo donde estaba el único mesón. Cuando bajé de la carreta empezó a buscarse en todos los bolsillos, a vaciarlos, a voltearlos al revés, inquieto, ansioso, reteniéndome con los ojos: “¿Qué le regalaré? ¿Qué le regalo? Le quiero hacer un regalo…” Buscaba a su alrededor, esperanzado, mirando el cielo, mirando el campo. Hurgoneó de nuevo en su vestido de miseria, en su pantalón tieso, jaspeado de mugre, en su saco usado, amoldado ya a su cuerpo, para encontrar el regalo. Vio hacia arriba, con una mirada circular que quería abarcar el universo entero. El mundo permanecía remoto, lejano, indiferente. Y de pronto, todas las arrugas de su rostro ennegrecido, todos esos surcos escarbados de sol a sol, me sonrieron. Todos los gallos del mundo habían pisoteado su cara llenándola de patas. Extrajo avergonzado un papelito de no sé dónde, se sentó nuevamente en la carreta y apoyando su gruesa mano sobre las rodillas tartamudeó:

– Ya sé, le voy a regalar mi nombre.

Querido Diego, te abraza Quiela

Parece haber transcurrido una eternidad desde que te escribí y sé de ti Diego. No había querido escribirte porque me resulta difícil callar ciertas cosas que albergo en mi corazón y de las cuales ahora sé a ciencia cierta que es inútil hablar. Tomo la pluma sólo porque juzgaría descortés no darte las gracias por el dinero que me has enviado. No lo hice por las tres últimas remesas de febrero 6, marzo 10 y principios de junio por 260, 297 y 300 francos respectivamente, y han pasado más de cuatro meses. Te mandé, eso sí, los nuevos grabados aparecidos en Floreal , pero ni una línea tuya al respecto. Tampoco una sola línea en las remesas de dinero. Si te dijera que hubiera preferido una línea al dinero, estaría mintiendo sólo en parte; preferiría tu amor es cierto, pero gracias al dinero he podido sobrevivir, mi situación económica es terriblemente precaria y he pensado en dejar la pintura, rendirme, conseguir un trabajo de institutriz, dactilógrafa o cualquier otra cosa durante ocho horas diarias, un abrutissement general con ida al cine o al teatro los sábados y paseo en Saint Cloud o Robinson los domingos. Pero no quiero eso. Estoy dispuesta a seguir en las mismas, con tal de poder dedicarme a la pintura y aceptar las consecuencias: la pobreza, las aflicciones y tus pesos mexicanos.

Ahora sé por Élie Faure de tu amor mexicano, pero mis sentimientos por ti no han cambiado ni me he buscado ni deseo yo un nuevo amor. Siento que tu amor mexicano puede ser pasajero porque tengo pruebas de que así suelen serlo. Sé que a Marievna tampoco le escribes; sólo remesas de dinero, pero ya no a través mío, para no herirme, sino de Adam Fisher. Ya ves que estoy bien enterada, no porque intente averiguarlo sino por tus amigos y los míos me lo dicen de golpe y porrazo sin duda alguna porque creen hacerme un bien al sacarme del sueño en el que vivo. Élie Faure fue claro: “Angelina, usted siempre ha sido una mujer de un gran equilibrio y de buen sentido, tiene usted que rehacer su vida. Con Diego todo ha terminado y usted es demasiado valiosa…” Ya no recuerdo lo que siguió diciendo porque no quise escucharlo, ni lo creí siquiera.

Cuando te fuiste Diego, todavía tenía ilusiones. Me pareció que a pesar de todo seguían firmes esos profundos vínculos que no deben romperse definitivamente, que todavía ambos podríamos sernos útiles el uno al otro. Lo que duele es pensar que ya no me necesitas para nada, tú que solías gritar: “Quiela” como un hombre que se ahoga y pide que le echen al agua un salvavidas.

Pero ¡vamos! Podría seguir escribiendo indefinidamente, pero como tienes poco tiempo para desperdiciar, tal vez esta carta vaya resultado demasiado larga. Es inútil pedirte que me escribas, sin embargo deberías hacerlo. Sobre todo, contéstame esta carta que será la última con la que te importune, en la forma que creas conveniente pero en toutes lettres. No necesitas darme muchas explicaciones, unas cuantas palabras serán suficientes, un cable, la cosa es que me las digas. Para terminar te abrazo con afecto.

Quiela

http://redescolar.ilce.edu.mx/educontinuaOLD/lengua_comunicacion/el_otono/entrale/entrale_poniatow/etapa3/etapa3.htm