NIEVE DE PRIMAVERA JUAN JOSÉ SAER


 …En una mesa que se encontraba a varios metros de la nuestra, de modo que no podíamos oír la conversación, había una joven familia, el padre, la madre, un chico de tres o cuatro años y el hermanito menor, que no debía tener más de ocho o nueve meses. Lo primero que me llamó la atención fué la fealdad de la mujer: una serie de azares crueles había acumulado en su cara y en su cuerpo toda clase de dannyhonduras-bdesarmonías, de tal manera que el ojo, aunque habituado a la mediocridad sin redención posible del envoltorio humano, registraba de inmediato la evidente exageración de la mujer en un sentido estético negativo. Y, sin embargo, un manejo curioso tenía lugar en ese momento: su hijo mayor, parado sobre la silla, le hacía continuas y desproporcionadas demostraciones de amor que, de tan intensas y absorbentes, le impedían a la madre mantener una conversación normal con su marido u ocuparse del nene que la reclamaba desde su cochecito. El mayor, en puntas de pie sobre el asiento, abrazaba a su madre acariciándola todo el tiempo, apretándose contra ella, besándola en el cuello y en las mejillas, enredando los deditos en sus cabellos, como si la peinara, o cubriéndole los labios con la mano e incluso metiéndole los dedos en la boca para impedirle hablar. Era evidente que quería distraer la atención y acaparar el ser entero de su madre para su consumo personal, y si bien la madre no se abandonaba por completo, al mismo tiempo que trataba de comer y hablar con su marido, se dejaba acariciar y devolvía de tanto en tanto las caricias al chico, que al recibirlas se mostraba exageradamente satisfecho, y hacía gestos demasiado ostentosos de arrobo y reconocimiento. Observándolos no pude dejar de pensar lo siguiente: para el niño, la mujer fea era la más hermosa del mundo y, cualesquiera hayan sido sus motivos, egoísmo, sentido histriónico, capricho, odio disfrazado de pasión, por más vueltas que se dieran para examinar la cuestión, la respuesta era siempre idéntica, a saber, que la mujer más fea del mundo era la más hermosa para su hijo, y que la rapsodia infinita de objetos diferentes que constituyen la música del universo, se resumía para la criatura en uno solo…

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