BRAULIA DE RICARDO GARIBAY


Alta y gruesa y esbelta, de abierta y húmeda belleza frutal, dorada y blanda. Suponía que despreciaba a su amante. Se asomó a los talleres literarios que dábamos en casa de la inteligente señora Pimenovna, tan delgada y sombría, tan hecha a la literatura de veras. Se asomó aquélla, digo, y a poco andar, con El Cantar y La Ilíada y algunas otras cosas, con sentir un airón del lado intemporal de la existencia, el lado heroico, pues, el modo como las palabras quitan el polvo de los días, supuso que amaba a su amante, y se dejó embarazar, y armó una fiesta de bodas monumental y acaba de tener el hijo.

Se ve elefanta, de pechos de elefanta, despaciosa y soñosa como elefanta y dormidos en la placidez sus abiertos ojos de elefanta. Y no se ve húmeda sino empapada, poblada de dulzuras y sonrisas. Toda ella es como un enorme pan. Vive sólo para alimentar a la criatura. Resulta incapaz de entender hasta lo más grueso o escandaloso, preguntando ¿de qué me hablas? Y habla sólo de pañales, cólicos infantiles, leches y cacas y dice que no se cambia por nadie, que al fin es una mujer, verdaderamente una mujer.

Pasado un año apenas llega llorando a ver a la Pimenovna.

Estoy esperando otra vez. Llevo ya cuatro meses. No puedo, no quiero poder más. No tengo horizonte. Todo me aplasta. No tengo espacio para este nuevo que viene. ¿Para qué ser mujer? Tú dime ¿para qué ser mujer?

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