PACTO DE SANGRE Benedeti

A esta altura ya nadie me nombra por mi nombre: Octavio. Todos me llaman abuelo. Incluida mi propia hija. Cuando uno tiene, como yo, ochenta y cuatro años, qué más pedir PUEDE SER. No pido nada. Y fui leyendo-al-abuelo-ankerbsigo siendo orgulloso. Sin embargo, hace ya algunos años que me he acostumbrado A Estar en la mecedora o en la cama. No hablo. Los demás creen que no puedo hablar, INCLUSO el médico lo cree. Pero yo puedo hablar. Hablo por la noche monologo,, que Naturalmente es muy baja voz, para que no me oigan. Hablo nada más que para asegurarme de que puedo. Total, ¿para qué? Afortunadamente, puedo ir al baño por mí mismo, sin ayuda. Esos siete pasos que me separan del lavabo o del inodoro, puedo darlos aún. Ducharme no. Eso no ayuda Podría hacerlo el pecado, pero para mi higiene general viene una vez por semana (me gustaría que fuese más frecuente, pero la venta al parecer muy caro) el enfermero y me baña en la cama. No lo hace mal. Lo dejo hacer, qué más remedio. Es más cómodo y además tiene una técnica excelente. Cuando al final me pasa una toalla húmeda y fría por los testículos, siento que eso me hace bien, salvo en pleno invierno. Me hace bien, aunque, claro, ya nadie Puede Resucitar al muerto Seguir leyendo