Ricardo Garibay

“Las mujeres son la maravilla del mundo. Desde hace 30 años yo leo casi exclusivamente libros escritos por mujeres. Me asombran sus obras. Obras como la de Malú, la libanesa, magnífica escritora. Acabo de leer con placer Nosotras, que nos queremos tanto, de la chilena Marcela Serrano. He leído a Tang, la china que vive en San Francisco, y a una mujer verdaderamente genial que se llama Izaco Mabsubara, japonesa teóloga y filósofa que escribe en alemán. Su novela Los pájaros del crepúsculo es una obra maestra. Son la otra cara de la luna, la que no vemos. Es un coto fascinante, enteramente secreto y riquísimo que apenas ahora comienza a exhibir la ternura de su lucidez, esa capacidad enorme para vivir y soportar la minucia incesante. La multiplicidad es la mujer. Los hombres somos toscos, brutos y vulgares. Pero ellas son lindas, son la vida misma, y cuando tienen talento para escribir son una fuente espléndida de conocimiento.

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Rícardo Garibay Entrevistado por René Avilés

Afinidades, diez años sin Ricardo Garibay

René Avilés Fabila

Conocí a Ricardo Garibay, como lo he contado en algún libro de memorias, poco después de que él había publicado un soberbio libro: Beber un cáliz. La novela me fue particularmente dolorosa porque yo acababa de perder a un hombre amado, mi abuelo, y la novela me traía un poco de alivio, como lo hizo una obra del italiano Vasco Pratolini, Crónica familiar. Busqué a Ricardo Garibay a pesar de que quienes lo conocían hablaban de la dureza de su carácter y de la violencia con la que trataba a los advenedizos, de su hosquedad. Alguien me dio su número telefónico y el propio Ricardo me concedió la cita. El encuentro fue un monólogo. Garibay era un torrente de talento y cultura, de justa agresividad. Implacable y severo, no toleraba torpezas ni lo impresionaban los talentos surgidos al amparo de la publicidad. Sabía que el camino de las letras es duro y aún así lo tomó. Nunca lo vi flaquear, no le conocí titubeos en los años en que fuimos amigos, hasta su muerte. Mentiría si digo que lo traté con intimidad, pero nuestros encuentros fueron por fortuna muchos y todos para mí venturosos. Dos amigos suyos le procuramos algunos de los escasos homenajes que en vida le rindieron. José María Fernández Unsaín y yo. El primero en SOGEM, el segundo en la UAM-X. Más adelante el INBA llevó a cabo uno más en la sala Manuel M. Ponce, donde asimismo participé, acompañando a Ignacio Trejo Fuentes… Por último debo añadir, y esto también lo he narrado en otra parte, que fui parte del jurado, junto con Sergio Galindo, que le concedió el Premio Colima a la mejor obra publicada por Taíb. Sigue leyendo