MÉTASE MI PRIETA ENTRE EL DURMIENTE Y EL SILBATAZO Elena Poniatowska

MÉTASE MI PRIETA ENTRE EL DURMIENTE Y EL SILBATAZO
Elena Poniatowska
El tubo de la luz perfora la noche y la máquina se abre paso entre muros de
árboles, paredes tupidas de una vegetación inextricable: “Soy yo el que avanzo
o son los árboles los que caminan hacia mí” se pregunta el maquinista rodeado
de la densidad nocturna y del olor azucarado del trópico. Los pájaros vuelan
tren-del-fin-del-mundodentro de la luz, se dirigen al fanal y se estrellan. Un minuto antes de morir
tienen los ojos rojos. Toda la noche, el maquinista ve morir los pájaros. El fanal
también enceguece las plantas, las vuelve blancas y sólo cuando ha pasado
recobran su opulencia y más arriba se dibujan de nuevo las masas sombrías de
los montes. A Pancho le gusta asomarse afuera de la locomotora y ver cómo
hacia atrás todo regresa a la vida; los arbustos de vegetación cerrada resucitan,
transfigurados, fantasmales, se persignan deslumbrados ante la luz. Después, la
noche los traga, inmensa y hosca como ese ejército de árboles que se despliega
sobre centenares de kilómetros a la redonda con quién sabe qué secreta
estrategia de guerra. Entre tanto, los vuelos entrecruzados de mil insectos
luminosos atraviesan la oscuridad del cielo; hasta se oye el estertor de algún
animal cogido en una trampa y uno que otro grito de pájaro herido. Pancho
piensa fascinado en los miles de pájaros que caen sobre los rieles; de ellos no
han de quedar ni los huesitos, huesitos de pájaro, palillos, ramitas, lo más
frágil. El reflector eléctrico pesa media tonelada e ilumina a dos kilómetros de
distancia; dentro de esa luz blanca los insectos bailan hasta que amanece. Sigue leyendo