RÉQUIEM POR UN QUERUBÍN O lO NOCIVA QUE PUEDE SER LA PUBLICIDAD Liliana V. Blum

  Su madre solía llamarlo “querubín”, darle besos en las rosadas y regordetas mejillas, y obsequiarlo con todo tipo de dulces. Su padre le decía “pinche chamaco” y le brindaba fuertes insultos y bien colocados zapes. Cuando esto sucedía, Juanito, aunque ya f010dh01con once primaveras en su haber, podía provocar en sí mismo una regresión y convertirse -por lo menos ante los ojos de su progenitora- en un bebé de escasos meses, que lloraba desamparado. La madre se convertía entonces en una loba herida y atacaba fieramente a su cónyuge. El angelito sonreía para sus adentros, pero el llanto iba en aumento y su piel morena se tornaba al color de las granadas. Aquella mañana, ése había sido precisamente el caso. La señora dijo: “Ahora lo llevas al zoológico, Juan, por hacerlo llorar. Míralo, pobre muñeco, ¿no te parte el alma verlo así? Ándale, además hace mucho que no sales con él.” Cáscara de macho, corazón de palmito y mandilón, el hombre tuvo que aceptar. En realidad, imaginar a su pareja empuñando una sartén, el cuerpo enfundado en una bata con florecitas y la cabeza teñida y coronada de tubos azul pastel, le resultaba tan aterradora, que sólo le quedó musitar un resignado sí-mi-vida-como-no-ahorita-mismo-lo-llevo. Sigue leyendo