ESTÍO DE INÉS ARREDONDO

Estaba sentada en una silla de extensión a la sombra del amate, mirando a Román y Julio practicar el volley-ball a poca distancia. Empezaba a hacer bastante calor y la calma se extendía por la huerta.

–Ya, muchachos. Si no, se va a calentar el refresco.

Con un acuerdo perfecto y silencioso, dejaron de jugar. Julio atrapó la bola en el aire y se la puso bajo el brazo. El crujir de la grava bajo sus pies se fue acercando mientras yo llenaba los vasos. Ahí estaban ahora ante mí y daba gusto verlos, Román rubio, Julio moreno.

–Mientras jugaban estaba pensando en qué había empleado mi tiempo desde que Román tenía cuatro años… No lo he sentido pasar, ¿no es raro?

–Nada tiene de raro, puesto que estabas conmigo –dijo riendo Román, y me dio un beso.

–Además, yo creo que esos años realmente no han pasado. No podría usted estar tan joven.

Román y yo nos reímos al mismo tiempo. El muchacho bajó los ojos, la cara roja, y se aplicó a presionarse un lado de la nariz con el índice doblado, en aquel gesto que le era tan propio.

–Déjate en paz esa nariz.

–No lo hago por ganas, tengo el tabique desviado.

–Ya lo sé, pero te vas a lastimar.

Román hablaba con impaciencia, como si el otro lo estuviera molestando a él. Julio repitió todavía una vez o dos el gesto, con la cabeza baja, y luego sin decir nada se dirigió a la casa.

A la hora de cenar ya se habían bañado y se presentaron frescos y alegres.

–¿Qué han hecho?

–Descansar y preparar luego la tarea de cálculo diferencial. Le tuve que explicar a este animal A por B, hasta que entendió.

Comieron con su habitual apetito. Cuando bebían la leche Román fingió ponerse grave y me dijo.

–Necesito hablar seriamente contigo.

Julio se ruborizó y se levantó sin mirarnos.

–Ya me voy.

–Nada de que te vas. Ahora aguantas aquí a pie firme. –Y volviéndose hacia mí continuó–: Es que se trata de él, por eso quiere escabullirse. Resulta que le avisaron de su casa que ya no le pueden mandar dinero y quiere dejar la carrera para ponerse a trabajar. Dice que al fin apenas vamos en primer año…

Los nudillos de las manos de Julio estaban amarillos de lo que apretaba el respaldo de la silla. Parecía hacer un gran esfuerzo para contenerse; incluso levantó la cabeza como si fuera a hablar, pero la dejó caer otra vez sin haber dicho palabra.

–… yo quería preguntarte si no podría vivir aquí, con nosotros. Sobra lugar y…

–Por supuesto; es lo más natural. Vayan ahora mismo a recoger sus cosas: llévate el auto para traerlas.

Julio no despegó los labios, siguió en la misma actitud de antes y sólo me dedicó una mirada que no traía nada de agradecimiento, que era más bien un reproche. Román lo cogió de un brazo y le dio un tirón fuerte. Julio soltó la silla y se dejó jalar sin oponer resistencia, como un cuerpo inerte.

–Tiende la cama mientras volvemos –me gritó Román al tiempo de dar a Julio un empellón que lo sacó por la puerta de la calle.

Abrí por completo las ventanas del cuarto de Román. El aire estaba húmedo y hacia el oriente se veían relámpagos que iluminaban el cielo encapotado; los truenos lejanos hacían más tierno el canto de los grillos. De sobre la repisa quité el payaso de trapo al que Román durmiera abrazado durante tantos años, y lo guardé en la parte alta del closet. Las camas gemelas, el restirador, los compases, el mapamundi y las reglas, todo estaba en orden. Únicamente habría que comprar una cómoda para Julio. Puse en la repisa el despertador, donde estaba antes el payaso, y me senté en el alféizar de la ventana.

–Si no la va a ver nadie.

–Ya lo sé, pero…

–¿Pero qué?

–Está bien. Vamos.

Nunca se me hubiera ocurrido bajar a bañarme al río, aunque Leer Más…

¡CHISTT! DE A. CHEJOV

Iván Krasnukin, periodista de no mucha importancia, vuelve muy tarde a su hogar, con talante desapacible, desaliñado y totalmente absorto. Tiene el aspecto de alguien a quien se espera para hacer una pesquisa o que medita suicidarse. Da unos paseos por su despacho, se detiene, se despeina de un manotazo y dice con tono de Laertes
disponiéndose a vengar a su hermana:

-¡Estás molido, moralmente agotado, te entregas a la melancolía, y, a pesar de todo, enciérrate en tu despacho y escribe! ¿Y a esto se llama vida? ¿Por qué no ha
descrito nadie la disonancia dolorosa que se produce en el alma de un escritor que está triste y debe hacer reír a la gente o que está alegre y debe verter lágrimas de encargo? Yo debo ser festivo, matarlas callando, e ingenioso, pero imagínese que me entrego a la melancolía o, una suposición, ¡que estoy enfermo, que ha muerto mi niño, que mi mujer está de parto!…

Dice todo esto agitando los brazos y moviendo los ojos desesperadamente… Luego entra en el dormitorio y despierta a su mujer.

-Nadia -le dice-, voy a escribir… Te ruego que no me molesten, me es imposible escribir si los niños chillan, si las cocineras roncan…
Procura que tenga té y… un bistec, ¿eh?… Ya lo sabes, no puedo escribir sin té… El té es lo que me sostiene cuando trabajo.

Aquí nada es resultado del azar, del hábito, sino que todo, hasta la cosa más insignificante, denota una madura reflexión
y un programa estricto. Unos pequeños bustos y retratos de grandes
escritores, una montaña de borradores, un volumen de Belinski con
una página doblada, una página de periódico, plegada
negligentemente, pero de manera que se ve un pasaje encuadrado en lápiz azul, y al margen, con grandes letras, la palabra:
“¡Vil!” También hay una docena de lápices con
la punta recién sacada y unos cortaplumas con plumas nuevas, para que causas externas y accidentes del género de una pluma que se rompe no puedan interrumpir, ni siquiera un segundo, el libre impulso creador… Krasnukin se recuesta contra el respaldo del sillón y, cerrando los ojos, se abisma en la meditación del tema. Oye a su
mujer que anda arrastrando las zapatillas y parte unas astillas para calentar el samovar. Que no está aún despierta del todo se adivina por el ruido de la tapadera del samovar y del cuchillo que se le caen a cada instante de las manos. No se tarda en oír el ruido del agua hirviendo y el chirriar de la carne. La mujer no cesa de partir
astillas y de hacer sonar las tapas redondas y las puertecillas de la estufa. De pronto, Krasnukin se estremece, abre unos ojos asustados y olfatea el aire.

-¡Dios mío, el óxido de carbono! -gime con una mueca de
mártir-. ¡El óxido de carbono! ¡Esta mujer insoportable se empeña en envenenarme! ¡Dime, en el nombre de Dios, si puedo escribir en semejantes condiciones!

Corre a la cocina y se extiende en lamentaciones caseras. Cuando, unos instantes después, su mujer le lleva, caminando con precaución sobre la punta de los pies, una taza de té, él se halla, como antes, sentado en su sillón, con los ojos cerrados, abismado en su tema. Está inmóvil, tamborilea ligeramente en su frente con dos dedos y finge no advertir la presencia de su mujer… Su rostro tiene la expresión de inocencia ultrajada de hace un momento. Igual que una jovencita a quien se le ofrece un hermoso abanico, antes de escribir el título coquetea un buen rato ante sí mismo, se pavonea, hace carantoñas… Se aprieta las sienes o bien se crispa y mete los pies bajo el sillón, como si se sintiese mal o entrecierra los ojos con aire lánguido, como un gato tumbado sobre un sofá… Por último, y no sin vacilaciones,
adelanta la mano hacia el tintero y, como quien firma una sentencia de muerte, escribe el título…

-¡Mamá, agua! -grita la voz de su hijo.

-¡Chist! -dice la madre-. Papá escribe. Chist…

Papá escribe a toda velocidad, sin tachones ni pausas, sin tiempo apenas para volver las hojas. Los bustos y los retratos de los escritores  famosos contemplan el correr de su pluma, inmóviles, y parecen pensar: “¡Muy bien, amigo mío! ¡Qué marcha!”

-¡Chist! -rasguea la pluma.

-¡Chist! -dicen los escritores cuando un rodillazo los sobresalta, al mismo tiempo que la mesa. Bruscamente, Krasnukin se endereza, deja la pluma
y aguza el oído… Oye un cuchicheo monótono… Es el inquilino de la habitación contigua, Tomás Nicolaievich, que está rezando sus oraciones.

-¡Oiga! -grita Krasnukin-. ¿Es que no puede rezar más
bajo? No me deja escribir.

-Perdóneme -responde tímidamente Nicolaievich.

-¡Chist!

Cuando ha escrito cinco páginas, Krasnukin se estira de piernas y brazos, bosteza y mira el reloj.

-¡Dios mío, ya son las tres! -gime-. La gente duerme y yo…
¡sólo yo estoy obligado a trabajar!

Roto, agotado, con la cabeza caída hacia a un lado, se va al dormitorio, despierta a su mujer y le dice con voz lánguida:

-Nadia, dame más té. Estoy sin fuerzas…

Escribe hasta las cuatro y escribiría gustosamente hasta las seis, si el asunto no se hubiese agotado. Coquetear, hacer zalamerías ante
sí mismo, delante de los objetos inanimados, al abrigo de cualquier mirada indiscreta que le atisbe, ejercer su despotismo y su tiranía
sobre el pequeño hormiguero que el destino ha puesto por azar bajo su autoridad, he ahí la sal y la miel de su existencia. ¡De
qué manera este tirano doméstico se parece un poco al hombre insignificante, oscuro, mudo y sin talento que solemos ver en las salas de
redacción!

-Estoy tan agotado que me costará trabajo dormirme… -dijo al acostarse-. Nuestro trabajo, un trabajo maldito, ingrato, un trabajo de
forzado, agota menos el cuerpo que el alma… Debería tomar bromuro… ¡Ay, Dios es testigo de que si no fuera por mi familia
dejaría este trabajo!… ¡Escribir de encargo! ¡Esto es horrible!

Duerme hasta las doce o la una, con un sueño profundo y tranquilo… ¡Ay, cuánto más dormiría aún, qué hermosos sueños tendría, cómo florecería si
fuese un escritor o un editorialista famoso o al menos un editor conocido!…

-¡Ha escrito toda la noche! -cuchichea su mujer con gesto apurado-.
¡Chist!

Nadie se atreve a hablar ni andar, ni a hacer el menor ruido. Su sueño es una cosa sagrada que costaría caro profanar.

-¡Chist! -se oye a través de la casa-. ¡Chist!

TAMBIÉN LOS NIÑOS SON POBLACIÓN CIVIL DE HEINRICH BOLL

—No puede ser —gruñó el centinela. —¿Por qué? —pregunté. —Porque está prohibido. —¿Por qué está prohibido?

—No puede ser —gruñó el centinela.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque está prohibido.
—¿Por qué está prohibido?
—Porque está prohibido, tú, está prohibido que los pacientes salgan.
—Pero yo —dije con orgullo— soy un herido.

El centinela me contempló despreciativo:
—Seguro que es la primera vez que te hieren, si no ya sabrías que los heridos también son pacientes, y ahora vete ya.
Pero yo no podía comprenderlo:
—Entiéndeme —le dije—, sólo quiero comprarle pasteles a la niña esa…
Señalé hacia fuera, donde una pequeña y preciosa niña rusa estaba en medio de la nevada y vendía pasteles.
—¡Que te metas adentro!

La nieve caía silenciosa en los enormes charcos del oscuro patio de la escuela, la niña seguía allí, paciente, y repetía en voz baja: “Pahteleh… pahteleh…”.
—Oye tú —le dije al centinela—, se me hace agua la boca, deja pues que entre la niña.
—Está prohibido que entren civiles.
—Pero oye —le dije—, un niño no es más que un niño.
Me volvió a mirar despreciativo:
—O sea, que los niños no son población civil…
Era para desesperarse. La oscura calle vacía estaba envuelta por la nevasca y la niña seguía allí completamente sola y repitiendo: “Pahteleh…”, aunque no pasaba nadie.

Intenté salir sin más pero el centinela me agarró por la manga y se puso furioso:
—Oye tú —gritó—, lárgate o llamo al sargento.
—Eres un estúpido —le dije encolerizado.
—Sí —dijo el centinela, satisfecho—, cuando alguien sigue respetando las ordenanzas, para vosotros es un estúpido.

Me quedé todavía medio minuto en medio de la nevada y vi cómo los copos blancos se volvían lodo: todo el patio de la escuela estaba lleno de charcos, y en medio de ellos se veían pequeñas islas blancas como azúcar en polvo. De repente vi que la preciosa niña me hacía una seña con los ojos y aparentemente indiferente se iba calle abajo. La seguí por la parte interior del muro.

“Maldita sea”, pensaba, “¿seré verdaderamente un paciente?”. Y entonces vi que había un pequeño agujero en el muro, al lado del urinario, y delante del boquete estaba la niña con los pasteles. El centinela no nos podía ver aquí.

“El Führer bendiga tu respeto a las ordenanzas”, pensé.

Los pasteles tenían un aspecto magnífico: los había de castaña y de crema de mantequilla, roscas de levadura y nuégados en los que brillaba el aceite.
—¿Cuánto cuestan? —le pregunté a la niña.
Sonrió, me presentó la cesta y me dijo con su vocecita fina:
—Trehmarcohcinquenta cá’uno.
—¿Todos?
—Sí.

La nieve caía sobre su delicado pelo rubio y lo espolvoreaba con un fugaz polen plateado, su sonrisa era sencillamente encantadora. La oscura calle detrás suya estaba completamente vacía y el mundo parecía muerto…

Tomé una rosca de levadura y la probé. Sabía riquísima, estaba rellena de mazapán. “Ajá”, pensé, “por eso son tan caras como los demás”.
La niña sonrió:
—¿Bueno? —preguntó—, ¿bueno?
Asentí. El frío no me importaba. Tenía la cabeza reciamente vendada y me parecía a Theodor Körner. Probé además un pastel de crema de mantequilla dejando que aquella materia deliciosa se derritiese despacio en mi boca. Y una vez más se me hizo agua la boca…
—Ven —le dije en voz baja—, me los quedo todos, ¿cuántos tienes?

La niña empezó a contarlos cuidadosamente con un dedo pequeño, delicado y un poquito sucio, mientras yo devoraba un nuégado. Todo estaba muy silencioso y casi me parecía como si en el aire se meciesen suavemente los copos de nieve. La niña contaba despacio, se equivocó un par de veces, y yo seguía allí de pie, completamente tranquilo, y me comí dos pasteles más. Luego alzó de repente sus ojos hacia mí, tan terriblemente verticales que sus pupilas estaban por completo arriba y el blanco de sus ojos era azulenco como leche desnatada. Gorjeó alguna cosa en ruso, pero me encogí de hombros sonriendo y entonces se agachó y con su dedito sucio escribió un 45 en la nieve. Añadí los cinco que ya me había comido y le dije:
—Dame también la cesta, ¿sí?
Asintió y me pasó la cesta con mucho cuidado a través del boquete; yo le pasé dos billetes de cien marcos. Dinero teníamos de sobra, por un abrigo pagaban los rusos setecientos marcos y en tres meses no habíamos visto sino lodo y sangre, un par de putas y dinero…

—Ven mañana otra vez, ¿sí? —le dije en voz baja, pero ya no me oía, se había escabullido muy ágil y cuando metí tristemente mi cabeza por el boquete ya había desaparecido y sólo veía la silenciosa calle rusa, melancólica y completamente vacía: las casas de tejados planos parecían irse cubriendo poco a poco con la nieve. Mucho tiempo estuve así, como un animal que mira con ojos tristes desde detrás de la cerca, hasta que me di cuenta de que mi cuello comenzaba a agarrotarse y metí de nuevo la cabeza en el redil.

Y recién entonces olí que en ese rincón hedía espantosamente, a urinario, y los lindísimos pastelillos estaban todos cubiertos por la nieve como con una tierna capa de azúcar. Cansado, levanté la cesta y me dirigí a la casa, no sentía frío, me parecía a Theodor Körner y hubiese podido permanecer una hora más en la nieve. Me fui porque tenía que ir a alguna parte. Se tiene que poder ir a alguna parte, se tiene que poder. No se puede quedar uno quieto y dejarse helar.
A alguna parte se tiene que poder ir, aunque esté uno herido, en una tierra extranjera, negra, muy oscura…

Heinrich Böll.
Escritor, Premio Nobel de Literatura en 1972. Entre sus obras: Opiniones de un payaso, Billar a las nueve y media y El tren llegó puntual.

Versión al español de Ricardo Bada

TODO EL PESO DE LA LEY DE JORGE MAJUD

 En la mañana del 27 de julio, los diarios y la televisión dieron la noticia de un raro crimen cometido en Sayago. Dos indigentes habían dado muerte a un tercero, posiblemente en la noche del día anterior. Aunque sin llegar a inquietar, a muchos sorprendió la noticia. Lo razonable, y lo que más se acostumbra, es matar por dinero, por orgullo o por alguna pasión familiar. Y nada de estas cosas podía tener un semihombre que vivía en los basurales de la ciudad. Nunca se supo exactamente el motivo de la golpiza; y ya nadie quiso saber más cuando el juez dio a los asesinos diez años de prisión. Pero yo, el juez, nunca olvidé del todo el caso y algunos años después visité a los reos en la cárcel. Lo hice casi en secreto, como todo, porque la gente gustaba decir que yo tenía preferencia por los criminales y no por las víctimas. Ahora, si debiera dictar sentencia de nuevo, les daría otros diez años de cárcel; no por justicia, sino por compasión. Creo que podré explicarme. El indigente muerto era el doctor Enríquez, el que Leer Más…

UN CONOCIDO DE ANA ALEXÁNDROVNA KARAVÁIEVA

Apoyadas en la pared de un henil, junto a la carretera, dos muchachas buscaban refugio contra la lluvia.

-Es inútil esperar – dijo una de ellas, rubia, tocada con boina roja -. ¡Tenemos lluvia para todo el día!

-No pasa ni una triste camioneta; ni que fuera un castigo… Podríamos pedir que nos llevaran -prosiguió contrariada su amiga, pelirroja, fea, que se cubría la cabeza con un pañuelo a cuadros, a la moda.

-¡Mira, Tonia, mira! -exclamó de pronto, vivamente-. ¡Un coche! ¡Sale del bosque y tuerce por la carretera, hacia aquí!

-¡Madre mía… es un conocido, Katia!

-Mejor. ¿Por qué te disgusta? – repuso su amiga, sorprendida.

Tonia hizo un gesto de mal humor y añadió:

-Para ti es fácil hablar, pero a mí me ha ocurrido con él una historia desagradable. Tú hace poco que vives por aquí y hay muchas cosas que aún no sabes.

-¿Qué historia es ésta, si no se trata de un secreto? – preguntó Katia.

-¡Bueno está el secreto!… Todo el mundo sabe que estuvimos a puntos de casarnos, que nos habíamos prometido. Entonces acabó la guerra y muy pronto regresó Seriozha… el que había sido mi novio…

-¿Cómo te metiste en un lío semejante? – le reprochó la amiga.

-Que quieres que te diga… fue así… -contestó Tonia, suspirando cohibida-. Se recibió carta de un camarada de Serguéi, del frente. Decía que Serguéi había perecido. Se lo escribió a la madre. Todos lo lloramos, mas… pasó el tiempo y volvió hecho un héroe… Y hemos seguido siendo novios, como antes… Ya llega mi conocido… En mala hora nos hemos puesto aquí… ¡Qué lata! Uno de los coches delComité del distrito avanzaba dando saltos por la carretera,negra como el alquitrán, erosionada por las lluvias. El chofer se asomó por la ventanilla y gritó, jovial:

-¡Tonia, Tonia! ¿Qué haces ahí, mojándote? … ¡Subid, os llevaré!

-A lo mejor no vas por nuestro camino… – balbuceó Tonia indecisa -. Nosotras tenemos que ir a Kúzovlevo… Para ti sería un rodeo. Leer Más…

LOS PORTADORES DE SUEÑOS DE GIOCONDA BELLI

En todas las profecías está escrita la destrucción del mundo.

 

Todas las profecías cuentan que el hombre creará su propia destrucción.

Pero los siglos y la vida que siempre se renueva engendraron también una generación de amadores y soñadores.

Hombres y mujeres que no soñaron con la destrucción del mundo, sino con la construcción del mundo de las mariposas y los ruiseñores.

Desde pequeños venían marcados por el amor, detrás de su apariencia cotidiana guardaban la ternura del sol de medianoche.

Las madres los encontraban llorando por un pájaro muerto y más tarde también los encontraron a muchos muertos como pájaros.

Estos seres cohabitaron con mujeres traslúcidas y las dejaron preñadas de miel y de hijos verdecidos por un invierno de caricias.

Así fue como proliferaron en el mundo los portadores de sueños.

Fueron atacados ferozmente por los portadores de profecías habladoras de catástrofes.

Los llamaron ilusos, románticos, pensadores de utopías dijeron que sus palabras eran viejas y, en efecto, lo eran porque la memoria del paraíso es antigua en el corazón del hombre.

Los acumuladores de riquezas les temían y lanzaban sus ejércitos contra ellos, pero los portadores de sueños todas las noches hacían el amor y seguía brotando su semilla que no solo portaba sueños sino que los multiplicaban y los hacían correr y hablar.

De esta forma el mundo engendró de nuevo su vida como también había engendrado a los que inventaron la manera de apagar el sol.

Los portadores de sueños sobrevivieron a los climas helados.

“Son peligrosos”, imprimían las grandes rotativas.

“Son peligrosos”, decían los presidentes en sus discursos

“Son peligrosos”, murmuraban los artífices de la guerra.

“Hay que destruirlos”, imprimían las grandes rotativas

“Hay que destruirlos”, decían los presidentes en sus discursos

“Hay que destruirlos”, murmuraban los artífices de guerra.

Los portadores de sueños conocían su poder, por eso no se extrañaban.

También sabían que la vida los había engendrado para protegerse de la muerte que anuncian las profecías.

Y por eso defendían su vida, aún con la muerte.

Por eso cultivaban jardines de sueños y los exportaban con grandes lazos de colores.

Los profetas de la oscuridad se pasaban las noches y días enteros vigilando los pasajes y los caminos buscando estos peligrosos argamentos que nunca lograban atrapar porque el que no tiene ojos para soñar no ve los sueños ni de día ni de noche.

Y en el mundo se ha desatado un gran tráfico de sueños que no pueden detener los traficantes de la muerte; por todas partes hay patentes con grandes lazos que sólo esta nueva raza de hombres puede ver la semilla de estos sueños no se puede detectar porque va envuelta en rojos corazones en amplios vestidos de maternidad donde piececitos soñadores alborotan los vientres que los albergan.

Dicen que la tierra después de parirlos desencadenó un cielo de arco iris y sopló de fecundidad las raíces de los árboles.

Nosotros sólo sabemos que los hemos visto, sabemos que la vida los engendró para protegerse de la muerte que anuncian las profecías.

LA PSIQUIATRÍA DE MIJAIL ZOSCHENKO

Ayer estuve en la clínica para curarme. Había un enorme gentío. Casi como en el tranvía. Lo más curioso de todo era ver la hilera de gente que quería consultar al psiquiatra.
Yo le dije a mi vecino:
– ¿Sabe usted? Lo que me asombra es la cantidad de gente que está enferma de los nervios. Forman una mayoría abrumadora .
Un  ciudadano  bastante  gordo,  que  posiblemente  había  sido antes un verdulero o quién sabe qué demonios, dijo:
– ¿Qué tiene eso de  extraño? La humanidad  quiere comerciar, y aquí lo único que puedes hacer es mirar. Por eso yo estoy enfermo.
Otro,  de  semblante ceroso,  seco, con  una vieja guerrera, salta y dice:
– Oiga usted, cuidado con lo que dice, porque, de lo contrario, voy a telefonear a donde corresponde y ya le darán a usted humanidad.
Un hombre con bigote gris pretendió aplacar los ánimos.
– ¿Qué le importa a usted esa gente? –dijo, dirigiéndose al del rostro ceroso–.  Son  simplemente  ignorantes. No saben nada. No; las enfermedades nerviosas tienen causas mucho más profundas. La humanidad está desbordada. La razón del auge de las enfermedades nerviosas está en la ciudad, en los tranvías, los  balnearios…  la civilización, en suma.  Nuestros antepasados de la Edad de Piedra vivían y bebían a placer, y hacían esto y aquello sin resentirse de los nervios. Hasta creo que entonces ni siquiera tenían médicos.
Y el de la cara cerosa dice:
– ¡Ah!, no le gusta la civilización, ¿eh? ¿No le gusta nuestra administración?  Bonita  manera  de hablar, dentro  de un establecimiento soviético. No mezcle usted la ciencia con sus opiniones burguesas. ¿Sabe usted cómo se arreglan esas opiniones?
En este momento llama el médico:
– El siguiente.
Y el hombre de rostro ceroso, con su vieja guerrera, se apresura, sin terminar la frase, y desaparece detrás del biombo.
Al poco rato oímos que al otro lado del biombo el enfermo dice:
– En realidad, estoy completamente bien; lo único que padezco es de insomnio. Duermo mal. Recéteme  algunas  gotas  o algunas píldoras.
El médico le contesta:
– No, píldoras no le receto. No hacen más que perjudicar. Yo me atengo a los modernos métodos terapéuticos. Yo busco la causa de la enfermedad y la ataco en su raíz. Ese es mi método. Usted tiene el sistema nervioso deshecho. Y ahora le pregunto: ¿Ha sufrido usted alguna emoción? Piense bien.
En un principio, al enfermo le cuesta comprender; luego suelta diferentes sandeces, y, por fin, afirma que no ha sufrido nunca emoción alguna.
– Piense usted bien –insiste el médico–. Es muy importante recordar  la  causa. Ya  la  encontraremos,  la  analizaremos, y quizá vuelva usted a recobrar la salud.
El enfermo repite:
– No, no he sufrido emociones.
– Está bien –dice el médico–; quizá se ha excitado por algo.
Alguna excitación violenta, algún trauma, ¿eh?
– Sí, una vez tuve una emoción, pero hace ya mucho tiempo, quizá diez años.
– Diga, diga –insiste el médico–. Eso le aliviará. Es decir, que se ha estado atormentando durante diez años. De acuerdo con mi método, tiene usted que contarme esa vivencia abrumadora. Y entonces se sentirá usted más aliviado y podrá volver a dormir.
El enfermo carraspea un poco, reflexiona y empieza a contar:
– Acababa de regresar del frente. No había estado en casa desde hacía medio año. Llego y subo la escalera. Mi ropa, naturalmente, se hallaba en bastante mal estado. El capote y los pantalones. Por todas partes pululaban los piojos. Y de este modo me llego hasta mi esposa, a quien no había visto desde hacía medio año. Me dirijo, pues, hacia ella, pensando que no está bien presentarse con un aspecto tan desastrado ante mi mujer. Entro en  la habitación y veo que  allí hay una mesa. Y sobre la mesa, vodka y arenques. A la mesa está sentado mi sobrino  Mishka.,  el cual rodea con  el  brazo el cuello de mi mujer. No,  no; esto no me  soliviantó lo más mínimo. No; yo pensé: “¿Acaso una mujer joven no puede dejarse abrazar?” En ese momento, los dos me ven. Mishka coge rápidamente la botella de vodka y la esconde debajo de la mesa. Mi mujer dice: “Buenos días.” Esto tampoco me excitó, y le di los buenos días. Entonces me fijo en que Mishka lleva puesta mi chaqueta. Mire usted, yo nunca he sido pendenciero ni he concedido demasiado valor al derecho de propiedad, pero aquella conducta me hirió profundamente. Sentí angustia y noté que el corazón me dolía. Mishka me dice: “Me  he  puesto su  chaqueta como un
disfraz, nada más. Sólo por broma.” Yo grité: “¡Quítate la chaqueta, cerdo!” Mishka dice: “¿Cómo voy a desnudarme delante  de  una dama?” Yo grito: “Aunque hubiese seis  damas, te quitas la chaqueta, cerdo.” De pronto Mishka  coge la botella de vodka y me da con ella en la cabeza…
En este punto el médico interrumpe el relato y dice:
– Ahora se comprende todo. Y desde ese momento padece usted de insomnio y duerme mal.
–  No  –dice el enfermo–;  entonces  todavía dormía  bien.
Precisamente entonces dormía a pierna suelta.
El médico dice:
– ¡Ah! Pero cuando se acuerda de esa ofensa no puede dormir, ahora lo veo claro: el solo recuerdo ya le soliviantaba.
El enfermo contesta:
– Bueno. En el primer momento, quizá. Pero, por lo demás, hace mucho tiempo que lo he olvidado. Desde que me separé de mi mujer ya no he vuelto a pensar en ello ni una sola vez.
– ¡Ah! ¿Está separado de ella?
– Sí, me separé. Y me casé con otra. Y luego con una tercera, y después con una cuarta, y he dormido siempre admirablemente. Pero desde que mi hermana llegó del pueblo y se instaló en mi habitación con todos sus niños, he dejado de dormir. Llego del trabajo a casa, me echo, y no puedo conciliar el sueño. Los críos andan alrededor, arman jaleo, juegan y se burlan de mí. Y no puedo dormir.
– Un momento –dice el médico–; de modo que son los niños los que no le dejan dormir.
– Naturalmente. Ellos son los que me molestan. Pero aun sin ellos tampoco puedo dormir. La habitación es pequeña y, además, es un lugar de paso. Y hay mucho trabajo. Y la alimentación es insuficiente. Uno está cansado. Pero uno se echa y no puede dormir.
– Bueno, pero si no estuviesen los niños…, sí. Supongamos… que hay silencio absoluto en la habitación.
– Tampoco puedo dormir. Durante las fiestas, mi hermana se marchó al campo con los niños. Cuando empezaba a dormirme, llegó la vecina –esa mala arpía–; llevaba unas brasas de carbón y pasó por mi cuarto. Tropezó y me echó el carbón encima. Quiero dormir y me doy cuenta que no puedo hacerlo porque la manta se quema. Y al lado, además, alguien toca la mandolina. Y los pies se me abrasan.
– Oiga usted  –dice entonces el médico–, ¿a qué diablos viene a verme?  Vístase. ¡Está bien, está bien! Le recetaré unas pastillas.
Detrás del biombo se oye suspirar y bostezar, y al poco rato aparece el hombre del rostro ceroso.
– El siguiente –dice el médico.
El hombre gordo que antes se había mostrado tan preocupado por el libre comercio, desaparece detrás del biombo. Pero mientras se dirige hacia allí, hace un ademán de desilusión con la mano y murmura:
– No es un buen médico. Muy superficial. Este tampoco me curará.
Contemplo  su  cara y  veo  que  seguramente tiene razón.  La medicina no podrá curarle.
Mijaíl Zóschenko representó, junto a escritores como Ilf y Petrov, una respuesta humorística en los tiempos más pavorosos del estalinismo. Como ellos, llegó a ser un narrador inmensamente popular. Leía en público sus cuentos, escritos en la estela de Chéjov y Gógol, y su auditorio se fue haciendo cada vez más amplio. Diversos testimonios recuerdan cómo aquel hombre de tez oscura, que leía con cara circunspecta sus breves narraciones, provocaba un coro de auténticas y sonoras carcajadas. En aquella época fue una eficaz válvula de escape para un público que al fin y al cabo podía reírse de sí mismo. Su capacidad para poner el dedo en los aspectos risibles humanos lo convierte en un escritor tan fascinante como intemporal. Mijail Zoschenko nació en 1895. Pertenecía a una familia noble de origen ucraniano. En 1914 se incorporó al ejército y, después de ganar medallas en la guerra, terminó como teniente. Su salud se hallaba entonces minada por los incidentes del conflicto bélico. Desde 1921 se instala en Petrogrado y se dedica a escribir. Siendo discípulo de Zamiatin, siguió la tendencia humorística y satírica que era tan apreciada en la época. En un breve plazo alcanzó popularidad. En Amauta únicamente apareció un relato suyo: `Una noche terrible`.16 El relato se iniciaba con una entradilla titulada `Autorretrato` en donde ya el propio autor muestra este distanciamiento de los demás escritores en tanto que no sigue ninguna ideología a pesar de su espíritu renovador ante los nuevos tiempos.
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SU ÚNICO HERMANO CRISTINA PACHECO

Otra vez Carolina, mi suegra, se me presentó sin avisar. Dijo que andaba cerca y pensó en venir a visitarnos. Le advertí que Santiago no estaba. Lo mandaron a León para comprar unas refacciones y no volvería hasta la noche. Ella me sonrió en espera de algo más. No supe qué decirle, pero me hice a un lado para invitarla a pasar.

Carolina entró con precaución, como si temiera golpearse con los muebles o romper algo. Las pocas veces que viene hace lo mismo. Esa actitud suya no me gusta. Se ve como una extraña y no como lo que es: la madre de Santiago. En parte él resulta culpable de que Carolina se porte de esa manera. Al besarla, él apenas la toca con los labios y cuando le habla lo hace con frialdad, a distancia, como si el recuerdo de Miguel abriera entre ellos una zanja cada vez más grande.

Cuando le hago notar el comportamiento hacia su madre, Santiago me dice que no lo entiendo, que sólo podría hacerlo otra persona a la que hubieran engañado como a él. Acabo por darle la razón. A lo mejor yo actuaría como Santiago si de pronto mi madre se creyera obligada a revelarme que un ser muy querido, muerto hace 10 años, no falleció como me dijeron (a causa de una enfermedad o de un accidente) sino que se suicidó. Fue lo que hizo Miguel, el hermano nueve años mayor que Santiago.

II

Supongo que no hay una pena más grande que mirar el cuerpo de un hijo meciéndose desde lo alto de un árbol. Así encontró Carolina a Miguel una tarde al regresar de su trabajo. Eso ocurrió cuando Santiago apenas había cumplido tres años. Era muy pequeño y no pudo comprender la desesperación de su madre ni por qué sus tíos se lo llevaban a su casa. Allí permaneció varias semanas, mientras mi suegra lograba sobreponerse al golpe y recuperar el interés por vivir.

Envidio la buena memoria de Santiago, pero a veces preferiría que no fuera tan exacta, sobre todo cuando piensa en aquella etapa de su vida. A pesar de la edad que tenía entonces recuerda muy bien su angustia por no ver a su madre y a su hermano y la serie de mentiras con que sus tíos justificaban sus ausencias: No te pongas triste. Mamita no vino hoy porque le salió mucho trabajo; tanto que ni siquiera nos habló por teléfono. “Carolina no ha tenido tiempo de venir a recogerte y si tampoco lo ha hecho tu hermano es porque a tu mamá no le gusta que el Migue ande solo. Además, como él ya está en segundo de secundaria, tiene muchísima tarea y en eso se le va toda la tarde”.

Santiago acababa por creer que todos esos pretextos eran verdad, pero aun así quería reunirse con su madre y sobre todo con Miguel. Lo veía como a la persona más maravillosa del mundo y lloraba su ausencia todo el tiempo. Para tranquilizarlo, sus tíos inventaron nuevas mentiras: “Migue está tomando clases por la tarde. Si no se pone al corriente volverá a reprobar y no quiere darle ese disgusto a Caro”. Tu hermano no te ha llamado porque tiene muy inflamadas las anginas y el médico no quiere que hable.

Cuando la situación se volvió insostenible ante Santiago, los tíos urdieron lo del viaje: Miguel se ganó una beca en la escuela para estudiar en Estados Unidos. Eso queda muy lejos y tardará un poquito en volver. Pero te escribirá y te hablará por teléfono en cuanto pueda.

Generosos, le inventaron cartas dirigidas a él y telefonemas que se interrumpían justo en el momento en que Santiago tomaba el auricular.

Mi marido se recrimina por no haberse dado cuenta de que algo terrible estaba sucediendo. Le aconsejo que no se culpe y recuerde que era sólo un niño de tres años a quien es imposible decirle la verdad. Él insiste en que hubiera preferido saber que su hermano estaba muerto y no sufrir la desilusión que sintió al regresar a su casa y no encontrarlo.

Aquel día pasó mucho tiempo buscándolo, llamándolo –“No te escondas, Migue. Ya sabes que me asusto cuando no te veo. ¡Háblame!”–, hasta que Carolina no pudo más y le suplicó que dejara de hacer eso. Su hermano no iba a regresar porque estaba muerto. Santiago recuerda la forma en que su madre lo estrechó con desesperación mientras le daba explicaciones acerca de la terrible enfermedad que había acabado con la vida de Miguel.

Santiago perdió el apetito y el habla. Me lo imagino silencioso, detenido frente a una palabra enigmática y demasiado grande –muerte– sobre todo para un niño que, a punto de cumplir cuatro años, ha vivido desde siempre sin su padre y comprende que para siempre vivirá sin su único hermano.

III

Mi esposo tuvo muy poco trato con Enrique, su padre. Carolina lo describe como un aventurero. A los pocos meses de su matrimonio él aceptó trabajar en una compañía de mudanzas que daba servicio hasta Estados Unidos. Conoció a su primer hijo, Miguel, cuando el niño acababa de cumplir un mes. El fervor de la paternidad le inspiró el deseo de buscar un trabajo más estable. Lo encontró en una fábrica de tinacos. Pronto allí mismo le ofrecieron que tomara una plaza de supervisor en Guanajuato. Se fue bajo juramento de que mandaría llamar a su familia en cuanto se estabilizara, pero nunca lo hizo, ni siquiera cuando lo trasladaron a Monterrey y mejoró en algo su situación.

Luego se mudó a Tijuana. Según me ha contado Carolina, desde allí les enviaba dinero cada quincena, y los domingos hacia las siete de la noche les hacía una llamada telefónica breve, llena de palabras cariñosas que a ella le sonaban falsas. Cuando era el turno de Miguel para hablar con su padre el niño sólo le pedía que le dijera cuándo iba a volver. Carolina se refiere mucho a aquellas tardes en que, al terminar la comunicación, abrazaba a Miguel y lo hacía prometerle que él nunca, bajo ningún motivo, iba a abandonarla.

Cuando ya nadie lo esperaba Enrique volvió en una Navidad. Permaneció en la casa más de dos meses. Aunque lo disimulara –me ha dicho mi suegra– ella notaba su urgencia por irse otra vez. Al fin cedió a su impulso. Carolina había quedado encinta. Por teléfono mantuvo a su marido al tanto del embarazo. En octubre le anunció el nacimiento del niño. Los dos estuvieron de acuerdo en llamarlo Santiago. Enrique sugirió que el bautizo se pospusiera hasta diciembre. Fue lo último que Carolina escuchó y supo de él.

A partir de ese momento la situación económica se agravó. Carolina se vio en la necesidad de trabajar. Hizo de todo: sirvienta, mesera, ayudante en un salón de belleza, cuidadora de enfermos, agente de productos naturistas. Hubo una época en que atendía dos trabajos a la vez y se vio obligada a desatender a sus hijos. Por las mañanas dejaba a Santiago bajo el cuidado de una vecina que se sostenía prestando en su casa el servicio de niñera. Luego se iba con Miguel hasta la escuela. Al dejarlo en la puerta le suplicaba que pusiera atención en las clases, no perdiera el tiempo ni la oportunidad de aprender que ella le brindaba con tantos y tantos sacrificios.

Siempre que mi suegra nos describe aquellas mañanas pienso en cuántas veces le habrá repetido a su hijo mayor la palabra sacrificio, y en cómo habrá llenado a Miguel de culpa al saber que cada palabra, cada fecha aprendidas, estaban escritas con el sudor de su madre. Nunca se lo he dicho a Santiago, pero no dudaría de que su hermano se haya quitado la vida para liberar a Carolina de la carga que él le representaba.

Mi suegra ya ha tenido demasiados sufrimientos como para agregarle otro: el rencor de Santiago. Cuando puedo, trato de hacerle ver que su madre le ocultó la forma en que Miguel se quitó la vida para protegerlo y evitar que la muerte de su único hermano le resultara aún más dolorosa al saber que se había ahorcado. Ella cargó sola esa imagen terrible durante años, hasta que una enfermedad la puso cerca del fin y decidió revelarle la verdad a Santiago.

Fue hace poco. Hablaron a solas. No sé de qué palabras se habrá valido Carolina para describir una escena abominable que por desgracia se repite más cada día. Lo sé por los periódicos. Con frecuencia publican notas acerca de niños suicidas. Al leerlas, pienso que tal vez no tuvieron libertad ni esperanza ni suficiente amor como para creer en que valía la pena mirar hacia el futuro.

http://www.jornada.unam.mx/2011/09/25/sociedad/040o1soc

http://lastresyuncuarto.wordpress.com/2011/09/25/cristina-pacheco-su-unico-hermano/

LA TUMBA DEL GATO NATSUME SOSEKI

ttp://www.taringa.net/posts/arte/13918024/Equot_La-tumba-del-gatoEquot_-Natsume-Soseki.html

Desde que nos instalamos en Waseda el gato ha comenzado a decaer a ojos vista. No muestra nada de ganas de jugar con los niños. Duerme en la veranda, cuando la calienta el sol. Estira bien las patas de adelante y apoya en ellas su hocico anguloso; y allí se queda, sin moverse, indefinidamente, con los ojos fijos en las plantas del jardín. Ignora a los niños que se agitan en vano a su alrededor. Ellos, por su parte, han renunciado desde el principio a ocuparse de él; con el pretexto de que no les sirve como compañero de juegos, lo dejan tranquilo. Pero no sólo ha dejado de interesarles a los niños: también la criada se contenta con dejarle un plato con leche en un rincón de la cocina, tres veces al día; aparte de esto, prácticamente no se ocupa de él. Además, lo que le dan de comer se lo devora casi siempre un gatazo de la vecindad, de pelo negro, blanco y marrón. Pero el interesado no parece querer enojarse. Nunca lo he visto pelear. No hace más que dormir, en una inmovilidad perfecta. Hasta cuando está acostado uno siente que no tiene el menor margen para ganar. No es para estar a sus anchas que se ha echado en el rincón en que da el sol, no; es sólo que, para él, ni hablar de moverse… Me doy cuenta de que mi descripción es insuficiente. Digamos que da la impresión de haber pasado los límites de la indolencia; sí, debe decirse a sí mismo que, si bien es triste permanecer quieto, más triste se sentiría ante la idea de hacer un movimiento, y, por lo tanto, soporta su estado con paciencia. Uno tiene la impresión de que clava la mirada en las plantas del jardín, pero la conciencia de las hojas de los árboles o de las formas de los troncos ni siquiera lo debe de haber rozado. De una vez y para siempre, ha clavado sus pupilas verdeamarillas en un punto. Así como mis hijos no reconocieron su existencia, él no reconoce la existencia del mundo.
 
A pesar de todo, de cuando en cuando le da por salir, como si tuviera algo que hacer. Entonces lo persigue el gatazo del vecindario. Como le tiene miedo, se sube de un salto a la veranda, atraviesa, rasgándolo, el papel de algún shoji1, y va a esconderse en el irori2. Es sólo en esos momentos cuando nos damos cuenta de su existencia. En cuanto al gato, quizás sea la única ocasión en que tiene plena consciencia de que existe.
De tanto repetir estas experiencias, los pelos de su larga cola han comenzado a ralear. Al principio tenía lamparones por acá y por allá; más tarde, de tantos pelos que perdía, quedó al desnudo la piel enrojecida. Daba pena verlo. Parecía extenuado, y se lamía los sitios sensibles sin parar, hecho un ovillo.

—¿No te parece que le pasa algo al gato? —le preguntaba yo a mi mujer. —Sí, es cierto. Pero, ¿qué se le va a hacer? ¡Debe ser la edad! —respondía con indiferencia mi mujer. Así que dejé las cosas como estaban, sin preocuparme más. Al cabo de cierto tiempo, el gato se puso a vomitar. Olas enormes le recorrían la garganta, de la que brotaban sonidos dolorosos que no eran ni hipo ni estornudos. Parecía sufrir y, sin embargo, en cuanto lo veíamos con una de sus crisis, pese a todo, lo echábamos afuera. De no hacerlo, emporcaba las esterillas o las camas. Así se ensució un almohadón de seda que le habíamos puesto a una visita.

—¡Qué fastidio! ¡Habrá que hacer algo! Debe tener algún desarreglo en los intestinos o en el estómago; tendrías que tratar de darle un poco de Hotan3 diluido en un poco de agua.

Mi mujer no replicó. Dos o tres días más tarde, le pregunté si le había dado al gato el polvo en cuestión. —¡Bien que traté, pero por nada del mundo abre la boca! —me contestó. Luego me explicó: —¡Vomita cuando le doy de comer espinas de pescado! —¡Pues entonces no hay que dárselas! Seguí leyendo después de reprender severamente a mi mujer.

 
Cuando no vomitaba, el gato dormía apaciblemente, como de costumbre. En los últimos tiempos se había ido encogiendo y, como si no hubiera tenido otro apoyo que la veranda que sostenía su peso, se acurrucaba para reducir al máximo la longitud de su cuerpo. La mirada le había cambiado imperceptiblemente. Al principio, a la manera de los ojos que terminan perdiéndose en el vacío de tanto concentrarse en un punto remoto, tenía la mirada llena de una especie de serenidad, mientras permanecía inmóvil, pero poco a poco fue cambiando de manera inquietante. Al mismo tiempo, el iris se le fue enturbiando. Su mirada se parecía a la caída de la tarde cruzada por un débil resplandor. Sin embargo, no moví ni un dedo. Tampoco mi mujer se ocupaba de él, al parecer. Y ni hablemos de los niños, que hasta habían olvidado su existencia.
Una noche, mientras estaba acostado en la cama de los niños, el gato soltó un gemido parecido al que dejaba oír cuando uno trataba de sacarle de las fauces un pescado del que había logrado apoderarse. Fui el único, en ese momento, en percibirlo e inquietarme. Los niños dormían tranquilamente. Mi mujer estaba absorta en sus trabajos de costura. Un instante después, el gato soltó un nuevo gemido. Mi mujer acabó por abandonar la aguja. Dije: —¿Qué le pasa? ¿Te parece que podría darle por morder a los niños, qué sé yo, en la cabeza, por ejemplo? —¡Las cosas que se te ocurren! Y mi mujer siguió cosiendo las mangas de un kimono de entrecasa. De cuando en cuando, el gato soltaba otro gemido.

Al día siguiente se trepó al borde del irori y no se movió de allí, maullando todo el tiempo con voz quejumbrosa. Parecía sentirse molesto cuando servíamos el té o asíamos el hervidor. Llegada la noche, mi mujer y yo habíamos olvidado totalmente al gato. Para decir la verdad, fue esa noche cuando murió. A la mañana, cuando la sirvienta fue a buscar leña en el cobertizo que se encuentra detrás de la casa, lo descubrió encima de un viejo horno de barro, ya tieso.

Mi mujer quiso ver el cadáver del gato y con tal fin fue a la cochera. Ella, que hasta ese momento sólo había mostrado frialdad, se puso a dar gritos. Llamó a un chofer que ya nos había prestado servicios, lo mandó a comprar una placa funeraria de madera y luego vino a pedirme que escribiera algo en ella. De un lado escribí: Aquí yace el gato, y del otro, De esta tierra saldrá, acaso, un destello en la noche naciente. El chofer preguntó si podía enterrarlo sin más. La sirvienta se burló diciéndole: —¿Querría usted que lo incinerasen, tal vez?
 
Uno tras otro, los niños se mostraron llenos de consideración por el gato. Pusieron flores a ambos lados de la placa funeraria, ramos de lespedezas en frascos de vidrio. Depositaron frente a la tumba un bol lleno de agua. Las flores y el agua fueron renovadas al día siguiente, y al otro también. El tercer día, hacia el atardecer, mi hija, que va para los cuatro años —yo, en ese momento, me encontraba en mi despacho, mirando por la ventana—, se acercó, solita, y fue a pararse frente a la tumba, donde permaneció un momento contemplando la placa de madera blanca. Luego sacó una pequeña paleta de arroz, echó en ésta el agua del bol destinada al gato y bebió. Las gotas de agua en que se mezclaban los pétalos de las flores de lespedezas, caídas en el silencio del fin del día, saciaron varias veces la sed infantil de Aiko. En cada aniversario de la muerte del gato, mi mujer no olvida nunca poner frente a su tumba un trozo de salmón y un bol de arroz espolvoreado con katsuobushi4. Hasta el presente no ha dejado de hacerlo ni una sola vez. Simplemente, en los últimos tiempos, en lugar de ir al jardín se conforma, según parece, con depositar sus ofrendas en la cómoda de la sala de estaTraducción del francés de Carlos Cámara

LA PROSA DE HIROMI KAWAKAMI

abandonarse a la pasión

—Te llevaré a comer unas galeras riquísimas—me dijo Me­zaki. Yo creía que la galera sólo era un crustáceo oscuro, una mezcla entre gamba e insecto, pero en el restaurante donde me llevó las hacían deliciosas. Las hervían enteras y las servían con cáscara. Luego les quitábamos la cáscara, que nos quemaba los dedos, y nos comíamos el bicho. Te­nían un sabor ligeramente dulce, de modo que ni siquiera hacía falta aliñarlo con salsa de soja.

Así fue pasando la noche. De repente, no podíamos vol­ver a casa. Cuando nos dimos cuenta de la hora que era, además de que ya no pasaban trenes estábamos en un lu­gar por el que apenas circulaban coches. En cuanto cerró el restaurante, el único local que había en los alrededores, no encontramos nada más en todo el trayecto. Era uno de esos caminos en los que hay alguna farola de vez en cuando que sólo sirve para que la noche sea aún más oscura, un cami­no bordeado de árboles y matorrales de los que parece que en cualquier momento puede salir un caballo o una vaca.

No hubo más remedio que echar a andar, uno al lado de la otra, por aquel camino, que por mucho que avanzáramos no se estrechaba ni se ensanchaba.

No sé cuántos años tiene Mezaki. Sea cual sea su edad, pa­rece mayor que yo, aunque también podría tener mi edad. Siempre habla de cosas sin sentido, como de un día que, en cierta ciudad, vio a un artista ambulante que escupía fuego por la boca y que ponía la misma cara que su abuelo cuando se quemaba la lengua; o de un amigo suyo que su­fría una misteriosa enfermedad hasta que un día, de golpe y porrazo, le cambió la cara, se curó, se volvió más honrado y parecía otra persona. Son historias sin pies ni cabeza que Mezaki explica poco a poco, como si fueran interesantes.

Desde que nos conocimos en una reunión, sin saber cómo empezamos a coincidir en los mismos lugares. A ve­ces, intercambiábamos cuatro palabras entre la muchedum­bre, mientras que otras veces no nos decíamos nada, sólo nos mirábamos. Más adelante, Mezaki empezó a contarme aquellas historias sin sentido que tan interesantes le pare­cían, y se me acercaba cada vez que nos encontrábamos. Sin embargo, nunca habíamos estado los dos solos hasta el día que fuimos a comer galeras. No fue una cita planeada de antemano, simplemente coincidimos por enésima vez y, de repente, me invitó.

Cuando Mezaki me llevó al restaurante, creo que era bas­tante tarde. Ya habíamos bebido mucho, quizá no hasta el punto de perder la memoria, pero nos encontrábamos en un estado en que las horas pasaban deprisa y despacio a la vez, hasta que terminamos por perder la noción del tiem­po. Mezaki caminaba delante de mí, meneando las caderas arriba y abajo. Yo lo seguía con paso vacilante y pensaba en las galeras.

El restaurante era un local pequeño donde sólo estaban el dueño y un camarero joven. Mezaki se sentó en la barra, justo enfrente del dueño, que no parecía conocerlo. En cual­quier caso, si se conocían, debía de ser uno de esos restau­rantes donde tratan a todos los clientes por igual.

—Unas galeras, un sake y verduras en salmuera para pi­car—le pidió Mezaki al dueño. Acto seguido, se volvió ha­cia mí y me sonrió arrugando la frente. Mezaki tiene la cos­tumbre de sonreír arrugando la frente—. ¿Tú cómo comes los huevos crudos, Sakura?—me preguntó Mezaki, aprove­chando un descanso entre cáscara y cáscara. Mientras pela­ba las galeras, no decía nada. No es que habitualmente sea muy parlanchín, pero como pelar las galeras era bastante la­borioso, cuando lo hacía hablaba menos que de costumbre.

—¿Los huevos crudos? Nunca me han entusiasmado—le respondí. Enseguida me acordé de que mi tío soltero, que vivía en casa de mis padres, solía hacer un agujerito en la cáscara de los huevos. Cuando me levantaba en mitad de la noche para ir a beber agua, lo encontraba de pie frente al fregadero sorbiendo un huevo crudo. Era un soltero cua­rentón que no encontraba pareja a pesar de que le habían concertado varias citas con mujeres. «Te llevaré a caballi­to, Sakura», me decía cuando era pequeña. Yo me sentaba en sus anchos hombros y él me paseaba por todo el come­dor. En los umbrales colgaban fotografías de mis abuelos y bisabuelos, y me daba miedo acercarles la cara. Pero no me atrevía a decirle que quería bajar. Mi tío nunca se cansaba de llevarme a caballito.

Continuen en las ligas.

http://www.acantilado.es/cont/catalogo/docsPot/El_cielo_es_azul_extracto.pdf

http://www.acantilado.es/cont/catalogo/docsPot/Extracto_Abandonarse_a_la_pasion.pdf

http://www.acantilado.es/cont/catalogo/docsPot/Extracto_Algo_que_brilla_como_el_mar.pdf

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