La llave de Tanizaki

Este año me propongo escribir libremente sobre un tema
del que hasta ahora no me había atrevido jamás a hacer ninguna mención en estas páginas. Siempre he evitado comentar
mis relaciones sexuales con Ikuko, pues temo que ella pueda
leer a hurtadillas mi diario y sentirse ofendida. Me atrevería
a decir que sabe con precisión dónde lo guardo, pero he decidido no seguir preocupándome por ello. Desde luego, la
rígida educación que recibió en Kioto le ha dejado un gran
poso de moralidad chapada a la antigua, y la verdad es que
más bien me enorgullezco de ello. Me parece improbable
que se dedique a hojear los escritos íntimos de su marido. Sin
embargo, no lo puedo descartar por completo. Si ahora, y por
primera vez, mi diario se centra principalmente en nuestra
vida sexual, ¿será ella capaz de resistirse a la tentación? Es
una mujer sigilosa por naturaleza, amante de los secretos,
que practica siempre la ocultación y finge no saber nada. Y lo
peor del caso es que para ella todo eso no es más que pudor
femenino. A pesar de que dispongo de varios lugares en los
que esconder la llave del cajón donde guardo este cuaderno,
es muy posible que una mujer como ella los haya registrado
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todos. Y, además, no le costaría nada hacerse con un duplicado de la llave.
Acabo de anotar que he decidido no preocuparme, pero tal
vez haya dejado de hacerlo mucho tiempo atrás. Puede que en
mi fuero interno haya aceptado que ella lo lea, e incluso haya
confiado en que lo haga. En tal caso, ¿por qué cierro el cajón
y escondo la llave? Posiblemente sea para satisfacer esa necesidad que tiene ella de espiar. Por otro lado, si lo dejo donde es
probable que lo encuentre, quizá crea que escribo pensando
en que ella me va a leer y sea reacia a confiar en que digo la
verdad. Incluso podría pensar que oculto el auténtico diario en
alguna otra parte.
¡Ah, Ikuko, mi amada esposa! No sé si vas a leer estas páginas. Sería inútil que te lo preguntara, pues seguramente me
responderías que tú no haces esas cosas. Pero en el supuesto de
que lo hicieras, créeme, por favor, si te digo que lo anotado aquí
no es ninguna invención, que cada palabra es sincera. No voy
a insistir más, pues solo conseguiría resultar más sospechoso.
Que el propio diario sea testigo de la verdad que contiene.
No voy a limitarme, por descontado, a las cosas que a ella le
gustaría leer. No debo evitar las cuestiones que serán desagradables, incluso dolorosas, para ella. El motivo de que me sienta
obligado a escribir sobre esos temas es la extremada reticencia de Ikuko, su «refinamiento», su «feminidad», su presunto
pudor, todo cuanto hace que le avergüence hablar conmigo
de cualquier cosa de naturaleza íntima, o que le impide escucharme en las excepcionales ocasiones en que intento contarle
alguna anécdota subida de tono. Incluso ahora, después de
más de veinte años casados, con una hija ya lo bastante mayor
para casarse, Ikuko está dispuesta a poco más que realizar la
cópula en silencio. Jamás susurra palabras tiernas y amorosas
cuando yacemos abrazados. ¿Es eso propio de un verdadero
matrimonio?
Me impulsa a escribir la frustración de no tener jamás la
oportunidad de hablar con ella acerca de nuestros problemas
sexuales. A partir de ahora, tanto si lee estas páginas como si
no, supondré que lo hace y que le estoy hablando de una manera indirecta.
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Ante todo, quiero dejar claro que la amo. Esto es algo que
le he dicho no pocas veces, y creo que ella se percata de que es
cierto. Pero mi vigor físico no está a la altura del suyo. Este año
cumpliré cincuenta y cinco (ella debe de tener ahora cuarenta
y cuatro), una edad en la que uno no está especialmente decrépito, pero aun así me fatigo con facilidad cuando hacemos
el amor y una frecuencia semanal o cada diez días es suficiente
para mí. Hablar con franqueza sobre este tema es lo que a ella
más le desagrada, aunque lo cierto es que, a pesar de la debilidad de su corazón y de que su salud es más bien frágil en general, mi mujer se muestra anormalmente vigorosa en la cama.
Eso es lo único que rebasa mi comprensión, y no sé cómo
tomármelo. No me pasa desapercibido que soy un marido que
no da la talla, y no obstante… Supongamos que ella tuviera
una relación con otro hombre. (La mera sugerencia escandalizará a Ikuko y me acusará de llamarla inmoral, pero solo estoy
planteando un caso hipotético.) Eso sería más de lo que yo
podría soportar. Me basta imaginar semejante cosa para sentirme celoso. Pero lo cierto es que, por consideración a su salud,
¿no debería ella esforzarse un poco por reducir sus excesivos
apetitos?
Lo que más me irrita es el declive constante de mi energía.
Desde hace algún tiempo, el acto sexual me deja exhausto, y
durante el resto de la jornada estoy demasiado cansado para
pensar… Pese a ello, si me preguntara si me disgusta hacerlo contestaría que no, todo lo contrario. En modo alguno actúo con desgana, y jamás el sentido del deber es un acicate
de mi deseo. Para bien o para mal, la amo apasionadamente,
y al decir esto he de hacer una revelación que ella juzgaría
de repugnante. Debo decir que posee cierto don natural, del
que es por completo inconsciente. De haber carecido yo de
experiencia con muchas otras mujeres, tal vez no hubiera sabido reconocerlo, pero estoy acostumbrado a ese placer desde
mi juventud, y sé que muy pocas mujeres tienen la adecuación
física de mi esposa para el acto sexual. Si la hubieran vendido
a uno de aquellos burdeles elegantes del viejo barrio de Shimabara, hubiera causado sensación; hubiera llegado a ser una
gran celebridad y todos los libertinos de la ciudad se habrían
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arracimado en torno a ella. (Quizás no debería mencionar esto,
pues, como mínimo, podría perjudicarme. Pero ¿cuál será su
reacción cuando lo sepa? ¿Le agradará, se sentirá avergonzada
o tal vez insultada? ¿No es probable que finja enojo cuando, en
su fuero interno, se sienta orgullosa?) Tan solo pensar en ese
don suyo provoca mis celos. Si, por casualidad, otro hombre lo
supiera, y supiera también que soy un cónyuge indigno de ella,
¿qué sucedería?
Esta clase de pensamientos me trastornan, aumentan mi
sentimiento de culpabilidad hacia ella, hasta que el remordimiento se vuelve intolerable. Entonces hago cuanto puedo por
mostrarme más ardiente. Le pido que me bese los párpados,
por ejemplo, puesto que soy especialmente sensible al estímulo en ese lugar. Y por mi parte, hago cualquier cosa que a ella
parezca gustarle –besarle las axilas o lo que sea– a fin de estimularla y, de ese modo, excitarme todavía más. Pero ella no
reacciona y opone una testaruda resistencia a esos «juegos antinaturales», como si estuvieran fuera de lugar en una relación
sexual convencional. Por más que intente explicarle que esta
clase de excitación preliminar no tiene nada de malo, ella se
aferra a su «recato femenino» y se niega a ceder.
Por otro lado, Ikuko sabe que siento cierta inclinación fetichista por los pies y que adoro los suyos, tan extraordinariamente bien formados, que nadie diría que son los de una mujer
de mediana edad. Aun así, o precisamente a causa de ello, casi
nunca me permite verlos. Ni siquiera en plena canícula se descalza. Si quiero besarle el empeine, exclama: «¡Qué asco!» o
«¡No deberías tocar semejante parte!». En resumen, me resulta
más difícil que nunca tratar con ella.
Que comience el nuevo año dejando constancia de mis quejas parece un tanto mezquino por mi parte, pero creo que es
mejor poner estas cosas por escrito. Mañana será la «primera
noche» del nuevo año y, sin duda, ella querrá que seamos ortodoxos y sigamos la ancestral costumbre. Insistirá en la observación solemne del rito anual.
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4 de enero
Hoy ha sucedido algo curioso. Últimamente tenía muy descuidado el estudio de mi marido y, esta tarde, mientras él había
salido a dar un paseo, me dispuse a adecentarlo. Allí, en el
suelo, delante de la estantería en la que yo había puesto un florero con narcisos, estaba la llave. Quizás haya sido tan solo un
accidente, pero no puedo creer que se le haya caído por puro
descuido. Eso habría sido muy impropio de él. Lleva un diario
desde hace muchos años, y jamás había hecho nada parecido.
Por supuesto, hace largo tiempo que conozco la existencia
del diario. Lo guarda en el cajón del escritorio y esconde la llave en algún lugar entre los libros o debajo de la alfombra. Pero
eso es todo lo que sé, y no tengo interés en saber más. Jamás
se me había pasado por la cabeza abrir ese cuaderno. Pero lo
que me duele es que él sea tan suspicaz. Al parecer, no se siente
seguro si no se toma la molestia de encerrarlo y ocultar la llave.
En ese caso, ¿por qué la habrá dejado tan a la vista? ¿Acaso
ha cambiado de idea y ahora quiere que lo lea? Tal vez comprende que, si me lo pidiera, yo me negaría a hacerlo, así que
me está diciendo: «Puedes leerlo en privado: aquí está la llave».
¿Significa eso que cree que no la he encontrado? ¿O quizás lo
que dice es que: «A partir de ahora reconozco que lo estás leyendo, pero seguiré fingiendo que no lo haces»?
En fin, no importa. Al margen de lo que él piense, jamás lo
leeré. No tengo el menor deseo de comprender su psicología
más allá de los límites que yo misma me he fijado. No me gusta
permitir que los demás sepan lo que pienso, y tampoco me
interesa curiosear en lo que ellos piensan. Además, si él quiere
mostrármelo, se me hace cuesta arriba creer que lo escrito sea
cierto. Y tampoco creo que me resultara agradable leerlo.
Mi marido puede escribir y pensar lo que le plazca, y yo haré
lo mismo. Este año doy comienzo a mi propio diario. Una mujer como yo, que no abre su corazón al prójimo, por lo menos
tiene que hablar consigo misma. Pero no cometeré el error de
dejarle sospechar lo que me propongo. He decidido esperar a
que él salga de casa para ponerme a escribir, y ocultar el cua-
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derno en cierto sitio en el que mi marido jamás se le ocurrirá
pensar. En realidad, uno de los atractivos que el diario tiene
para mí es que, aunque sé exactamente dónde encontrar el
suyo, él ni siquiera imaginará que también yo llevo un diario, y
eso me proporciona una deliciosa sensación de superioridad.
Anoche tuvo lugar el primer acontecimiento del nuevo
año… pero ¡cómo me avergüenza poner por escrito una cosa
así! Mi difunto padre solía decirme: «La discreción ante todo».
¡Ah, si él supiera, cuánto lamentaría la manera en que me he
degradado!… Como de costumbre, mi marido experimentó
la culminación del placer y, como de costumbre, yo me quedé
insatisfecha. Luego me sentí despreciable. Él siempre me pide
disculpas por su insuficiencia y no obstante me ataca porque
soy fría. Lo que quiere decir al llamarme fría es que, según
él, soy demasiado «convencional», estoy «inhibida» en exceso; en una palabra, soy demasiado aburrida. Al mismo tiempo,
dice que soy muy activa en la faceta sexual, hasta un punto
que es del todo anormal; solo en ese aspecto no soy pasiva ni
reservada. Pero se queja de que durante veinte años nunca he
estado dispuesta a desviarme del mismo método, de la misma
postura. Y, sin embargo, mis calladas insinuaciones jamás le
pasan desapercibidas; es sensible a la menor indirecta, y sabe
de inmediato lo que quiero. Tal vez ello se deba a que teme la
excesiva frecuencia de mis solicitudes.
Mi marido me considera prosaica y poco romántica. «No
me quieres ni la mitad de lo que yo te quiero», me dice. «Me
consideras una necesidad, y defectuosa, por cierto. Si me amaras de veras, deberías ser más apasionada, deberías acceder a
cualquier cosa que te pida.» Según él, yo tengo en parte la culpa de que no pueda satisfacerme plenamente, pues si intentara
excitarle un poco él no sería tan incapaz. Dice que no hago el
menor esfuerzo por cooperar con él… que, por hambrienta
que esté, lo único que hago es cruzarme tranquilamente de
brazos y esperar a que me sirvan. Cree que soy una mujer insensible y rencorosa.
Supongo no es irracional que mi marido piense eso de mí,
pero mis padres me educaron en la creencia de que una esposa debe ser reservada y modosa, y, ciertamente, jamás agresiva
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hacia el hombre. No es que yo carezca de pasión, sino que en
una mujer de mi temperamento la pasión se encuentra en lo
más profundo de su ser, está a demasiada profundidad para
que se manifieste. En el momento en que intento que aflore,
empieza a desvanecerse. Mi marido no parece capaz de comprender que mi pasión es como una llama pálida y secreta, no
resplandeciente.
He empezado a pensar que nuestro enlace fue un terrible
error. Es probable que existiera una pareja mejor para mí, y también para él. Lo cierto es que no podemos ponernos de acuerdo
sobre nuestros gustos sexuales. Me casé con él porque mis padres deseaban que lo hiciera, y durante los años transcurridos
he creído que el matrimonio es siempre así. Pero ahora tengo
la sensación de que acepté a un hombre totalmente inadecuado para mí. Tengo que aguantarle, por supuesto, ya que es mi
legítimo esposo, pero hay ocasiones en las que me siento incómoda solo con verle. No exagero, y no se trata de una sensación
nueva para mí. La experimenté la primera noche de nuestro
matrimonio, durante la luna de miel –hace ya tanto tiempo–,
cuando me acosté con él por primera vez. Todavía recuerdo
que me estremecí al verle el rostro cuando se quitó las gafas de
miope. Las personas que usan gafas siempre parecen un poco
raras sin ellas, pero la cara de mi marido parecía de improviso
cenicienta, como la de un muerto. Entonces se inclinó, acercándose a mí, y noté que sus ojos me perforaban. Le devolví la
mirada sin poder evitarlo, parpadeando, y en cuanto vi aquella
piel suave y brillante como el aluminio, me estremecí de nuevo.
Aunque no lo había notado durante el día, vi que los pelos del
bigote y la barba le despuntaban bajo la nariz y alrededor de los
labios (tiende a ser velludo) y también eso me causó una vaga
repugnancia.
Tal vez se debió a que nunca hasta entonces había visto tan
de cerca el rostro de un hombre, pero incluso hoy no puedo
mirarle con atención durante largo tiempo sin experimentar
la misma repulsión. Apago la lámpara que está al lado de la
cama para no verlo, pero es entonces, precisamente, cuando
él la quiere encendida y desea examinar mi cuerpo con detenimiento, con tanto detalle como le sea posible. (Intento re-
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chazarle, pero él insiste tanto, sobre todo en la contemplación
de mis pies, que he de dejarle que los mire.) Nunca he tenido
relaciones íntimas con otro hombre, y me intriga saber si todos
tienen unos hábitos tan desagradables. ¿Son esas innecesarias
caricias juguetonas y pegajosas lo que una ha de esperar de
todos los hombres?
7 de enero
Hoy Kimura nos ha hecho una visita para felicitarnos por el
Año Nuevo. Yo había empezado a leer Santuario, de Faulkner,
y regresé a mi estudio en cuanto hubimos intercambiado los
saludos. Él habló con mi mujer y Toshiko durante un rato en
la sala de estar, y entonces, alrededor de las tres, se las llevó al
cine, a ver Sabrina. Regresó con ellas a las seis, se quedó a cenar
y, tras la sobremesa, se marchó hacia las nueve.
Durante la cena, todos, excepto Toshiko, tomamos un poco
de coñac. Últimamente Ikuko parece beber algo más. Fui yo
quien la inicié, pero a ella le gustó desde el principio. Si la estimulas a hacerlo, beberá una cantidad considerable. Es cierto
que nota los efectos del alcohol, pero de una manera furtiva,
secreta, sin que se trasluzca. Reprime su reacción tan bien que
a menudo la gente no se da cuenta de lo mucho que ha bebido.
Esta noche Kimura le ha servido dos copas y media de coñac.
Ella se ha puesto un poco pálida, pero no parecía embriagada.
En cambio, Kimura y yo hemos enrojecido. Él no aguanta muy
bien el licor, la verdad es que no lo aguanta tan bien como
Ikuko. Pero ¿no ha sido esta noche la primera vez que ha permitido que otro hombre la persuadiera a beber? Él le había
ofrecido una copa a Toshiko, quien la rechazó y le dijo: «Dásela
a mamá».
Desde hace algún tiempo observo que Toshiko se muestra
reservada con Kimura. ¿Es porque cree que él tiene demasiadas atenciones hacia su madre? Esa idea también se me había
pasado por la cabeza, pero llegué a la conclusión de que estaba siendo celoso y la descarté. Tal vez estuviese en lo cierto, a
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fin de cuentas. Aunque mi mujer suele mostrarse fría con los
invitados, sobre todo con los hombres, con Kimura es bastante cordial. Ninguno de nosotros lo ha mencionado, pero se
parece a cierto actor norteamericano, que resulta ser el actor
favorito de Ikuko. (He observado que no deja de ver ninguna
de sus películas.)
Naturalmente, procuro que Kimura nos visite con frecuencia, porque le considero un posible candidato a la mano de Toshiko, y le he pedido a mi esposa que observe qué tal se llevan
los dos. Sin embargo, Toshiko no parece en absoluto interesada
por él, y hace cuanto puede para no quedarse a solas en su
compañía. Cada vez que viene a verla, incluso cuando van al
cine, siempre le pide a su madre que los acompañe.
–Lo estropeas todo al ir con ellos –le digo a Ikuko–. Déjalos
solos.
Pero ella se muestra disconforme y dice que, como madre,
tiene la responsabilidad de ir con ellos. Cuando le replico que
esa manera de pensar es anticuada, que debería confiar en
ellos, admite que tengo razón, pero dice que Toshiko quiere
que los acompañe. Suponiendo que así sea, ¿no se deberá a que
la muchacha sabe que a su madre le gusta Kimura? De alguna
manera, no puedo evitar la sensación de que han llegado a un
acuerdo tácito al respecto. Es posible que Ikuko no lo sepa y
crea que tan solo hace de carabina, pero creo que Kimura le
parece sumamente atractivo.
8 de enero
Anoche estaba un poco bebida, pero mi marido lo estaba
mucho más. Me pidió una y otra vez que le besara los párpados,
algo en lo que no había insistido últimamente, y yo había ingerido el coñac suficiente para hacerlo. Eso no hubiera tenido
mayores consecuencias, de no haberle visto por descuido lo
único que no soporto: su cara sin gafas. Al besarle cierro los
ojos, pero anoche los abrí antes de terminar, y su piel como
de alumino apareció ante mí como un primer plano en cine-
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mascope. Me estremecí y tuve la sensación de que yo misma
palidecía. Por suerte, no tardó en ponerse de nuevo las gafas
y, como de costumbre, empezó a examinar mis manos y pies.
No dije nada y apagué la luz. Él extendió la mano, en busca del
interruptor, pero yo empujé la lámpara y la alejé de él.
–¡Espera un momento! –me rogó–. Déjame que te mire otra
vez. Por favor…
Tanteó en la oscuridad, pero no pudo encontrar la lámpara
y, finalmente, abandonó el intento… Su abrazo fue mucho más
largo que de costumbre.
Siento un profundo desagrado hacia mi marido, pero le amo
casi con la misma intensidad. Por mucho que él me repugne,
jamás me entregaré a otro hombre. De ninguna manera podría
abandonar mis principios que me obligan a la fidelidad. Pese a
lo mucho que me exaspera su manera morbosa y repulsiva de
hacer el amor, es evidente que sigue enamorado de mí y siento
que, de alguna manera, he de responder a su afecto.
Ojalá hubiera conservado en mayor medida su vigor de antaño… ¿Por qué se ha reducido tanto su vitalidad? Según él,
la culpa es mía, porque soy demasiado exigente. Dice que las
mujeres pueden tolerarlo, pero no los hombres que trabajan
con el intelecto, a quienes esa clase de excesos pronto hacen
mella. Me azora al decirme esas cosas, pero sin duda sabe que
no tengo la culpa de mis necesidades físicas. Si realmente me
quisiera, debería aprender a satisfacerme. No obstante, confío
en que recuerde que no puedo soportar esos innecesarios hábitos juguetones que, lejos de estimularme, dan al traste con mi
buena disposición de ánimo. Mi naturaleza siempre me inclina
hacia las costumbres tradicionales, y quiero realizar el acto ciegamente, en silencio, bajo gruesos edredones, en el dormitorio
a oscuras. Es un terrible infortunio para un matrimonio que los
gustos de cada uno estén tan enfrentados en este aspecto. ¿No
habrá alguna manera de que lleguemos a un acuerdo?

Tanizaki